eternemente muerta (5)

Losojos de Val.

  • ¡Tu! ¿que haces aquí? -le preguntó.

  • Yo…venía…a advertir…de la emboscada…

  • Un poco tarde, ¿no?

Uthermiró al desconocido. Podría intentar quitarle de enmedio…pero saldría corriendo. Y no le alcanzaría.Estaba agotado, y el chico no llevaba armadura.

Y no sefiaba.

Además,¿por qué iba a decir nada? No era asunto suyo,significaría levantar su palabra contra un noble. Y ahoramismo, le necesitaba

  • ¿cuanto llevas aquí? – le preguntó Wallmer

  • Yo…nada. Ni unos segundos

  • Y no has visto nada, imagino.- le insinuó Uther.

  • Nada de nada.

  • Excelente…mejor para todos.

Lasituación era tan tensa que se podía cortar con elcanto de un cuchillo. Val sentía como la pierna izquierda letemblaba sin remedio. Val no sabía que hacer en esa situación,pero entonces, Algo llamó la atención de Uther.

  • Algo se acerca -le dijo a su guardaespaldas.

MientrasUther y Wallmer comprobaban la zona, Val buscó por meroinstinto algo con lo que defenderse. Su mano se cerró en tornoa la daga que sobresalía de la garganta de su antiguo señor,la sacó y la sujetó, escondiendola conel cuerpo.

  • Ta´Hari -dijo entonces Uther, y como por arte de magia, Uther pasó a segundo plano dentro de sus preocupaciones inmediatas- exploradores Ta´Hari.

  • Nos han visto -dijo Wallmer- ¿retroceden?

  • Eso es que vienen -dijo Uther- nos tenemos que mover.

  • Yo no se si tengo fuerza.

  • ¿Mejor morir, entonces? ¡chico! Corre a pedir ayuda, por lo que mas quieras. Y tu y yo, Wallmer… rápido, echemosle cojones, o no salimos de esta…¡demonios, quitame esta puta mierda de coraza!

  • Que nos tengamos qué ver en una tesitura de este estilo… -dijo su guardaespaldas, deshaciendose del yelmo y sacandole las hombreras a su señor- salir por pies solos y medio en calzoncillos…

Val nose lo pensó dos veces y salió corriendo.

Arriba,mientras todo esto pasaba, Da´Rad trataba de sacar de allía los suyos. Había dado la orden de retroceder.Unos pocosquedaron conteniendo al enemigo. Así era la guerra, el se lohabía dicho a My´Myo, al fín y al cabo.

Sabíaque si la caballería había superado a Ral estabanmuertos, pero si eso había pasado lo estaban de todos modos.Así que se movía ya hacía abajo, confiando en lavictoria de su viejo amigo.

De vezen cuando destacaba exploradores. Cuando estos volvieron, le dieronlas noticias.

  • Señor… ha habido una batalla más adelante.

  • ¿Estaban allí los hombres de Ral?

Losexploradores negaron con la cabeza.

  • Ral estaba en el suelo. Herido… probablemente muerto. Solo había caballeros humanos. Pero estaban desmontados.

Da´Radasintió,

  • Entonces vamos alla. Quede lo que quede, acabaremos con su resistencia. Y si los nuestros han caido, su sacrificio nos llevará de vuelta a casa y significará la ruina de esos caballeros.

Mientrasse ponian en marcha, Da´Rad no podía parar de pensar“aguanta, viejo amigo. Aguanta…”

Siquería, podía elegir ver su reflejo, o ver el “otrolado”… El otro lado no le gustaba. Su maestro le habíadicho que eso dependía de cada persona, que no todos lo venigual. El otro lado emite un reflejo que los hombres ven como quierenver, solo era eso.

Fueentonces cuando su maestro apareció de nuevo en la plaza. Perono venía solo. Le acompañaba un niño. Un pequeñoquerubín rubio de ojos azules.

  • ¿Habiais salido a buscarle, maestro?

Sumaestro mantenía una expresión grave y serena. Selimito a responder con la cabeza.

  • ¿Y quien es? -le preguntó ella, aunque comprendió que algo no estaba bíen del todo.

Sumaestro le dijo al niño que se alejase y se sentó a sulado.

  • Hay…hay algo que no te he dicho aun. Algo muy importante.

Lachica giró los ojos hacia el, pero no se encontró lossuyos. Los suyos miraban hacia el suelo. La evitaban. Lo evitabantodo. Se le hizo un nudo en la garganta, porque sabía que loque estaba a punto de suceder no era bonito.

  • Escucha, la magia…no es como crees. No es algo…”limpio”. La magia es poder, y el poder…el poder se erige con sangre.

Lachica pestañeó.

  • Siempre es así.

La chica volvió a pestañear. Su maestro no dijo nada más,porque sabía que ella lista y no lo necesitaba.

  • ¿Quiere decir…?

Sumaestro, por toda respuesta, colocó sus manos sobre las suyas,y, disimuladamente, deslizó un puñal entre ellas.

  • Es la única manera.

A ellase le llenaron los ojos de lágrimas. Consiguiendo contenerlas,alcanzó a decir.

  • Pero…no puede ser. No es…tiene que haber otro modo.

El magonegó con la cabeza.

  • La magia es locura y muerte. Solo locura y muerte. Todos pagamos el precio.

Sehorrorizó. Quisó salir corriendo de allí. Sintióel deseo urgente de hacer eso, de salir corriendo e ignorarlo todo.Ahora que lo sabía, todo cuando había aprendido, loslargos viajes, la presencia de su maestro…todo le daba un ascohorrible.

  • No puedo hacerlo, maestro.

  • Debes de tener valor, muchacha. ¿Crees que estas jugando? La magia no es un juego. Si no tomas las decisiones adecuadas, se paga un alto precio. Una vida no debe detenerte.

  • ¡Pero no puedo hacer esto!

  • No podrás ser mi aprendiz si no lo haces. ¿te das cuenta de lo que estoy diciendo? Se acabó.Yo me habré equivocado, y tu volverás a tu pueblo, a las porquerizas. ¿Quieres renunciar a eso?

Lamuchacha no respondió.

  • Tienes que elegir. Si quieres el poder, ese es el precio. Todos lo han pagado. No te preocupes por ello.

Quisollorar. Quiso morir. Quiso vivir. En ese sentido de su vida sintióque lo quiso todo, y nada, a la vez. Y, sencillamente, si hubieratenido que apostar por ella, no lo habría echo. Si en secohubiese tenido que verse capaz de comportarse como lo comportó,habría apostado a otra cosa.

Habríaperdido.

Fuemucho más fuerte de lo qué había esperado. Fuecapaz de levantarse, mirar fijamente al niño, dejar la daga enlas rodillas de su maestro, y decirle mientras contenía laslágrimas;

  • Maestro, todos estos años, todos, desde que usted me llevó de mi casa, me he sentido dichosa, sabedora de que no podría, de que no existe ninguna otra manera en que yo pudiese pudiese sentirme así de realizada. Siempre he querido conocer y manejar magia. Ha sido como vivir en un sueño. Pero si el precio es el que usted pide, si el precio es ese…entonces no se parece en nada a lo que yo deseo.

Sumaestro quedó mirando fijamente la daga. La miródurante unos instantes. Parecía decepcionado. Luego levantóel rostro.

Ysonrió.

Sonrió,si, sencillamente. Fue una sonrisa que desarmó totalmente a sualumna. Una sonrisa de satisfacción y de felicidad.

  • Has pasado la tercera prueba. -le dijo a su alumna. Y tras ello, se acercó al niño, le dió unas monedas de color plateado y le pidió que saliese de nuevo a jugar.

  • Pero…pero… -protestaba su alumna- Pero…¿Que prueba era esa?

  • La prueba más importante de todas, claro. No es una prueba que demuestre si puedes o no puedes hacer magia. Es una prueba que demuestra si DEBES hacer magia. Lamentablemente, vivimos en un mundo que se preocupa mucho de saber que eres capaz de hacer y muy poco de saber que debes de hacer. Y no es como yo quiero ser.

Lamuchacha sonrió. De repente se sintió alivida. Laslagrimas que antes contenía de ira, de desesperación ypena ahora querían aflorar de felicidad.

Demonios,¿de veras lo había logrado? No, no iba a pensarloentonces. Nadie lo piensa entonces. Lo haría esa noche, o a lamañana siguiente. No entonces.

Valestaba aterrado. Aterrado. Más que nunca desde que habíaempezado la guerra. Más que en las mismas batallas. ¿Porqué la gente se lanzaba de frente, la una a la otra, espada enmano? Eso no daba ni la mitad de miedo que el qué el sentíaahora, creyendo que todo era una amenaza. Despues de todo, era unsimple recluta campesino qué había visto como elhermano de su señor lo mataba a sangre fria para quitarlo deen medio. Sinceramente…¿cuanto creía que podíadurar?

Lohabía visto muchas veces. Si eres un campesino, no eres nadie.Algunos señores eran justos, otros no. Pero lo que a el leimportaba de veras no era servir a un señor justo o noservirlo, sino…no haber escogido. Los campesinos no escogen, ellosvan y vienen con las tierras. Si tu señor te quiere vermuerto, lo hará. Pero…¿y si tu le quieres ver muertoa el?

No, enrealidad el no quería ver muerto a Lord Uther. Simplemente, noquería que fuera así. No quería asimilar que eracomo una cabeza de ganado que se compra o se vende. Que iba a morirsolo por una casualidad o un deseo. Es curioso como esa mera idea delibertad, poco a poco, se iba convirtiendo en la fuerza que leconvertía en hombre.

LordUther entró muy enfadado en su sala común. En ellaestaban su guardaespaldas, Wallmer, y su tesorero, Umbert. Nada másentrar, Wallmer se dirigió a el.

  • ¿Vienes de hablar con tu padre, milord?

  • Si, Wallmer. Ese viejo hueso me acusa de la muerte de mi hermano. No, no -corrigió, la ver las caras aterradas de sus secuaces- no, no en ese sentido. Lo que quiero decir es que me echa la culpa. “Tu le diste la idea” “la responsabilidad es tuya”. Viejo idiota. Yo tambíen resulté herido en esa batalla. Salí de allí por piernas tirando trozos de armadura…

  • Al menos habeis traido las cabezas prometidas -le comentó Umbert- Pero eso no arregla vuestros problemas. Y menos si esa es la actitud de vuestro padre.

Utherle lanzó una severa mirada de reojo.

  • ¿Por qué, tan malos son los rumores?

  • Bueno, no son alentadores -respondió Umbert- La…gente…parece bastante dispuesta a echaros la culpa. Es más, no creo que les costase nada creer que vos lo asesinaisteis.

  • ¡No lo comprendo! -chilló Uther- No soy un maldito hijo de puta, ni un desollaniños, ni ofendo a dioses y demonios como hacía el idiota de mi hermano. ¡Maldita sea! Solo soy un buen soldado. ¡Nadie me ha cogido nunca en ningun desmentido!

  • Y no será porque no les hayan dado desmentidos que destapar… -comentó Wallner, con una sonrisita en los labios.

  • No se trata de eso, señor -le dijo Umbert- la gente tiende a desconfiar de los ganadores. Digamos, a secas, que la gente no es tonta.Esto le viene a usted muy a proposito, ¿entiende? Y para la gente, sería muy facil creer que es el responsable. ¿Parten dieciocho caballeros, y solo vuelven 2?…un tanto increible…

Utherse acarició el mentón.

  • No lo entiendo, señor…si lo quería muerto…¿por qué no lo comentó conmigo? Podía haberme ocupado. Fue demasiado…impulsivo…

  • ¡Ya lo sé! Lo sé, cojones…pero es que estaba allí, tan facil…y me sentía tan imbecil por haber caido en esa emboscada.

  • Es facil caer en emboscadas -le dijo Wallmer- a todo el mundo le pasa. Pero no te tienes que mortificar por eso. Eres buen oficial. Estas son tus primeras misiones y mirate, llenando los cestos de cuerpos de Ta´Hari.

  • ¡Bah! No estamos hablando de eso. Hablamos de que hay gente que quiere mi cabeza en una cesta, y la pueden conseguir a poco que, aunque sea con mentiras, me acusen de matar a mi hermano.

  • En ese sentido, señor… – se dirigió a el Umbert- tiene un problema grave…un cabo suelto…

Utherapartó la mirada

  • No me vuelvas a decir “fue demasiado impulsivo”, ¿vale?

  • Si, señor… de acuerdo. Pero aun así, hay que ocuparse de el.

  • ¿Matarlo?

  • Bueno, si hemos de ser sinceros, su declaración per sé no vale gran cosa. Sería facil decir que es un villano que miente por obtener notoriedad. Que muera…eso ya es otra cosa.

  • Sería facil acusarnos, ¿no?

  • No estoy de acuerdo -dijo Wallmer- los villanos mueren todos los dias. ¿Por qué habría de resultar sospechoso?

  • No pasa nada si muere en una guerra o de una cogorza -dijo Umbert- pero si muere mañana, en circunstancias extrañas, entonces tenemos un problema. Incluso si no hemos tenido nada que ver. Alguien podría decir “he, ese fue el tipo que vió a Lord Uther antes de morir”…Y sería peor si ya se lo ha dicho a alguien… y sencillamente, mi experiencia con la gente me dice que pocos callan…

  • ¡Casi seguro que ya anda contandolo, joder! -dijo Wallmer- Yo abogo por qué lo matemos antes de que hable más. Con suerte, pasará desapercibido.

  • Yo no dejo las cosas a la suerte -dijo Uther- estaba pensando en comprar su silencio. Eso le implicaría, se jugaría tambíen su cabeza…luego, ya se vería…

  • Es una opción, señor -le dijo Umbert- deberiamos de hacer una lista y barajar todas las posibilidades

  • ¿Que? -chilló de repente Wallmer- ¿Darle dinero a esa rata por ser inoportuna?¡que me aspen!

  • Callate, Wallmer -le espetó Uther- de este asunto me ocuparé yo. La política no es lo tuyo, ¿vale?

  • Política, política -murmuró Wallmer para sí- tu juega demasiado con la política y poco con la espada, y acabarás como tu hermanito. Tienes suerte de tenerme a mi, Uther…

Llegó.No fue tal y como lo esperaba. Pero llegó. Un día,mientras realizaba instrucción, un caballero llamóaparte a su sargento. Despues, el sargento se acercó a el, yle dijeron;

  • Val, este caballero quiere hablarte.

Valasintió y le entregó a su sargento su lanceta.

  • Todas las armas que lleves, por favor, Val.

  • ¿que más armas le parece que llevo?¡si llevo tres dias sin comer, no tengo ni para cambiarme la ropa raida! – dijo Val, mostrando sincera sorpresa.

Elsargento se lo pensó durante un momento, y finalmente dijo;

  • Vale, venga, vete con el.

Val seacercó al caballero, examinandole detenidamente. Llevabaespada al cinto y arco y carcaj tambíen. Le sonreía,pero no parecía una sonrisa muy sincera. Observó elblasón de su pecho.

  • Una serpiente enrollada sobre un roble. El roble es de la casa Salomnia. En Azul de cielo. El azul del escudo de sir Wallmer.

  • Que perspicaz. Serias un buen escudero, chico.

  • ¿usted cree? – le respondíó Val. La parte de su cabeza guiada por la ira solo podía pensar “Wallmer. El perro de presa de Uther” (hacía mucho que había borrado el “ser” de su cabeza al pensar en ellos) la parte racional pensaba; “no le dejes utilizar su propia excusa. Dale tu una excusa mejor, para que el se haga con ella”

Elhombre pensó unos segundos. Lo vió en sus ojos. Viócomo pensaba y sabía que iba a mentir. Y la sonrisa quemostraba no le hacía confiar más en el.

  • Escuchame, chaval. Me han hablado bíen de tí. Has luchado en varias escaramuzas, y sigues vivo. Tambíen dicen que eres listo.

  • ¿De verdad, señor?

  • Si, de verdad.

Val leprestó atención al arco. Estaba tensado. Perfectamentetensado.

  • Voy a realizar mis ejercicios de tiro, necesito alguien que me ayude. ¿puedes ayudarme tu?

  • ¿no debería hacerlo su escudero?

  • Ah, mi escudero…lamentablemente, no tengo un escudero aun. He sido armado recientemente. Por Ser Wallmer, nada menos, ¿sabes?

  • ¿De veras, no tiene escudero?

“Creeme,hijo de puta. Por lo que más quieras, creeme”

  • Así es, muchacho. ¡Hola!

Saludaronal guarda al salir del campamento.

  • ¿no tiraremos dentro?

  • Oh, no, yo prefiero entrenar al aire libre. El campo de entrenamiento me limita.

Elchico sonrió. “sigue pareciendo imbecil”

Caminaronun rato más. El hombre, por supuesto, le hablo de como elesperaba escoger a un escudero listo y capaz, y quizás, algundía, pudiese nombrarle caballero errante, como el. Val siemprese preguntaba como la gente podía llegar a creerse excusas deese estilo. Pensando más con el corazón que con lacabeza, imaginaba. Se preguntaba si le llevaba a algun sitio dondequedase rodeado por varios matones, o si sencillamente queríaensartarle como aun cerdo mientras “practicaban el tiro”. Noimportaba, ya estaban lo suficientemente lejos.

Elhombre no era tonto, por supuesto. No estaba desprevenido, estabaesperando cualquier movimiento. Hubiese sido capaz de defenderse decualquier intento de dejarle seco con un movimiento habil y rastero,pero no esperaba que realmente Val fuese a aullar y lanzarse sobre elde frente.

Val seabalanzó sobré el e intentó llevarle hasta elsuelo. No obstante, el caballero podia de dominarle con las manos,aprovechando su fuerza de hombre adulto, mucho mayor. Pero Val lemordió la mano y así consiguió tirarle de laotra. Le dió un rodillazo en sus partes nobles y le empujóhasta derribarle, y entonces, solo entonces, se abalanzó sobreel con la daga en la mano.

Elcaballero intentó desembarazarse de el a patadas. Val sujetósu pierna y le hundió en ella la daga. La giró, la giróde nuevo, y tiró hacía arriba para sacarla. Le destrozótotalmente la pierna.

  • Así qué…Así era…tan facil…llegar y coger una vida. Porque es una vida que no le importa a nadie…

  • ¿Que demonios estás…?-decía el caballero, sacando la espada. Se sentía confiado. Si empuñaba la espada, aun estando herido podría defenderse.

Perocon el trajeteo, arco y carcaj se le había caido, y el chicolos tenía ahora en las manos. Y eso sí le acojonó.

  • ¿Y ahora?¿tan poco tiene que valer una vida…para mí?

Elmuchacho supo que sí. Supo que sería más facildesaparecer si le mataba. Simplemente aparecería un cadaverasaeteado a las afueras del campamento y un chico desaparecido.¿Quien podría esclarecer eso? Mejor aun…¿aquien le interesaría esclarecerlo?

Pero noera capaz.

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Y ya está, la próxima será la última (del primer capítulo, se sentiende) muchas gracias a aquellos que lo estais leyendo.