Last King of Africa: cómo matar el gusanillo

Me molesta la nostalgia porque es como la mala publicidad:apela a lo más bajo, normalmente mediante la peor vía, la vía sensiblera, y noshace pensar que un tiempo pasado fue mejor tocándonos allí donde guardamoslos recuerdos agradables. Por desgracia, mis defensas se vienen abajo en elcaso de las aventuras gráficas, digamos, old school, un terreno donde recaigo como un bobo. ¿Last King of Africa es una de las detoda la vida? Aparece el gusanillo. El hecho de ir acompañado de la pegatina devideojuego de artista (Benoit Sokal) y de estar ambientado en África, destinode moda para los programadores, terminó de disparar mis expectativas. Tras jugarlo siento una nostalgia invertida: detrás de su sucesiónde situaciones ilógicas que buscan complicar deliberadamente algo tan sencillocomo es el mecanismo de una palanca, permanece intacto el rancio, inamovible y conservador espíritu clásico de las aventuras gráficas.

 

El stylus y la pantalla táctil son responsables de que la Nintendo DS viva unromance con las aventuras gráficas sin parangón en ninguna otra plataforma, sincontar con el PC, que es la que mejor las ha tratado hasta la fecha. Consiguenque la sobreexplotadísima mecánica point and click sea realmente una ventaja yno un lastre que nos lleva a barrer el escenario con el cursor en busca delpixel que activa el maldito puzle (que también: parece inevitable). Por el contrario, el reducido tamaño de estamisma pantalla hace revivir fácilmente males habituales, especialmente losnacidos de un control mal calibrado que acaba afectando a lo esencial: el movimiento del jugador y la ejecución de sus acciones. Pasan los años y sigue siendo frustrante dar golpes deciego en un decorado hermoso pero tristemente vacío de elementos interactivos,con la esperanza de encontrar algo que se aleje del guión, una salida de tono,al menos. Pero el abuso de diseños inútiles también parece ser un mal necesario: es eso que nosdistrae mientras recorremos por enésima vez de arriba abajo un escenario quenos sabemos de memoria.

 

Hay otra serie de problemas que no deberíamos considerar natural a lasaventuras gráficas, sino malas traducciones de un pasado que, descaradamente,fue peor. La cámara fija es poco menos que una esclavitud injustificada en lostiempos que corren, y uso debería estar compensado de forma considerable (el lucimiento de escenarios no basta). Es algo que, lejos de aportarni siquiera personalidad, resta espontaneidad a nuestras acciones y empuja al jugador a seguir uncamino por eliminación. Por no mejorar, Last King of Africa ni siquiera hacenada por intentar evitar esa molesta pérdida de la orientación característica quese produce al pasar de una estancia a otra y cambiar de ángulo de visión.

 

Algoparecido sucede con los típicos atascos. ¿Acaso toda aventura que se precie no deberíapermitirse el lujo de dejar tirado al jugador en alguna ocasión, condenarlo adar vueltas por la selva con un flotador, una lupa y una raspa de pescado? Porsu bien, no. Porque los atascos en Last King of Africa se resuelven conel método clásico de ir probandocombinaciones de objetos, por muy descabelladas que sean, hasta dar con lasolución por pura casualidad.Como jugador, hacer trampas es una licencia que me tomo como protesta ante un modelo narrativo tan rígido que parece que siempre telleva de la mano, basado en puzles más o menos conectados sinalguna de cuyas piezas es imposible avanzar. Eliminar estas situaciones notiene nada que ver con la dificultad, como muy bien entiende El profesorLayton y la villa misteriosa, sino con no ponerle zancadillasconstantemente al jugador.

 

Last King of Africa hace mucho a favor de desterrar lanostalgia porque nos recuerda que fue el éxito lo que mató a la gallina de loshuevos de oro. Acabamos saciados de aventuras gráficas que nos recordaban a otras aventuras gráficas. Puede que detrás de Syberia 2, también deSokal (y otra experiencia medio autista que he vivido recientemente en suadaptación a Xbox) o Last King of Africa haya unahistoria muy trabajada, pero esto no garantiza un buen videojuego. Ni siquieraun buen libro. Tampoco es lo más destacable en un, ejem, videojuego de artista:la de Last King of Africa está llena de tópicos, aunque qué argumentono lo está. Lo digno de denuncia es que todo lo que promete como aventura sereduce fácilmente a reunir objetos de un solo uso y llevarlos de un sitio a otro, mientras intentamosno caer sepultados bajo las líneas de texto de un monólogo que viaja una soladirección. Invito a jugarlo para matar definitivamente el gusanillo, si esque lo tenéis. Sospecho que algunos recuerdos es mejor dejarlos estar o sedeshacen entre los dedos.