Poesía en movimiento – Wall·e

 

 

Esta vez sí: Pixar lo ha bordado. Algunas de sus películas ya habían desfilado ante mis ojos: Monstruos S.A., Los Increíbles (dios santo, menudo tostón), Toy Story, Bichos… Y, sí, algún momento gratificante me habían brindado, sobretodo por la edad en la que vi algunas, aunque ninguna me había maravillado.

 

Así pues, yo, incomprendido y sin comprender, me preguntaba por qué tanto revuelo con cada película que sacaban, por qué tanta alabanza a un estudio que, a mi modo de ver, aún no había hecho nada acorde con la grandeza que se le suponía. Entonces, llegó Wall·e, y aún sin saber nada sobre él, ese personajillo mirando las estrellas encendió algo en mi interior. Es como un E.T. de metal, pensé; y decidí que esa sí, que esa sí tenía que valer la pena.

 

 

Leí multitud de críticas, hipeándome a más no poder, y cada una de ellas le otorgaba un mínimo de excelente y un máximo de obra maestra. Sin embargo no la fui a ver al cine. Poco dinero y menos tiempo, así que me olvide de ella; hice un paréntesis; la deje en "stand by". Ayer, la rescaté de su letargo, la puse en mi DVD y me senté cómodamente en el sillón. Cien minutos mágicos despertaron en mí un entrañable sentimiento que no había sentido ni tan siquiera en mi niñez. Porque, señoras y señores, esta es una película que los niños disfrutarán, seguro, pero en la que jóvenes y adultos gozarán lo indecible.

 

¿Mensaje ecológico? Es muy probable, ¿mensaje moral (anticonsumista)? Estoy convencido, pero si hay algo que inunda por completo este largometraje es pura y simple magia; una magia que arranca de ti una nostalgia escondida en lo más profundo de tu ser. Nostalgia por ese cine mudo que sabía arrancar una carcajada de un absurdo visual; nostalgia por esas historias de amor que nos contaban cuando éramos críos; nostalgia por ese sacrificarlo todo en busca de un objetivo. Y, por encima de todo, una nostalgia que eclipsa a todas las demás haciendo que parezcan nimiedades, reduciendo su trascendencia emocional. Hablo de la nostalgia por la inocencia.

 

 

Los sentimientos que marcan las otras nostalgias aún residen en nosotros. ¿Quién no sigue teniendo un amor ideal en su mente? ¿Quién no se siente, por unos instantes, capaz de dejarlo todo por un sueño? Esos sentimientos, aunque los oprimamos para no hacernos daño, siguen viviendo en nuestro interior. Pero, ¡ay! La inocencia de la infancia yace desechada, emitiendo tímidos destellos, agonizando en la prisión donde la retienen la razón y la madurez. Se marchita porque nosotros lo hemos querido así. Irremediablemente, tarde o temprano morirá. Es el precio a pagar por vivir en un mundo necesariamente sensato. Está condenada.

 

Wall·e, para mí, y a partir del momento en el que las letras de crédito empezaban a aparecer en la pantalla, se convirtió en un icono revolucionario. En un recordatorio necesario de la belleza que hay en maravillarse con cada pequeño acontecimiento, con cada insignificancia que nos rodea. La película entera es un gran canto a lo que de verdad hace a la humanidad grande (curioso que sea un robot el protagonista): la curiosidad, el ensimismamiento, y la ambición. No una ambición monetaria, ni de poder, sino una ambición de conocimiento y de sueños.

 

¿No les daba un vuelco el corazón cada vez que el pequeño robot  cogía la cosa más común y estúpida que nos podamos encontrar, la contemplaba, entre alegre e ilusionado, y la conservaba para guardarla como un tesoro? ¿No emitían un respingo cada vez que imaginaba unir su mano con otro ser? Cuando no sabes nada, ocurren estas cosas. La experiencia nos da sabiduría, pero todo tiene un precio, y los recuerdos nos arrebatan la inocencia.

 

 

No quiero alargarme más, ya que parece que estoy hablando del destino humano y no de un film de dibujos animados, pero quería dar a entender todo lo que puede llegar a transmitir la maravillosa utopía que nos presenta Pixar (y, sí, Disney). Parece una contradicción, ya que ver la Tierra llena de basura y a la raza humana completamente dependiente de un grupo de engendros metálicos no es precisamente la idea del paraíso, pero no nos dejemos engañar.

 

La utopía reside en la existencia de un pequeño robot que, a poco que le observéis sin prejuicios, grabará su nombre en vuestro corazón para permanecer inmortal en él; recordándoos que la inocencia existe, aunque en vosotros ya esté perdida. Vaticino un futuro espléndido para él, y espero que se convierta en clásico, que alcance al mito, y que nunca muera mientras la humanidad exista. Recordad, por favor, su nombre: Wall·e.