Salvando las Distancias

Hay dos géneros antágonicos, radicalmente opuestos, que terminarán muriendo por repetición, consumidos ante la indiferencia del personal hastiado porque le cuenten siempre la misma historia con idénticos recursos. Son la comedia romántica y el terror, sin duda refugiados en un manto de público fiel, mayor en el caso del segundo, pero que cada vez mira con más hartazgo esa repetición de fórmulas. Así, de la misma forma que los más sedientos espectadores de sangre cinematográfica están cansados del típico slasher, los amantes de estos amoríos de pantalla cada vez detestan más esas historias de relaciones de guaperas rodeados de secundarios simpáticos o soeces. Por ello, cada pequeña innovación, por irrelevante que pueda parecer, es bien recibida, como si el espectador adicto a estos dos géneros concediese una tregua a este tipo de cine.

En el caso de la comedia romántica, aunque se incluyan novedades, es evidente que hay cosas que no pueden faltar. Salvando las Distancias me ha entretenido, porque precisamente contiene algún elemento nuevo que la hace fresca y divertida, y además cuenta con los ingredientes más habituales, añadidos con acierto y que no molestan. Está, como todo el mundo sospechaba, a años luz de las mejores muestras del género, pero, al mismo tiempo supera con creces a buena parte de lo que se nos ofrece habitualmente. Empezaré hablando de los lugares comunes, de esos aspectos con los que ya contabas y que están presentes en todas las comedias románticas, porque, admitámoslo, puede que sin ellos no pudiésemos hablar de comedia romántica.

Tenemos unos secundarios divertidos, soeces, escatológicos y que provocan risas. Ojo, que he dicho risas y no carcajadas (puede que ahí radique la principal diferencia entre películas como ésta y las mejores del género). En muchas ocasiones ellos son la mejor excusa para abandonar el almíbar presente en este tipo de producciones, y aquí desempeñan ese papel con solvencia. Hay que hablar también del inevitable happy end, bien elaborado aquí, sutil, poco empalagoso y sencillo, como dando por sentado que, ya que hay que incluírlo, puede que sea mejor que moleste lo menos posible. E incluso esos típicos vavivenes en la relación de los protagonistas, con las inseguridades, las dudas acerca de la conveniencia, que aquí se multiplican por la distancia que les separa, están llevados de manera correrta, sin altibajos poco creíbles.

Otro acierto de la película es Justin Long, un chico que, en mi opinión, debería de empezar a copar papeles importantes, ya que demuestra en cada irrelevante película que tiene bastante más talento que buena parte de los actores de su generación. Por su parte, Drew Barrymore ofrece lo de casi siempre, sus tics, su boquita torcida y su pose angelical, aún dando por hecho que es una chica que ha mamado la industria desde que era una niña y conoce los resortes de la profesión como nadie.

Pero en mi opinión, lo mejor de esta película es ese gusto por lo irreverente, por poner en boca de los personajes, protagonistas y secundarios, frases atrevidas y escatológicas, referidas, en la mayor parte de los casos, al sexo, ese elemento que en buena parte de las comedias románticas aparece eclipsado por Cupido y sus andanzas.

Como ya sabíamos, Salvando las Distancias será una película de la que nadie o casi nadie se acordará en unos meses, cuando repasemos lo mejor de este año. Pero tampoco sería justo relegarla a la más absoluta indiferencia, porque a mi me ha hecho pasar un buen rato. Y eso, en estos tiempos, es ya todo un tesoro…

Mi puntuación en IMDB:6.

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