Luís García Berlanga (1921-2010)

Imaginemos que en nuestro país contamos con un director de cine capaz de rodar comedias redondas aún considerando la dificultad del género, capaz de entretener mostrando en cada película un compendio de las principales características de nuestra indiosincrasia, capaz de criticar a un régimen dictatorial disfrazando esas críticas con ropajes en forma de sátira y ácidos guiones, capaz de reflejar los grises presentes en esa etapa oscura de nuestra historia, capaz de hacer reír y de que una sociedad se ría de ella misma, capaz de convertirse en la voz de un pueblo y de un país, capaz de situar en todas y cada una de sus películas la palabra austrohúngaro, capaz, en fin, de ser uno de los mejores, o quizás el mejor director de cine de la historia de España. Fue una realidad, que disfrutamos hasta que el pasado sábado nos dejó. Se nos ha muerto Luís García Berlanga.

Uno se siente algo pesado y repetitivo cuando se acumulan las necrológicas. El mero hecho de ser recogidas en el blog indica la relevancia de las personas cuyo fallecimiento es noticia, y de ahí se derivan los tópicos, los elogios y los adjetivos de admiración. Lo que ocurre con Berlanga es que, aún asumiendo que se utilizan, al referirse a su persona, palabras manidas, también es cierto que alguno de los calificativos sólo pueden ser aplicados a él. Lo decía Alex De La Iglesia: "sólo Búñuel podría mirarle a los ojos de tú a tú". Porque, si hablamos de Luís García Berlanga, lo hacemos de uno de nuestros más grandes cineastas, para muchos el mejor. Si le elogiamos, si hacemos uso de tantos y tantos elogios, es porque nadie como él hizo cine, con tanto talento, con tanta grandeza. Se morirán otros,  pero no podremos decir lo mismo. Diré, diremos, cosas buenas, pero no exactamente como éstas…

Fue tan grande que se enfrentó al género más complicado con maestría absoluta. Concebía el cine como una manera, ante todo, de hacer reír. Asociaba esta manera de contar historias con una obligada intención satírica y crítica hacia el poder establecido. Pero con la suficiente sutileza como para que aquel señor bajito que gobernó por la gracia de Dios no fuese capaz de enterarse. Es la suerte que tienen los genios, poder poner a caldo a los que se lo merecen sin que les salga caro, gracias a su capacidad para cubrirse tras el manto de la parodia, la sutileza y…los puntillosos libretos de otro genio, su guionista Rafael Azcona.

De ese talento surgieron documentos impagables, radiografías de una sociedad salpicadas por personajes reconocibles y trazos típicamente hispanos. Berlanga "sólo" añadía su toque maestro a escenas de nuestra realidad, ya fuera por la llegada del dinero americano para paliar los efectos de una contienda, para narrar la vida de una gran familia o para contarnos la penitencia de quien tiene como oficio el garrote vil. Es tiempo de acordarse de El verdugo, de Calabuch, de Plácido y de Bienvenido Mister Marshall… 

Y de Moros y cristianos, que fue la película con la que le descubrí. Yo, como siempre en mi blog, llevo el ascua a mi sardina y me acuerdo de cuando tuve la oportunidad de verle en una conferencia que pronunció en mi ciudad, durante uno de esos festivales de cine que nos sacan los cuartos a los contribuyentes. Pero aquel año 2005 tuvieron el acierto de destinar parte de ese presupuesto a traer a Berlanga, a Concha Velasco y a Alex De La Iglesia a conversar sobre cine con unos cuantos aficionados y admiradores. Y él se mostró como lo que siempre fue: un entrañable sabio, con su inevitable toque de viejo verde capaz de hipnotizarte hablando sobre cine, y con la complicidad de una de sus actrices fectiche y del mejor representante de una nueva generación de cineastas.

Se ha ido el más grande de los nuestros. Descanse en paz, Luís García Berlanga…

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