Wall Street: El dinero nunca duerme

Casi nunca son bien recibidas las secuelas por esos paladares exigentes que se hacen llamar críticos. Cierto es que estas segundas partes reflejan una triste realidad, como es la falta de originalidad en el cine americano actual. Pero si una secuela nos brinda la posibilidad de seguir disfrutando de personajes interesantes, y además éstos tienen detrás una historia atractiva, la secuela ha de ser bienvenida. No es Oliver Stone el típico director de secuelas, y la tan manida frase de "hice una segunda parte porque había un buen guión" es aquí una verdad absoluta. Gordon Gekko fue uno de nuestros favoritos en la década de los 80. Démosle ahora la bienvenida que se merece.

Se ha dicho siempre: Oliver Stone ha sido el gran cronista americano de los últimos treinta años. Lo ha reflejado todo en su cine, unas veces con más acierto que otras. Y la actual crisis económica, iniciada hace un par de años precisamente en los Estados Unidos con aquellas asquerosas hipotecas basura, es un fenómeno que merecía su atención. No se yo si con tanta relevancia como la guerra de Vietnam, el asesinato de Kennedy o la presidencia de Nixon. Pero la crisis está marcando, en mayor o menor medida, nuestras vidas, y las históricas medidas que la administración norteamericana llevó a cabo en su día para paliar las consecuencias constituyen un hecho sin precedentes del que el cineasta tomó nota, valiéndose de un icono que nació en el lejano 1987 y que hoy tiene más vigencia que nunca.

La habilidad de Stone es infinita. Ha sido capaz de matar varios pájaros de un tiro. Por un lado, y esto es en mi opinión lo más importante, ha sido capaz de volver a rodar una película estupenda más de una década después (concretamente desde la infravalorada Un Domingo Cualquiera, de 1999). Pero consigue, además, retomar esa condición de director de cabecera de la historia de su país, con una película que probablemente nos informe de manera más certera sobre este fenómeno económico que la gran parte de telediarios internacionales. Y seguimos: como ya hizo en 1987, rueda una película extraordinaria ambientada en un contexto especialmente farragoso para el espectador medio, porque, reconózcamoslo, no resulta entretenido a quien no sea un estudioso en la materia todo el tema de las finanzas, la economía y los vaivenes bursátiles. De hecho, yo, que me licencié en económicas, no recibí en cinco años unas clases tan educativas como estas dos películas. Y es que el cine tiene estas cosas, que aprendes divirtiéndote (a veces, claro). Y de propina, Gordon Gekko.

Porque si todos vuelven, también tienen que hacerlo los que merecen la pena. Stone lo ha traído de vuelta y el muy cabrón nos la ha metido doblada. La presencia de un ser tan angelical como esa Carey Mulligan en el papel de su hija parecía indicarnos un sometimiento del tiburón, una repentina bondad de aquel ser mezquino y ambicioso, quizás domesticado por su estancia en prisión o simplemente por cuestiones de edad. Michael Douglas está, una vez más, soberbio, aprovechando los diversos perfiles que ahora presenta su inolvidable personaje. El papel de joven broker recae ahora en un Shia LaBeouf que en mi opinión compone el mejor personaje de su carrera. Y secundarios como Josh Brolin, el legendario Eli Wallach y, sobre todo, ese genio que es Frank Langella, completan un reparto sensacional. Y no quiero olvidarme del cameo oportuno de Charlie Sheen, que imprime una entrañable complicidad con su anteriormente admirado Gekko.

Oliver Stone situó su primera película en 1985, dos años antes del año en el que se estrenó. Aquí ha vuelto a hacer lo mismo, situando la acción en ese 2008 de infausto recuerdo, cuando se empezó a gestar toda esta desgracia. Y vuelve a poner sus cámaras en la historia, esta vez en los pasillos de Wall Street, en los despachos de la Reserva Federal, en los consejos de administración de aquellas empresas especuladoras que hiceron explotar una burbuja que nos ha empapado a todos. Rueda de manera excepcional, moviendo la cámara de forma ejemplar cuando de muchos personajes en pantalla se trata, sobre todo en esas reuniones de peces gordos (genial la secuencia en la que se decide la multimillonaria ayuda pública a los conglomerados responsables). Y demuestra, una vez más, que es uno de los mejores directores de actores de los últimos tiempos, sacando lo mejor de un reparto al que, por otra parte, no le falta talento.

Su biopic sobre Bush tenía cosas buenas, pero se perdía por las intenciones caricaturescas del director hacia el protagonista. Esos documentales sobre los revolucionarios presidentes comunistas son quizás productos tan personales como poco interesantes, y cosas como Alejandro Magno es mejor olvidarlas. Pero ha vuelto el mejor Oliver Stone, ése que cuenta historias apasionantes. Y ha vuelto Gordon Gekko, el mejor reflejo de una situación como la actual, en la que pagan (pagamos) justos por pecadores, cuyos pecados no son precisamente veniales…

Mi puntuación en IMDB:8.

//www.imdb.com/title/tt1027718/