El Aprendiz de Brujo

No hace falta estar dotado de una sagacidad holmesiana para saber que el éxito de Piratas del Caribe se cimentó en la arrolladora habilidad de Johnny Depp para hacer suyo el personaje de Jack Sparrow y zafarse del corsé que la Disney impone a todas sus producciones. No es que el ya mítico bucanero sea adalid de la incorrección y la irreverencia, pero es cierto que logró distraer la atención lo suficiente como para que nos olvidásemos del buenismo disneyniano, con su puritanismo y merengue empalagoso. Los piratas reventaron la taquilla, pero me da que será harto complicado que una nueva película no animada de Disney logre semejante éxito. Y menos si, como en el caso de El Aprendiz de Brujo, no hay escapatoria posible para huír de todas esas lastimosas señas de identidad.

De hecho resulta mucho más sugerente el resultado de las dos películas de la saga La Búsqueda, también protagonizadas por Nicolas Cage, que esta propuesta sobre brujos y magos. En aquélla, la aventura, en su concepción más pura, permite una mínima dosis de entretenimiento, aunque todos sepamos que no veremos mutilaciones, sangre y diálogos soeces. Con El Aprendiz de Brujo vuelve esa sensación de producto inofensivo, ideal para una sesión infantil de sábado tarde en Disney Channel, que implica importantes dosis de aburrimiento para quienes huímos de todo ese mundo de fantasía. Lo bueno es que el asunto no ha funcionado muy bien, y, aunque en nuestro país parece que la taquilla sí ha acompañado, no es de esperar que haya secuela, con lo que podemos ansiar que tomen nota y se den cuenta de que puede ser absurdo destinar tantas cantidades de dinero a cosas que sólo apreciarán los más blandiblúes.

La cosa empieza bien, con un prólogo interesante en el que se nos cuenta el origen de los brujos protagonistas, una trama sencilla, pero directa e impactante, e incluso se mantiene el interés con ese suceso en la Nueva York del año 2000 (por cierto, ¿dónde estaban las Torres Gemelas en el skyline que abre la secuencia?). Dicha escena nos remite a alguna de las obras que marcaron nuestra infancia cinéfila, con la tienda de antiguedades que evoca maravillas como La Historia Interminable o Gremlins. El propio Nicolas Cage aparece como un creíble regente de un local con el encanto de lo mítico y legendario. Después, el soso protagonista infantil crece y la cosa se tuerce de manera irremediable…

Y es precisamente a partir de entonces cuando la película trascurre milimétricamente por los cánones de la casa matriz, como un tren incapaz de salirse ni un poquito de sus raíles. Cada personaje, escena y situación desprende ese insoportable hedor disneyniano repletito de buenas intenciones, desaprovechando lo que podría haber sido un atractivo duelo entre los personajes encarnados por Cage y Alfred Molina, dos brujos rivales que se pierden en la atmósfera impuesta, por mucho que el segundo se cargue a un pobre conductor que le increpa en plena calle, sin que veamos, eso sí, ni una sola prueba del espantoso crimen…

Tenemos esa guerra entre los poderosos magos, una asquerosa historieta de amor del chico con su ligue de la niñez y unos secundarios que resultan poco menos que prescindibles, con una Monica Bellucci cuyos criterios de elección de proyectos hollywoodienses son más que discutibles. Yo me quedo sin duda con la partitura de Trevor Rabin, que hubiese sido más aprovechable en una película de más enjundia.

Y, por supuesto, con la primera media hora, que por un momento me hizo tener esperanzas en volver a disfrutar con una producción Disney en imagen real, divertida, entretenida y trepidante, características que, por otra parte, solía tener el cine del productor Jerry Bruckheimer, antes de que sellara un desgraciado pacto con el ratón Mickey para financiar sus películas. Ojalá se rompa pronto.

Mi puntuación en IMDB:5.

//www.imdb.com/title/tt0963966/