Green Zone: Distrito Protegido

Probablemente sea Paul Greengrass el cineasta más hábil del actual sistema de producción de los grandes estudios. Universal le fichó para que se encargara de la segunda película de la saga de Bourne, y el tipo fue capaz de mantener su estilo además en la tercera y estupenda entrega, el mismo por el que fue unánimemente elogiado con United 93. El cine de Greengrass es rudo, directo y golpea con crudeza la retina de un espectador más acostumbrado a la grandilocuencia. Pero además es tremendamente efectivo, pues es capaz de enganchar al amante de los blockbusters y al que busca algo más elaborado.

El resultado de la mezcla de ese estilo con los encargos de las majors son producciones que gustan a todos, productos que satisfacen a un amplio abanico de espectadores gracias a ese marchamo de qualité que el director es capaz de imprimir en cada una de sus películas. Es cine comercial, pero indudablemente tiene algo de cine de autor. En Green Zone lo que hace Greengrass es mantener sus constantes estilísticas en un contexto de cine bélico, como antes hizo con el cine de acción y espías o con su manera de contar el fatídico vuelo del United 93. Planos cortos, cámaras pegadas a la acción, un estilo casi documental y de un realismo pocas veces visto en el cine de Hollywood, que nos permiten hablar de un "dogma palomitero", como si Lars Von Trier tuviese un aventajado pupilo tentado por los dólares de Hollywood. Y como suele contar con buenos guiones, le salen cosas muy dignas.

Y casi siempre con Matt Damon, quien parece estar especialmente cómodo en ese cine de pocos artificios de Greengrass. Damon, quien no se cansó de criticar a la administración Bush en su día, se convierte en el perfecto cómplice del director, quien ha rodado una película que es más dura con el ex-presidente que lo que pudo ser el azote oficial, Michael Moore. En Green Zone se nos describe con precisión el cúmulo de embustes que justificó la Guerra de Irak, la excusa de unas armas de destrucción masiva que nunca aparecieron y, me temo, nunca aparecerán. Y en ese sentido, es relevante la escena en la que Bush aparace en una pantalla mientras los soldados en Irak están sentados para comer, anunciando la victoria en la guerra.

Damon es el héroe que detecta que sus misiones no son más que burdas excusas para destruír todo aquello que suponga posteriormente una generosa inyección de dólares a las empresas norteamericanas encargadas de reconstruír. Y, por supuesto, descubre todo lo que se esconde detrás de un conflicto bélico absurdo,  que se cobró y se cobra víctimas mortales inocentes cada día. Ésta es, sin duda, la película más crítica con aquella administración, con el agravante de que se trata de un producto mayoritario que será visto por muchos.

Damon está soberbio en su papel, casi una continuación del espía Jason Bourne. Con él, dos tipos de una calidad más que contrastada: Brendan Gleeson y Greg Kinnear, anverso y reverso de una misma moneda. Y la trama incluye la inevitable crítica a unos medios de comunicación a los que en ocasiones les cuesta evitar que la verdad estropee una buena noticia.

Buena película, que además trata de poner a cada uno en su sitio, aunque sea con varios años de retraso.

Mi puntuación en IMDB:7.

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