De aquí a la eternidad >>> Un clásico que se queda a medio camino

Está claro que los clásicos cinematográficos lo son por algo. Cualquiera no puede entrar en tal casi sagrada élite, y menos en la más reducida de estas, que es aquella en que se aclama con una sola voz de cinéfilos y profanos la propiedad de ser clásico de una película concreta. Véanse ejemplos como El padrino, película que a todos entusiasma y que en buena parte de las listas se encuentra como la gran película de todos los tiempos. O Ciudadano Kane con iguales resultados. (Que si, que resulta que no te gustan ninguna de las dos o peor… que te dejaron indiferente. Pero entras al saco, ya eres parte de la estadística.)

Así tenemos De aquí a la eternidad, una película bélica del año 1953, que sitúa su acción allí por Hawaii (que no Bombay, por lo que no son dos paraísos) inmediatamente antes de todo el ataque brutal de Japón a Pearl Harbor en un momento histórico que nadie conoce y que no tuvo mayores repercusiones históricas. Apenas.

En ella tenemos dos historias de faldas, relacionadas por el ejército y el destacamento al que ambos caballeros están asignados. Así tenemos al soldado Prewitt encarnado por Montgomery Clift y al sargento Warden, interpretado por un inconmensurable Burt Lancaster, uno superior inmediato del otro y que se verán las caras con amores improbables.

Así, la otra parte del problema son los personajes de Deborah Kerr (la señora Karen Holmes) para Warden y Donna Reed (la señora de compañía Alma Burke aka Lorene) para Prewitt. Y para redondearlo, tenemos a tres personajes fundamentales para que todo tenga un cierto hilo conductor, como son el capitán Holmes (Phillip Obert), “Fatso” Hudson (Ernest Borgnine) y el completamente innecesario e interpretado de una manera magistralmente horrible, Angelo Maggio interpretado por el muy carismático y peor actor, Flan SinNata (que por cierto, por esta interpretación se llevo un moñaco dorado).

Tenemos la vida en un cuartel de la armada de los Estados Unidos de América en Hawaii, a la que acaba de llegar el soldado Prewitt, un virtuoso de la corneta, que quiere cumplir como soldado de verdad. El capitán a quien ha sido asignado es Holmes, un hombre obsesionado con el boxeo y con el campeonato del ejército sobre esto. El propio Holmes pidió que Prewitt militase en sus filas por ser boxeador tiempo atrás, y de buen nivel. Lo que pasa es que Prewitt no quiere, lo que le llevará a enemistarse con la gran mayoría de su escuadrilla, en una lucha de resistencia, a ver quien aguanta más. En su primer día de permiso, en un local de alterne light (solo se habla con las chicas) conoce a Lorene, la que pretende que sea la mujer de su vida, pero Lorene, aunque enamorada, desea vivir unos ideales mucho más altos que la de casarse con alguien que puede morir cualquier día.

Por otra parte está la historia de Warden, que un día, como quien no quiere la cosa, se enamora de Karen Holmes, la esposa desatendida de su jefe, el capitán. Warden, un hombre duro, no enamoradizo, pero si bravo y decidido, se decide a ocupar el lugar que no satisface su jefe, a costa de muchas cosas, y jugándosetoda su reputación, su trabajo, y su vida en general. Se juega incluso un consejo de guerra. No es moco de pavo. Pero el fornido sargento luchará contra viento y marea por lograr que la fría Karen, con un pasado como gran pelandrusca, se rinda a sus botas militares.

Si a esto lo juntamos con la vida del tuercebotas de Maggio, buen amigo de Prewitt, pero más pendiente de correrse una buena juerga que de hacer una sola de las cosas que le exige su oficio, que acaba metiéndose en líos con el jefe de la cárcel militar, Hudson, pues ya estamos apañados. Tres dramones por el precio de uno.

Con todo presentado, lo cierto es que no tengo la menor duda de que estamos delante de una gran película, pero no me parece que sea esa joya imperecedera que se dice de ella. Por el contrario yo veo una muy buena película, con momentos realmente prodigiosos, como la famosa escena de Burt Lancaster y Debora Kerr revolcándose, bien mojados en la arena de la playa o toda la escena del desembarco, con el desconcierto castrense general y una primera defensa como mejor pudieron. En el resto, hay pasajes que no pintan mucho, personajes que sobran y muchas de las actuaciones poco fundamentales, no solo mediocres, sino que directamente pueden ser tachadas de malas actuaciones. Como si estuviesen desganados. Una auténtica pena.

Una pena también que en una película que buscaba ser un reflejo de la vida militar, ese aspecto haya quedado tan flojo. Se ven mucho más la vida del militar en sus horas de asueto, que cuando está trabajando, y en el mejor de los casos, lo que aparecen son escenas sobre los momentos en que putean a Prewitt por no querer boxear o cuando están jugando al billar pasando las horas muertas. Muy descuidado en ese aspecto a mi humilde entender.

Visto todo este contraste entre lo bueno y lo malo de la película, pero con un predominio claro de lo bueno, y con unas actuaciones principales envidiables, el tono dramático se mantiene todo el tiempo. Desde luego no hay tiempo para la chanza, todo es dramático, e inclouso cuando ves que las cosas van bien para ellos, se presiente que los buenos tiempos acaban. Incluso Frank Sinatra, que intenta dar el toque cómico en un principio, se carga toda la intención con lo malo de sus dotes interpretativas. Una pena, porque ciertamente, esta película llevaba camino de convertirse en algo para la posteridad cinematográfica y por pretenciosidad, creo yo, se queda en buena película sobre la vida y obras de unos pocos militares en Hawaii. Inconmensurable Burt Lancaster y buen Montgomery Clift, que no es capaz de superar la gran actuación que hizo en La heredera, pero que hace, sin duda, un gran papel.

Karen Holmes: Solo soy una fracasada. Si es que me comprende… y no dudo que me ha comprendido.

Cine y videojuegos – ¿Historia de un amor imposible?

Y el señor Zerael colaboró en este blog.  Y todos vimos que era bueno y nos regocijamos. Poco más que decir. ¡A la carga!
 

Cine y videojuegos…videojuegos y cine… esa pareja eterna del ocio moderno que tantas alegrías nos ha regalado. Dos formas semejantes de plantear historias, cada una con mecanismos propios, pero con una valoración social diametralmente opuesta. Poca gente encontraréis que reniegue del cine en general –y no me refiero al arquetipo de crítico que pone a caldo a la industria, porque precisamente es un perfil de cinéfilo estándar–, pero no tardaréis mucho en dar con alguien que mire con malos ojos al entretenimiento electrónico.

Un cierto halo de desconfianza sigue reinando en lo que al reconocimiento videojueguil se refiere. Aunque en menor grado, el de los videojuegos sigue siendo un mundo ampliamente denostado. Los motivos son variados y gratuitos, y no me molestaré en discutirlos aquí; sin embargo, sí que me gustaría señalar una idea que parece arraigada en muchos críticos de cine con cierto renombre: la falta de madurez. Una buena forma de ilustrar esta idea, es la infame crítica que recibió la terrible adaptación de Max Payne.

Max sigue sufriendo de la falta de corazón que hace a los juegos emocionalmente inferiores a las películas. Nadie ha derramado nunca una lágrima con la muerte de un personaje de un videojuego.

Roger Moore para el Orlando Sentinel

Unas palabras desafortunadas que ponen de manifiesto la ignorancia de muchos. Cualquier jugador avezado sabe de sobra que la afirmación de Moore es dolorosamente vacua.

Sin embargo, sí que hay una realidad que refleja perfectamente, y que a mi modo de ver, está íntimamente relacionada con el tema de la madurez de la industria. Casi todas (tentado estoy de decir todas) las películas que versan sobre videojuegos son de una calidad paupérrima, tanto como productos cinematográficos como adaptaciones de videojuego. ¿A qué se debe? Principalmente, aunque no únicamente, al carácter descaradamente comercial de los videojuegos. También está la torpeza del director y la desfachatez de los guiones, pero esa es otra historia.

No hace falta que nos vayamos muy lejos. Tomemos como ejemplo a esa aberración llamada Max payne. Nada encontramos en ella que adapte realmente lo que supone jugar al Max Payne videojueguil. Apuntes aquí y allá de situaciones circunstanciales, guiños a personajes… y poco más. Todo lo demás se envuelve de los resortes tópicos de la superproducción hollywoodiense. Y estos resortes ignoran lo que los chicos de Remedy llevaron a cabo con maestría: un argumento imponente tanto en el plano cinéfilo como en el videojueguil.

No me interpretéis mal. El cine y los videojuegos son un negocio, y una parte esencial de su existencia es la obtención de beneficios, pero eso no significa que todo el ocio –y toda la cultura– dependa exclusivamente de papelotes verdes con rostros de gente muerta. Puede que los videojuegos ya sean cultura oficial, pero para que alcancen el reconocimiento que merecen deben desprenderse de ese prejuicio de infantilidad que propicia despropósitos como la cinta protagonizada por Wahlberg.

Afortunadamente no todas las adaptaciones han sido tan desastrosas. Y lo que es mejor, no todas han recibido palos de ignorancia por parte de la caterva cinéfila. Christophe Gans hizo un trabajo sensacional con Silent Hill. No os negaré que le encuentro importantes fallos, pero independientemente de mis consideraciones, es una adaptación muy bien conseguida. Sobre todo porque de verdad ofrece una experiencia cinematográfica que transforma lo vivido a los mandos de la saga de videojuegos. Vamos, que lo adapta.

Con un poquito de maña (o de asturiana) y algo más de valentía con el guión, podríamos haber hablado de una pequeña obra maestra. De cualquier forma, es un paso adelante, un primer atisbo de esperanza en lo que a adaptaciones se refiere.

Silent Hill, por cierto, es uno de esos videojuegos que podrían encuadrarse en una de las categorías videojueguiles dominantes: la de inspiración cinematográfica. Historias interactivas con abundantes escenas argumentales, o simplemente “cinemáticas”. Este tipo de desarrollos son herederos de las aventuras primigenias, y la influencia de los modos del séptimo arte es más que evidente.

No son pocos los que consideran que esta dirección a la hora de elaborar un juego es poco atractiva. A pesar de la mutua influencia, entre los videojugadores también existen aquellos que reniegan de los productos con demasiada carga cinematográfica. Muy probablemente se deba a la importancia, casi universalmente reconocida, que tiene la jugabilidad.

Nunca me he posicionado en ninguno de los dos extremos; adoro juegos con sobresaturación de argumento escenificado tanto como aquellos que carecen de cualquier rasgo de narrativa. Creo que es relativamente sencillo equilibrar ambas formas, e incluso abusar de una de las dos, para que el resultado sea sobresaliente –ahí está Kojima con su saga del soldado perfecto, o esa inusual experiencia en la Zona encarnando a un Stalker–.

Esta diferencia de planteamientos en los videojuegos es menos evidente en el mundo del cine. Casi siempre que alguien saca a relucir el tema, se habla exclusivamente de las adaptaciones. Pero los videojuegos han influenciado al cine de formas mucho más numerosas… aunque también, quizá, mucho más sutiles.

¿Es posible adaptar ese rasgo único de los videojuegos –la jugabilidad– en una película? Sé que suena ridículo, pero con algo de imaginación uno puede sacar conclusiones sorprendentes. Obviamente, no se trata de que el espectador tenga voz y voto en el film, ni ninguna chorrada por el estilo. Nada de eso… precisamente porque adaptar significa traducir a otro medio algo que se expresa en un “idioma” ajeno, que en una película aparezca algo como la jugabilidad no quiere decir otra cosa más allá de que se perciban sensaciones videojueguiles en una creación genuinamente cinematográfica.

Tarantino, con la primera Kill Bill, consiguió algo muy parecido a lo que trato de decir. Aunque por todos es sabido que el director bebe (o plasma, o plagia… o como gustéis) de incontables fuentes, creo que muchos jugadores apreciarían sensaciones similares a las que se encuentran en los videojuegos. La fuerza de las imágenes, la verosimilitud de sus barbaridades (muy lejana de los desvaríos del señor Nomura en Advent Children), la teatralidad en las presentaciones de los personajes… detalles que construyen una película extraña y que quizá por simple casualidad se identifica fácilmente con el sentir videojueguil.

Otro caso atípico lo encontramos en esa película que supuso un punto e inflexión para la antigua Square, Final Fantasy. Si bien sus semejanzas argumentales con la saga son tenues, y en absoluto entra en esa hipotética clase de películas videojueguiles (ya que en esencia no es más que una peli de ciencia ficción de tomo y lomo), su forma de afrontar el problema de la relación entre videojuegos y cine es original. Aunque considero que se trata de un film notable, no habría estado de más que el señor Sakaguchi se hubiera esforzado por elaborar un metraje más afín al mundo del que proveía. ¿Acaso por considerar que estaba realizando algo a otro nivel?

Desde luego, viendo subproductos como los paridos por ese pseudoseñor que es Uwe Boll, la sospecha de que son dos universos cualitativamente distintos no podrá disiparse. Quizá haga falta que un director con redaños se atreva, de verdad, a hacer adaptaciones sustancialmente considerables.

Sea como fuere, tengo la sensación de que socialmente, de un modo involuntario e interiorizado, tendemos a considerar como un “arte” inferior a los videojuegos. Y no me refiero a la gente que echa pestes sobre la industria, sino a nosotros –a aquellos que viven de cerca los devenires del ocio electrónico–. Todavía resuenan con fuerza aquellas declaraciones de Kojima, asegurando que los videojuegos nunca podrán ser un arte.

¿Realmente es así? ¿Son completamente incompatibles? Obviamente, yo no lo creo. De hecho, me parece que la relación entre el séptimo arte y los videojuegos es ya inevitable. Los más escépticos lo achacarán al poderío económico de ambos mundos; los más románticos, a las posibilidades creativas de dos formas de expresión tan “compenetrables”.

Y en el fondo, todos tendrán razón.


Impresionante, señoras, señores y mutantes de diversa índole. Estoy profundamente agradecido al señor que regenta La ciudad olvidada por esta pedazo de colaboración que me ha obligado a incluir me ha cedido amablemente para este humilde blog.

Muchas gracias, no solo por la propia colaboración, sino porque la reflexión de la propia entrada me parece muy bien enfocada y muy acertada.

Diez videojuegos concretos para un mal videojugador tardío

Aclaración: No es un top diez de los mejores videojuegos, ni tan siquiera uno de los más divertidos, apasionantes, interesantes. Directamente no es top. Es una lista normal y corriente con diez videojuegos de diferentes tipos (podrían ser unos pocos más, pero ya os digo que más bien pocos) con los que me he cruzado a lo largo de mi corta vida como jugador de videojuegos y a los que he jugado hasta la saciedad. Puede ser que nunca fueran grandes títulos, o puede ser que decidáis expulsarme de esta comunidad tan videojueguil por pecador de la pradera (y de otros sitios)

Aclaración 2 (La venganza): Que nadie espere que hable mucho de videojuegos, porque es un tema del que no tengo ni la más remota idea.

Bueno, como digo, yo empecé muy tarde en esto de los videojuegos. Yo me recuerdo a mi mismo, en tiempos de la EGB (Cuando aún había de eso y no ESO) pidiendo a mis padres con insistencia un ordenador, una mascota o un hermano. Era hijo solo… ¡me aburría, coño! Por aquel entonces tuvieron la feliz idea de apuntarme a una actividad extraescolar en la que con los disquetes aquellos tamaño sándwich de 5 ¼ nos enseñaban a utilizar aplicaciones MS-Dos, y con aquellas pantallas de fluor que cuando pasabas mucho rato te palpitaban los ojos y casi parecía que podías iluminar una habitación tan solo con la luz que emanabas. ¡Tecnología punta de entonces!

¿Problema? Cuando llegue a tener mi propio ordenador no había vuelto a tocar aquello, los disquetes eran tamaño sándwich nouvelle cuisine y apenas se usaban ya. Fui radiactivo durante un tiempo para nada.

Y bueno, pues nunca llegó ni la mascota, ni el hermanito ni por supuesto un ordenador de esos que os carga el demonio (debe ser, si no, no me lo explico), hasta que ya pasaron un par de ciclos educativos y esos señores que me sustentan decidieron que quizá podría ser de utilidad dejar de utilizar las tablas de cera y los estilos y tener un ordenador en casa así de pronto. Así que la mini sociedad Amish en la que me encontraba empezó a evolucionar. Mirad si son modernos ahora mis señores padres, que incluso han decidido dejar de usar el sextante para el coche de caballos, ¡y se han comprado un GPS!

Poco a poco los videojuegos comenzaron a entrar en mi vida: el ordenador, herramienta de trabajo indispensable en casi cualquier casa se convirtió casi de inmediato en el aparto que se usa para trabajar de puertas de la habitación para afuera. De puertas de tu habitación para adentro es la máquina definitiva para pasar veinticinco horas al día desaprovechadas. El mejor invento desde el retrete. En serio.

Como he dicho antes, entre los primerísimos y otros un tanto más modernos podrían caber unos cuantos más que estos diez. Silver, Elite beat agents o Out run no han entrado por muy poco.

Aquí está la lista con poco orden y menos concierto. Tan solo el último juego de esta lista ocupa el que realmente se ha hecho un huequecito en mi corazón de melón como el juego con el que mejor me lo he pasado nunca. Allí abajo lo veréis:

Crónicas de la luna negra: Juego francés que es un mezcladillo de estrategia en tiempo real, estrategia por turnos y más cosas estratégicas, donde en un mundillo fantástico medieval muy molón, manejas a un descendiente de los elementales de aire que va por el mundo con una espada que lanza bonitas y abrasadoras bolas de fuego llamado Wismerhill, y que deberá elegir bando para la gran lucha definitiva entre las fuerzas divinas.

Lo he empezado mil y una veces, y me engancha. Solo por la música ya vale la pena, pero tiene una gran historia (cada bando tiene la suya propia) y los héroes, tanto los que se unen a ti como los enemigos tienen una personalidad arrolladora. Los combates, que se dan bastante a menudo, son algo bastante difícil de manejar, porque las posibilidades estratégicas que tiene son inmensas, pero el vicio que me provoca no tiene nombre. Y lo triste es que nunca he sido capaz de acabarlo. En ninguna de las historias y en ninguno de los modos. Y me avergüenzo por ello.

Los artworks que lleva, increíbles.

Scorch: La madre de todos los juegos. No lo digo yo, lo dice el propio juego y dice la gran verdad. Tanquecitos de coloricos que deben neutralizar al resto de tanques de otros colores. Puedes comprar diferentes tipos de armas, de defensas y demás y para disparar debes calcular potencia y dirección.

Es cierto que hay mil juegos similares a este (El mismísimo Worms, incluso) pero este, mi primerísimo de este estilo me dio muchísimo tiempo de diversión, tanto solo como acompañado, y mucho más en tanto que el juego permitía personalizar las frases que dicen los tanques (escrito, claro) tanto al disparar como al morir. Imaginación a tope para que sacase aquellas frases de forma aleatoria. Diversión y piques de los gordos.

Sonic, the hedgehog: Mi primera consola (y la penúltima) fue una Game Gear. ¡Una portátil en color! Una gozada. Tuve varios (pocos juegos): Chuck rock, Factory Panic, uno de Spiderman y poca cosa más. Al que más jugué con mucha diferencia es al juego del erizo. Me lo pasé hasta aburrir al pobre erizo, que ya me miraba mal. Jugaba a ver si era capaz de pasármelo en menos tiempo y con más vidas… una locura (para mi). Incluso conseguía pasarme al final del todo (años después de tenerla) las tres primeras pantallas sin mirar y sin que me mataran una sola vida. Y aseguro que era sin mirar, porque la pantalla decidió reventar y dejar de funcionar. Años de vicio con el bicho azul. A pesar de ser el primer juego que tuve fue con mucho al que más rendimiento le saqué.

Max Payne: Buf. Un minuto en Nueva York. El modo de juego más estresante y cjonudo de un gran juego. Tiempo bala, flipadas de las gordas y un tipo super vacilón pateándose en gabardina Nueva York en medio de la nevada más gorda que se recuerda.

A caballo entre la novela, el comic, el cine negro y el videojuego como tal, se convirtió en una auténtica delicia para mí. Veces y veces me lo pasé, luchando contra el helicóptero de las pelotas maldito.

Buf.

PC Fútbol 2000: El último gran PC Fútbol. Cada vez que han sacado uno después, la han jodido. Y los sucedáneos, pues peor todavía. Por supuesto, como simulador de partidos no valía un mojón, pero como simulador de manager, era impresionante. Quizá fácil, pero divertidísimo. Era una gozada conseguir subir a un tercera a mejor club de Europa en apenas media docena de jornadas. Muchos de los anteriores ya fueron grandes: El Pc fútbol 7 era cojonudísimo e incluso el mismísimo primer PC Fútbol, que iba en tres disquetes cuando tan solo se podía alinear a un extranjero (ni comunitario ni mierdas en vinagreta) tenía su encanto.

Pero el último gran emulador de manager de fútbol fue el 2000.

UFO: Enemy unknown: También conocido como X-COM: UFO Defense. Primer juego de toda una saga, pero al que más y más a gusto he jugado es a este.

El mundo del futuro reciente está en peligro, y unos militares especiales mundiales deben investigar y combatir la amenaza alienígena.

Estrategia y pichinadas de esas preparadas de una forma cojonuda que me dieron años y años de diversión. Para un profano torpe como yo, imposible de acabar: Este es otro de los que no he podido terminar ni en el modo más sencillo, pero ni aún con esas me ha dejado de parecer uno de mis grandes juegos.

Death Lands: Me siento como su tía. Zerael es la mamá de esta criatura, y yo soy su tía, con todas las ventajas que tiene esto y sin la desventaja de pedir propina.

Cuando conocí a ese señor ya venía con cargas familiares debajo del brazo, y como tal había que aceptarle, y bueno, me convertí en el gilipollas que jugó mil (o dos mil) veces a este juego buscando fallos de cualquier tipo, proponiendo cosas a mejorar, animando al Zerael a que continuase… Páginas y páginas con apuntes. Horas y horas buscando detalles.

Disfruté muchísimo con probándolo una y otra vez. Y las que hagan falta.


Héroes IV
: Ni el III ni el V. El tres era bueno, aunque no maravilloso, y el V me parece una patatilla importante.

Interesante e intenso a partes iguales. Apasionante en sus campañas y en sus pantallas en general. Desde que se pudo encasquetar a más de un héroe por ejército y que encima luchaban directamente hasta la muerte o la victoria, el juego ganó enteros, y eso que la tercera entrega me parecía ya un grandioso juego.

Geniales y muy bien compensados los diferentes tipos de castillos y en general, muy interesantes las opciones que se ofrecen.

Buscaminas: La joya de Windows. Lo mejor del ´98 y del XP, seguro. Horas y horas detectando minas, poniendo banderolas y viendo numericos. Ahora la verdad es que le he perdido mucho ritmo, pero mis record me daban bastante miedo a mi mismo. Incluso hacía capturas de pantalla cuando podía, básicamente porque me molaba ser rápido. Eso si, los que acojonaban eran los records que circulaban por internet, que por supuesto me dejaban a la altura del perejil. Pero yo no desistía.

¡Larga vida al Buscaminas!

Carmageddon II: Carpocalypse now: La jodidísima joya de la corona. El juego más divertido al que me he enfrentado nunca. Una auténtica gozada. Muchas veces lo he pasado y muchas veces lo pasaré. Una pena que no tenga forma humana de hacerlo funcionar en XP.

Aún así, apasionante. Aquí si que he invertido horas de juego, siempre disfrutándolo como ningún otro. Incluso me lo he pasado ganando las carreras a base de checkpoints… Aunque claro, la gran diversión estaba en destrozar contrincantes. (Los atropellos eran daños colaterales, nada que buscase nunca directamente, excepto en las misiones donde había que acabar con individuos concretos, claro.

Incluso me emociono recordando partidas épicas…

Y fin de la lista. Ya veis que no hay fantasías finales, ni medias vidas ni cales of dutis ni cosicas de esas, que los he jugado (unos más que otros), pero aunque me hayan gustado (o no), están lejos de haberme marcado mi corto bagaje como videojugador.

Lo último que pongo en esta entrada es una de las pistas de audio de Crónicas de la luna negra:

Partes privadas >>> Howard Stern as Howard Stern

Un buen cinéfilo, de quien creía estar en la otra punta del espectro del gusto cinéfilo (Academia de inglés Oui presenta: ¡La primera redundancia del día!), un buen día, tras poner en común opiniones iguales sobre una película, me recomendó un puñado de películas que poco a poco fui viendo. Todas me gustaron. Unas más, otras menos, pero joder, todas fueron películas que valieron la pena. Pasado eso, se le ocurrió recomendarme otra que no tenía nada que ver con todas las anteriores y que de primeras, parecía incluso extraña. Esta película es justo esta de la que se habla en esta entrada, Partes privadas.

En esta película tenemos algo difícil de encontrar como es el gran equilibrio entre lo que es un drama y lo que es una comedia. Es complicado saber en que momento de esta película estamos con una o con otra, ya que al fin y al cabo están muy estrechamente ligadas. Si a esto le sumamos un factor como es el de estar haciendo una biografía de alguien todavía vivo, y el conjunto sigue siendo bueno, el merito crece de modo exponencial, y si encima contamos el factor de que el biografiado es el propio actor que hace de si mismo, ya esto es el copón bendito. Y a buena fe os digo que todo esto se da en esta película.

Resulta que Howard Stern es incluso a día de hoy (lo dice la Wikipedia, así que si os interesa lo buscáis) uno de los grandes locutores de radio de la historia de Estados Unidos. Resulta que este hombre revolucionó la forma de hacer radio a base de improvisar y de hacer un programa sin guiones, y resulta que al final (esto ya no lo cuenta la película) ha acabado con un emporio radiofónico vía satélite brutal.

La historia de Partes privadas es la historia de Howard Stern desde que descubre su vocación, en la más tierna infancia hasta que por fin se consagra como estrella radiofónica en la gran compañía de comunicaciones norteamericana: la Columbia Broadcasting System o CBS para los amiguitos.

Pero desde luego el señor Stern no es un individuo al uso, y mucho menos quiere serlo. Es consciente de las posibilidades que le brinda la radio incluso mucho antes de empezar a poder ser locutor en la escuela secundaria. Es conciente, a su pesar, de que su estilo será defenestrado y también es consciente de que tiene una voz de mierda para la locución. Ni siquiera es guapo, que aunque no ayude a la hora de hablar por la radio, siempre sube la autoestima.

Además, es alguien que está obsesionado con el sexo. A tiempo completo. Tiene dos preocupaciones principales; que folla poco (no lo digo yo, lo dice el) y que tiene pequeño el pene.

Poco a poco consigue ir haciéndose un hueco. De una radio a otra, siempre intentando hacer un tipo de programa no siempre aceptado, con su humor sexual e irreverente, y con el rock como bandera, pasará por muchísimas situaciones delirantes por la que será odiado por los directivos y amado por la audiencia. Cada locura aumenta su reconocimiento, y entre sus entrevistas subidas de tono (actrices porno, señoras que pueden meterse en la boca salchichas de treinta centímetros y demás) y las llamadas de los oyentes se estaba forjando su propia leyenda a partir de su estupenda melena rizada.

Tendrá la ayuda de dos personas que ira encontrando a lo largo de su periplo. En este caso, junto al propio Howard Stern haciendo de Howard Stern, tenemos a Fred Norris, haciendo de Fred Norris y a Robin Quivers haciendo de Robin Quivers. El primero, a quien conseguirá como compañero, no muy hablador, pero que le seguirá cada movida mental que tenga hasta las últimas consecuencias y Robin, la chica que al principio se supone que debía encargarse de dar las noticias, y que desde el comienzo siendo parte del espectáculo, viendo la innovación que puede suponer una radio tan extrovertida y diferente.

La que hace de amor de su vida, Alison Stern, ya no se interpreta a ella misma. En este caso, Mary McCormack hace el papel en cuestión de una manera formidable. Cada estado de ánimo era transmitido de forma impecable.

En esta delirante comedia dramática, el gran fallo formal está en las actuaciones, pero es algo que no reduce las capacidades generales del film. Que la mitad del elenco principal se interprete a si mismo sirve para darle realismo. Quizá también pretenciosidad, pero el realismo sale ganando. Además, en toda la parte satírica, que también la hay y muy importante, un magnífico Paul Giamatti, haciendo de directivo hijo de puta de la CBS, pone la guinda al pastel amargo por fuera y dulce por dentro.

Por supuesto, las mejores escenas las que son parte de los programas de radio a lo largo de su vida. Como el primero en su primer trabajo, donde entrevista a Ringo Star, o cuando hace un concurso junto a Fred, Robin y otro invitado. Un delirio. Y un auténtico descojone. Ventajas de la naturalidad.

También es interesante toda la parte crítica con los sistemas de comunicación y las grandes corporaciones. Que claro, no es solo crítica por si misma, sino porque lo vivió en sus carnes, pero no por ello, esa avaricia deja de transmitirse en la película.

Con todo esto, tenemos una película con aspecto de amateur, pero que tiene un trasfondo importante y muy cuidado, donde varios personajes que hacen de si mismos, se dedican a narrar parte de la historia de Howard Stern, el locutor de radio que cambió la forma de hacer radio (redundante, pero cierto). Todo el tiempo en el limbo entre el drama y la comedia (la vida no es fácil ni para un dios de la comunicación), es una gozada ver el ascenso y permanencia entre los más grandes a alguien que siempre supo que podía revolucionar la comunicación radiofónica. Y lo hizo. A lo grande. Acabando en la CBS con el programa más escuchado de los U.S.A y dando en los morros a todos los directivos de la cadena que nunca confiaron en el por su rebeldía.

Es una película con sexo radiofónico consumado, no os digo más.

Howard Stern: Me he comprado un libro. Se titula “Como tirarse a una tía”.

GTO: Great teacher Onizuka >>> La educación… por un motero… japonés… de anime

 
Una sola cosa para comenzar: No apta para profanos. No apta incluso, muy probablemente para los que se estén iniciando. Puedo asegurar que hay capítulos que para gente no demasiado acostumbrada a estas cosas como yo por ejemplo (no ha sido necesario irme muy lejos) se hacen un poco cuesta arriba. Cosas de mangas o animes que nos (¡me!) cuestan comprender. Esas expresiones faciales, esas obsesiones, esas cosas que por diferencias culturales (supongo) resultan tan ridículas que rozan lo estúpido en esta parte del mundo. Pura falta de costumbre. O estupidez mía, claro. No hay mucha más opción. Y ojo, que digo que lo parecen, no que lo sean, que soy consciente de que esto es la percepción de quien desconoce.

Tenemos entre manos una serie de algo más de una cuarentena de episodios sobre uno de los jefes de una banda de moteros, antes temida, ahora más bien calmada, que decide cambiar de vida y hacerse profesor de instituto. El motivo para llevar a cabo el cambio, no puede ser más noble: estar cerca de chicas jóvenes y bueno… lo que pueda, cosa muy típica de este tipo de series japonesas.

Tras conseguir una entrevista en un colegio privado llamado El bosque sagrado y no dar una buena primera impresión, la directora Sakurai lee más allá de lo aparente y decide darle una oportunidad, a pesar de que supone una confrontación directa con el subdirector Uchiyamada, quien opina de el que solo es un delincuente con ínfulas. Lo que desconoce es hacia que cosa van dirigidas todas esas ínfulas. De cualqueir modo, la directora tiene el arma definitva siempre cargada en su cajón: una carta de renuncia que entregará a Onizuka la primera vez que haga lo que no debe. Y esto es toda una prueba de fuego para Eikichi, que tendrá que andar templado para no pasar más allá de lo que Sakurai entiende por buena acción.

Una vez contratado, le dan para tutelar a la clase más conflictiva de todo el colegio, y en seguida decide combinar ese honroso objetivo docente que tenía con el de ayudar a aquellos alumnos suyos, a aquellos tutelados que pidiéndole ayuda o no tengan problemas más o menos graves.

Pero hay algo peor en ellos, y es que como conjunto, odian toda autoridad docente, por una serie de situaciones previas que se irán desvelando a lo largo de la trama, y que no ayudan precisamente a Onizuka. Eso, juntado a que en su clase hay expertos en informática, la chica más inteligente de Japón y alguna que otra cosilla interesante más, hacen de la clase 2-4 un bonito caos que quiere aniquilar al nuevo profesor, Eikichi Onizuka de 22 años de edad (Algo que repite una o dos… cientas veces a lo largo de la serie).

Así cada alumno será un problema de la más diversa índole, suicidas, víctimas de bulling (No confundir con el restaurante de Ferrán Adriá), adolescentes que ridiculizan a los propios profesores, etc. Y cada profesor, un mundo contra el que luchar, y excepto la directora y Fuyutsuki, una joven profesora que ingresó en el instituto a la vez que Onizuka sensei, el resto se encontrará más o menos con el: el de gimnasia, el de inglés, el de química… y todos con un liderazgo no escrito a cargo del subdirector, que envidioso aunque dedicado, se dedicará a odiar a Eikichi por encima de todas las cosas.

Poco a poco, el motero salido con más empuje que dedos de frente, procura hacerse con la situación aunque sea a la brava, y con su cabezonería será capaz de salvar a sus alumnos de huestes infernales de fans, de secuestros express, de perder el honor de su familia y otras tantas cosas que a todo alumno de instituto le pasan a diario. Que conste que no le estoy pidiendo ningún tipo de realismo a un producto de este tipo, no confundamos términos. Es más, dentro del tipo de serie que es, es tremendamente consciente de si misma, cumpliendo con los objetivos de coherencia que se exigen de esta.

Lo que tiene realmente bueno es la personalidad tan marcadamente diferente de la gente. No se hasta que punto es algo común en los animes, porque no soy muy ducho, pero en este caso me ha resultado muy agradable. Es cierto que todos tienen sus semejanzas, pero coño, son parte de una misma obra y están imbuidos en una situación geográfica, cultural y demás parafernalia social. Es lo normal. A lo que me refiero es más allá. Me refiero al descubrimiento de las personalidades de cada uno, que claro, muchos corresponden a estereotipos brutales, pero no por ello carece de valor la diferenciación sutil que separa a muchos de ellos, al fin y al cabo todos son jóvenes de una misma edad en un mismo lugar. Las coincidencias deben darse.

Poco a poco Onizuka deberá hacerse el hueco en la vida de sus alumnos, primero porque ha venido para quedarse y segundo, por sus santos huevos. Su personalidad, arrolladora y obsesiva, en principio con el rollo de dejar de ser virgen y arrimarse a las jovenzanas para ver si suena la flauta (la de Onizuka) y ya después en los problemas que sus alumnos tienen. Esto, sin perder de vista su objetivo último, de arrejuntarse a tantas pechugonas como pueda. Y sin enseñar nada, claro.

Todo esto se queda en una serie entretenida para novatos animeros como yo o no demasiado fans de estas cosas y probablemente joya maravillosa para el resto del mundo, con eso, personalidades arrolladoras y situaciones desconcertantes, pero siempre con un buen humor suficientemente aceptable como para que no sea algo aburrido. Tanto Onizuka como el resto de personajes desbordan coherencia en cada uno de sus actos y entre chorrada y chorrada, te deja un pequeño poso del que al final está haciendo una reflexión sobre la educación. Curioso, simpático y violento a partes iguales, tenemos en Great Teacher Onizuka una serie que en el peor de los casos se deja ver.

Eikichi Onizuka: Por tu voluptuosidad, ¡un brindis!

Hellboy II: El ejército dorado >>> Lo mismo, más bonito y más desustanciado

¿Has visto la primera parte? Ponle efectos especiales más currados y quítale un poco de argumento, ponle más acción y quítale un poco de originalidad y tienes exactamente lo mismo. Hellboy es el copón bendito y reparte a diestro y siniestro, y si alguien le puede toser, es porque se va a llevar una somanta de palos como no la ha visto nunca, con su mano de las pajas del infierno. Así a ojo, lo único que realmente diferencia una de otra es que en esta secuela, el personaje de Hellboy no se pasa la película repitiendo ¡Que cagarro!

Así, en esta ocasión volvemos a tener una lucha entre las fuerzas del bien y del mal en la tierra, por parte de aquellos entes especiales que están a este lado de la línea y que demuestran, de una forma extraña el libre albedrío que hace que nadie nazca siendo, sino que la formación y las compañías son algo importante. Así Hellboy, ese demonio rojo que ama a los gatos y a los puros por encima de todas las cosas, alineado al lado de los menos malos, lidera de alguna forma esta lucha contra los seres demoniacos malignos. No será el cerebro, no será el que consiga el presupuesto, ni tan siquiera el que lleva los cafeses (calentitos, claro), pero es la cabeza visible de ese grupo, quién se lleva las escasas alabanzas y todos los marrones por el trabajo realizado.

La historia que cuenta la película es la historia de cómo en eras pasadas, una gran batalla entre los moradores primigenios de la tierra combaten contra los despiadados humanos (inhumanos humanos…) por la avaricia y las ansias de poder de estos. Llegados a un punto, los seres primigenios, parte del mundo natural y mágico acaban creando un ejército de setenta veces siete (es algo tan bíblico, que da miedo) soldados mecánicos que tan solo saben cumplir órdenes, que no sufren, que no se cansan y que no sienten piedad, que se controla con una corona con antena Wifi. Así, una vez creados y lanzados a la lucha, el rey de estos entes primeros se arrepiente por el daño que está haciendo y divide en tres la corona tras encerrar al ejército; una parte para los humanos y dos para ellos mismos. ¿Problema? El príncipe quiere expulsar a los humanos del mundo y aniquilarlos así que no descansará hasta conseguirlo, pasando por encima de quien sea. Incluido su señor padre.

Así llegamos al día de hoy, donde el príncipe Nuada decide que es el momento de volver a despertar al ejército dorado y exterminar a los humanos para volver a ser, el mundo de los primigenios quienes gobiernen la tierra con mano diligente sobre el planeta, sin venganzas, sin avaricias. Es curioso que suene tan bien, pero requiera del exterminio de una especie de una forma bastante cruel. Contradicción, necesidad… ¿Quién sabe?

Pero no cuenta con que Hellboy tiene dura la mollera y los humanos le caen simpáticos. Menos que los gatos, y menos que Selma Blair, pero bueno, no somos una especie que le toque demasiado las narices. Al menos no lo suficiente como para enfadarle, al fin y al cabo, está (o estaba… no lo se, que el comic me la trae un 20% más floja de lo que me la traía el manga de Ghost in the shell… (Homenaje a mi mismo)) a gustico entre nosotros.

Eso si, toda esta historia funciona solo a Guillermo del Toro, director de esta película, que es quien dota de personalidad a la mayoría de los personajes, porque por si misma, sería todo bastante flojo y sin sustancia, pero gracias a ese guión suyo, y su propia mano en la dirección, todo acaba en algo extraño, bello y aceptablemente entretenido. Lo dicho, los personajes tienen bastante carisma, más allá de los puramente principales. Todos los secundarios son alguien con quien sentirse identificados de forma potencial, a pesar de sus capacidades especiales. Tantos amigos como enemigos. Incluso el pesado de Manning, el jefe de la división secreta, que también tiene su rollete, más allá de ser un mero personaje para hacer la gracia de turno.

Por suerte las actuaciones acompañan, dentro de lo aceptable, desde Ron Perlman hasta Luke Goss, que no son solo caracterizaciones. Hay un poco de buen trabajo debajo del maquillaje y el photoshop. Por supuesto, es Hellboy quien lleva la voz cantante todo el tiempo, el mejor personaje es suyo y tiene un par de escenas brutales (Véase por ejemplo la escena en la que se emborracha con Abe, el anfibio, y canturrean y se dicen lo que se quieren), siempre con la socarronería que le caracteriza. La verdad es que todos están muy bien delimitados.

En lo técnico es una película brillante. Los efectos, en general, perfectamente integrados casi todo el tiempo, hacen casi creíbles a las criaturas maravillosas imposibles con tan solo maquillaje, con unas representaciones espectaculares, coherentes… unos seres de la oscuridad fascinantes, con ese sello del Toro que se pudo ver en El laberinto del fauno o incluso en la infame Blade II. También en los diálogos se ve ese humor tan suyo, tan negro que le caracteriza y por supuesto, después del cameo de la primera, esta segunda parte también viene con cameo de Santiago Segura (Para quien la haya visto y no recuerde haberlo visto, sale en la escena de la galería de subastas, con un perro-patada (un perro ridículamente enano) en los brazos).

Así que tenemos entretenimiento muy bien decorado. Como Port Aventura. Todo muy bonito y para que no pierdas interés ni intensidad, cosa harto dificil por el género y el estilo, que gracias al temple del director, ese monstruo de la fantasía, ha sido capaz de que todo vaya a buen puerto. Una gozada para la vista y un relajo para la mente. Personajes con carisma y mala baba, acción trepidante en su justa medida y una serie de situaciones consecuentes con el propio devenir de la película. Sin giros, sin sorpresas, pero con distracción asegurada. Una más que digna secuela.

Tom Manning: Confisco todas las fotos, los vídeos grabados con movil. Me cuesta una fortuna y… luego aparecen en Youtube. Dios… ¡no soporto Youtube!

No es un país para viejos (No country for old men) >>> Es país para hienas y buitres (Buitreishons & hieneishons in da country)

Es fascinante cuando aparece una película de algún director con una cierta importancia en el mundo cinéfilo, o alguna adaptación que se las promete muy felices por algún tipo de innovación en cualquier aspecto, o con un sistema publicitario sin precedentes, a gran escala. Es fascinante que se diga de ese tipo de películas que solo es para seguidores o para puristas, y que será la gran incomprendida del año o incluso que será algo parecido a una vuelta a los orígenes de alguna forma. Y es especialmente fascinante que sea un grito general de crítica y público quienes dicen esto. Es una de las grandes contradicciones que se dan en el mundo del cine. ¿Cómo es posible que una película sea completamente ignorada cuando la ha visto todo el mundo y a todos ha encantado? Y mucho más allá, ¿no se dan cuenta de que todos dicen lo mismo echándose por tierra los unos a los otros por darse una contradicción tan global? Me encantan estas cosas. Esta es otra de las pequeñas cosas que hacen del cine algo mágico.

Con No es un país para viejos pasa todo eso. Los Coen, directores amados en buena parte del mundillo del cine, siempre controvertidos pero con su propio sello personal, consiguen aquí una explosión de ellos mismos con todos sus vicios y todas sus virtudes a la brava de tal forma que generalizando demasiado, a todo el mundo le parece que haciendo algo así el resultado es fenómeno, pero que no es para todos. Estaban en lo cierto; El resultado final es que resulta ser una película para casi todos.

La historia de un momento breve y puntual en la vida de Lynwelin Moss es lo que cuenta la película. El momento, allá por el año 1980, en el que mientras está cazando antílopes por la Texas profunda, de pronto descubre que en medio del secarral aquel ha habido un auténtico ajusticiamiento por drogas. Muertos por todas partes. Y el dinero se lo ha llevado un moribundo, que el propio Lynwelin encontrará cuando ya es tarde para el. Dos millones de dólares para la saca.

Los mecanismos de los dueños del dinero están en marcha, y van a por Lynwellin con la artillería pesada. Mandan al tío más perturbado que pueden, un tal Anton Chigurh, que no dudará en acabar con cualquiera que… viva en su radio de acción, armado con su pistola de matar reses y una cara de borrajas importante. Menudo cabrón.

Todo para enseñarnos una historia sobre una carrera de ratones y gatos, donde el ratón, a la primera que pueda intentará acabar con el gato, narrado de una forma intencionadamente realista dentro de lo realista que algo así puede ser. Digamos que los Coen han intentado hacer, a partir de sus movidas mentales peculiares y particulares, es una historia compleja recubierta de credibilidad, de forma que aunque los personajes puedan ser un tanto estrambóticas y las situaciones un poco de lo mismo, todo parezca que pueda ocurrir y lo hacen con pausa, con el detenimiento que se usa para ver toda clase de detalles. Para conocer el mundo que rodea a los protagonistas.

La verdad es que tanto Josh Brolin haciendo de Lynwellin, como Javier Bardem como Anton están enormes. El uno haciendo muy bien de hombre que busca su supervivencia y la de los suyos y el otro de asesino psicópata que busca a quien se ha llevado el dinero. Da auténtico miedo. Y auténtico repelús. Todo el peso recae sobre ellos, el resto son apósitos para que haya una coherencia de conjunto, pero haciendo que personajes como el de Tommy Lee Jones, haciendo de Sheriff a punto de jubilarse, carezcan de todo sentido, hasta tal punto que precisamente este, sobra por completo; le dan una importancia y un peso narrativo que realmente no tiene, pero que esperas que tenga, claro. El resto, que salen poco, pues menos todavía. Carson Wells (Woody Harrelson) por ejemplo, solo hace como nexo entre una serie de cosas, pero no tiene un peso específico ni te lo venden como fundamental, y del resto ya ni hablamos. Casi peleles.

No es país para viejos, para alguien más bien poco fan de estos señores, se convierte en una película más que correcta, incluso interesante, pero excesiva. Vendría a ser como Fargo (película que me disgusta) pero bien hecha, menos pretenciosa y con más presupuesto. Vamos, que con tanto cambio, casi se parece más a, por ejemplo, Titanic… Pero bueno, que creo que se entiende lo que pretendo decir. Así, que como opinión personal que resuma toda una visión de la película, se podría decir que me parece mejor que la mayoría de sus películas pero no soy capaz de ver ese peliculón que tantos ven.

La fotografía, ya habitual a este tipo de películas ambientadas en Texas o México, con unos tonos amarillentos, son lo que predomina, notándose muy bien el cambio según en el establecimiento en que se encuentran o incluso las localidades. La verdad es que en todo eso han sido bastante detallistas. La película está bien controlada en ese aspecto. Cada cosa está ahí, con mimo para que el conjunto de la filmación sea algo consecuente consigo misma.

Y el final. Vaya gran cagada. No porque el final como tal sea malo, sino por ese alargamiento absolutamente innecesario del final. Cuando ya tienes todo el desenlace (sorprendente, por otra parte) la película continúa, hasta que se aburrieron, supongo. Sobra, en serio, y mucho. Eso si, lo que vendría a ser el desenlace es sorprendente, pero falto de sustancia visual.

Concluyendo: Película del tipo que suelen hacer los hermanos Coen, pero con más virtudes que vicios, y con una parsimonia bastante adecuada. Brolin y Bardem son los que llevan el peso y bordan sus respectivos papeles. El resto, un poco como apósitos; sobran y les dan una importancia ficticia, porque realmente resultan acabar siendo personajes vacíos que no pintan nada y no contribuyen a la narración. ¿Quizá lo arreglen en alguna versión extendida? Aunque así fuese, sería muy cutre. Pero el conjunto es más que válido, quedándose en una buena película, sin más sustancia. Nada maravilloso, pero recomendable de cualquier modo.

Anton: ¿Eso es lo que quiere saber? ¿Si tengo algún problema con lo que sea?

Un top cualquiera >>> 10 películas de acción para un rufián cualquiera

Amo el cine de acción. Siempre lo he amado y me encantan las películas con una base de tiros y mamporros. No lo puedo evitar. Desde que veo cine en general, todas las películas de acción tienen algo especial, entretenido, divertido, intenso que desde siempre ha llamado mi atención. Es cierto que me gustan más aquellas películas que tienen algo más de sustancia, y que aunque haya visto mucho de este cine, hay muy poco al que pueda considerar bueno y que me atreviese a recomendar, pero siempre hay joyas. En cada género hay maravillas, aunque no sea nuestro gran género. Incluso yo tengo mis películas favoritas de terror, género que realmente no me agrada nada.

Así que aquí vienen las que a día de hoy, son mis diez películas favoritas de este género, la acción:

Puesto Nº 10: La caza del octubre rojo (John McTiernan, 1990)

La última película en entrar a esta lista. Es una película realmente buena, combinando de una forma impecable a la acción con la intriga. La tensión a la que se mantiene al espectador es perfecta y la ambientación en los momentos de mayor tensión, rodada de forma magistral para dar una sensación importante de agobio. Así, en esta historia de submarinos soviéticos y analistas americanos en la que un submarino de extrañas intenciones se acerca a la costa americana, y con un Sean Connery impasible, duro y calculador, da como resultado una película brillante.

Puesto Nº 9: Los siete samurais (Akira Kurosawa, 1954)

 
 
Kurosawa, maestro de maestros en esto del cine es famoso tanto por sus dramas intensos como por sus películas de acción muy sustanciosas, y precisamente esta Los siete samurais es una de sus obras claves. Una película sobre un grupo variopinto y extraño de samurais que se unen para proteger a un pueblo desfavorecido, aun sabiendo que no hay nada que hacer. Crudo retrato de una época y muchas escenas para el recuerdo. Bella y dura a partes iguales, sello personal de Kurosawa.

Puesto Nº 8: Leon (El profesional) (Luc Besson, 1994)

Una historia diferente, una historia del amor entre amigos que de pronto surge entre un asesino a sueldo solitario y una niña maltratada. Ambos necesitan confiar en alguien, y encontrarse es la clave. La película tiene momentos preciosos, más allá de las escabechinas que haya, propias del más puro cine de acción, y Natalie Portman, muy jovencita hace un papelón impresionante, que ayudado al buen hacer de Jean Reno, gran actor entre los grandes y Gary Oldman, otro grande, ayuda a que esto acabe siendo la gran película que es.

Puesto Nº 7: Harry el sucio (Don Siegel, 1971)

Si alguna vez me encuentro con un policía como Harry Callahan y me pide el DNI, juro que le doy ¡hasta los calzones! Un tío realmente duro, y de los que saben a que lado de la línea tienen que estar, aunque tenga unos métodos algo peculiares para hacer que se cumpla la ley. Falible, rudo y con sentimientos (aunque muy dentro), tendrá que luchar para localizar a Scorpio, un francotirador fantasma cuyos motivos para matar a la gente son un tanto ambiguos.

Clint Eastwood, demuestra por todo lo alto, otra vez, que no solo es carne de western.

Puesto Nº 6: Convoy (Sam Peckinpah, 1978)

Nadie puede parar a unos camioneros que se ponen en pie de guerra contra un sheriff que utiliza malas artes contra algunos de ellos. Se unen, se organizan y se manifiestan, en un convoy que acabará teniendo mucha más trascendencia de la que en principio parecía que pudiese tener, y con un Kris Kristofferson a la cabeza que hace de su camión un sayo.

Debo reconocer que fue una gran sorpresa toparme con esta película, porque es una auténtica maravilla, con toda la belleza de las grandes road-movies.

Puesto Nº 5: Rambo: Acorralado (Ted Kotchef, 1982)

Los desgraciados que lucharon por nada no tienen sitio en el mundo, y John Rambo, uno de ellos intenta hacerse un hueco, y visitando a algún hermano de armas, lo confunden por vagabundo y lo tratan como tal, de forma que viejos recuerdos le asaltan y reacciona como haría en otros tiempos. La policía del lugar ayuda intentando darle caza como si se tratase de un animal rabioso, y Rambo es violento, ointeligente, y entre árboles se siente como en casa, así que poco hay que hacer.

Puesto Nº 4: Corre, Lola, Corre (Tom Twyker, 1998)

Esta si que es una de esas películas de acción que se salen de los corsés, con una historia original, muy intensa. Bueno, son tres veces la misma historia de forma que en función de las vías a tomar, hay unas consecuencias u otras. Es una reflexión interesante sobre los actos cometidos a un ritmo verdaderamente frenético. Alemanes haciendo buen cine: cada vez se ve más.
Puesto Nº 3: Sanjuro (Akira Kurosawa, 1962)

Una auténtica joya del cine, otra vez de Kurosawa. Otra película maravillosa, y muy cerca de su gran película (Vivir), y en esta ocasión otra vez con un drama, desgarrador, pero con mucha acción, en la que el gran Toshiro Mifune hace de pordiosero que llega a una ciudad corrupta justo en el momento que se intenta combatir esta lacra. Sanjuro, como luchador avanzado será quien dirija y lleve el peso de la lucha, que será sin cuartel.

Puesto Nº 2: Kung Pow: A puñetazo limpio (Steve Oederkerk, 2002)

Yo no marco las delimitaciones entre estilos, y aunque yo la catalogaría más como comedia que como película de acción, pero bueno.

Película divertidísima, a modo de remake extraño de una película hongkonesa de los años setenta, donde utilizando imágenes de aquella película, con medios digitales se introducen nuevos personajes, se añaden escenas, se reordenan las escenas y por supuesto se le da un doblaje nuevo a todo. El resultado es un delirio de película, un deshueve constante. Con acción, mucha acción… también delirante.

Puesto Nº 1: La jungla de cristal (John McTiernan, 1988)

 
 
Y como empieza esta lista, acaba, con una película de John McTiernan. En este caso tenemos a la, con diferencia, mejor película de acción que servidor ha tenido la oportunidad de ver… y la he visto muchas veces. Esa historia de John McClane, el policía descalzo que tiene que enfrentarse a enemigos carismáticos y megalómanos, con la única ayuda moral de un policía que no puede hacer nada por ayudarle, más que apoyarle por radio. Una película perfectamente consecuente y aunque exagerada, nada excesiva. Me emociono cada vez que la veo.
 
Además, tiene uno de los malos más carismáticos que he visto nunca. ¡Te queremos Hans Gruber!
 
 
Hasta aquí este top. La verdad es que para sonar solo a tiros y golpes, la acción da mucho de si, y esto sirve como muestra. Es cierto, que como siempre, quedan muchas en el tintero, unas porque una lista de diez supone dejar fuera a muchas que me entusiasman y otras simplemente por puro desconocimiento; ¡Si solo he visto una película de Bruce Lee! De todas formas dejo fuera, con pena, a muchas, como La roca, como El sustituto, como Transporter o como Tango y Cash. Una pena… Quizá para un top 100.

Freeze frame >>> La paranoia del que tiene motivos para ello

 

A veces leer por casualidad una sinopsis de una película puede llevar a que alguien como yo vea una película. Como un resumen de una película llamó mi atención y me impactó es la historia de por qué la he visto. Una historia con intriga, que parece oscura de una forma un tanto metafórica, centrada en un individuo asocial, en un presente extraño, cercano, que parece que está en el único sitio que no le corresponde, y a saber que le llevó a una situación tan penosa. Se olía un poco de acción, otro poco de suspense y calidad a raudales. Muchas expectativas, y muy altas. Normalmente es el camino a las grandes decepciones.

Por suerte, este tipo de normas a veces se rompen. Seguir confiando en el producto en cuestión es un punto importante para no estar amargado viendo una película. Se perdería parte de la magia. Incluso puede parecer ponzoña, o la mejor de las delicias, que el gusto, después del visionado puede ser completamente diferente. O mantenerse intacto. Por supuesto partiendo de la base de que no hay una cerrazón, y se llegue a la conclusión prematura de que una película concreta no puede ser buena, o ser el copón santo sin necesidad de haberla visto. Errores. Demasiado comunes. Errores típicos no solo en fanboys mitómanos como yo.

Aquí, en Freeze Frame, tenemos una historia inquietante, uno de esos thrillers oscuros, de pocos personajes pero bastante complejos, con intriga a mansalva.

Esta es la historia de Sean Veil (Lee Evans), un individuo que hace años fue acusado del asesinato de dos niñas y de la madre, crimen por el que acabó siendo declarado inocente por los métodos poco lícitos de la acusación para conseguir pruebas y confesiones. Desde entonces lleva una vida de ermitaño maniático y paranoico: Se graba veinticuatro horas al día con tantas cámaras como puede para que nadie pueda acusarle de otros crímenes. Está obsesionado hasta el punto que su vida gira en torno a ser grabado. Tiene un archivo enorme con todas las cintas que tiene en las que sale… él. Un túnel con las cintas apiladas, cada día, cada hora de su vida en los últimos años, años en los que no ha querido que lo vuelvan a mal acusar por la obsesión que tienen otros contra él. En este caso, el psicólogo forense Saul Seger (Ian McNeice) y el detective Émeric (Sean McGinley), que guardan un interesante secreto conjunto. Además, ellos se encargan de que el caso no pase y esté siempre en primer plano, para que nadie se olvide de que van a por Sean.

Llegado un día en que Seger presenta su último libro sobre la que es su especialidad, Veil decide ir a esa presentación, y allí, enfadado, sigue mostrando la que es su batalla personal, la de demostrar su inocencia entonces. Allí conocerá a Katie Carter, una periodista que tiene un interés especial en este caso.

Así, la cosa va evolucionando. Veil no puede quedarse quieto. Su paranoia, justificada o no le empuja, primero a querer esclarecer todo, por ver un pequeño rayo de luz al que aferrarse, y después simplemente a sobrevivir. Las cosas se complican de una forma inesperada, viéndose venir, pero de una forma inexorable, todo contado a un ritmo realmente bueno.

Las actuaciones, no especialmente sobresalientes pero correctas dejan paso al actor que interpreta el papel principal que realmente fascina. No destaca pro su calidad, pero esa gestualidad exagerada para otros papeles y más que aceptable para un papel de paranoico molón como este, le van que ni pintadas. Y más para una persona que todo lo que ha hecho a lo largo de su carrera ha sido humor, sobretodo en base a sketches y actuaciones en vivo. Es sorprendente el cambio de registro y el buen ojo que tuvo quién quiera que fuese quien pensó en el o decidió cogerle para encarnar a Sean. El resto, como ya digo bien. Ninguno destaca ni por bueno ni por malo. En todo caso por tener el personaje más oscuro o más cabrón, pero eso es otra historia.

Impresionante esa pequeña historia paralela, con una cierta importancia, pero que pasa bastante inadvertida sobre el colegueo y la corrupción policial, ambas diferenciadas como concepto, pero ligadas muchas veces. El otro detective, Mountjoy (Colin Salmon) es el encargado de darle vida propia y personalidad a esas cualidades un tanto censurables.

Algo curioso y poco habitual es que una película te muestre por donde van a ir los giros de guión, pero que realmente sirva como excusa para despistar y que al final, aunque el giro comience por los derroteros marcados, acabe en un giro bastante diferenciado y que podías haber visto venir. Ese juego de despiste, en Freeze frame está realmente bien hecho.

Por otro lado, el uso y abuso de las tomas de las cámaras que le están grabando, hace que se pierda parte de la intensidad del film, al fin y al cabo ese tipo de tomas en una película donde en todas partes hay cámaras, es más bien un recurso fácil y no precisamente bueno. Que no se trata de no usarlo, sino de no abusar de ello. Esa falsa impresión de cutrez hace que todo pierda, porque todo el tiempo está ahí.

Con todo esto tenemos un thriller intenso sobre un tipo acusado de un asesinato que dice no haber cometido, encorrido por los individuos que en su día quisieron encerrarle, se recoge sobre si mismo en una obsesión violenta como la paranoia que le lleva a grabarse veinticuatro horas al día con la hora puesta para tener constancia de que hace y donde está a cada momento. La historia, cada vez más oscura y con los personajes más oscuros, va convirtiéndose en un intenso tira y afloja de Sean Veil contra el mundo para demostrar la inocencia que desde el comienzo afirma tener, respecto a aquellos que le inculparon y algunos otros que quieren atribuirle. Realmente interesante y curiosa, con una historia original y novedosa, con unos giros bastante interesantes, que te dan pie a saber en general el desarrollo, pero para nada los detalles, interesantes, y muy importantes.

Sean: Es lo que hace el asesino en serie; conservar los recuerdos. Lo dice en sus propios libros.

El callejón de los milagros >>> La amarga realidad no tan lejos y no hace tanto

Historias realistas con factores comunes y que de alguna forma pueden entrecruzarse. Eso es lo que da El callejón de los milagros. El tipo de historia acusada de efectista, de buscar la lagrimilla de quien la ve y decorado a base de escenas sentidas buscando que el espectador pueda sentirse mal por no hacer nada por los protagonistas. Para nada. Por suerte, El callejón de los milagros no es todo eso. Es cierto que es una bofetada de realidad, pero no efectista. Efectiva, en todo caso, pero HOYGAN, esta película, tal como está contada y por las cosas que cuenta, se merece eso y más.

Resumamos los hechos: Hace como quince años es algún lugar no demasiado privilegiado en medio de México D.F., allí en medio, vidas anónimas viven cuando pueden permitirse el lujo de no tan solo sobrevivir. Que es lo habitual. Así tenemos tres historias bien diferenciadas que engloban otras tantas. Tres historias en el mismo barrio, en la misma calle y cada una mostrando unos miedos, unas inquietudes, unas formas de ser, pero de forma que todos vemos lo mismo de todos, incluso de los que no cuentan la historia y quizá parecen menos relevantes.

Así tenemos una gran historia entrelazada, gracias a tres historias concretas. Por una parte tenemos a Don Ru, un hombre hecho y derecho, casado, con hijos, pero aburrido de su vida, de forma que de pronto, un día, se da cuenta de que a él lo que le gustan son los chicos jóvenes. Es el propietario de un bar por el que pasa prácticamente todos los vecinos de la zona, un lugar respetado, como al propio Don Ru, un lugar donde pasar el tiempo en que hay poco que hacer. Pero como suele pasar con estas cosas, el propio interesado es el último en darse cuenta de lo que realmente pasa. Así, mientras vive un idilio no reconocido (un amor platónico, como dirá Ubaldo, el poeta del barrio) con un joven dependiente y a escondidas un poco mal llevadas, su matrimonio hace aguas por todas partes y su familia en general se va partiendo, especialmente Chava, su único hijo varón, que solo quiere tocarse las narices y no hacer nada más que no sea estar con Abel, su mejor amigo. Aquí, en esta historia vemos lo malo que es no querer aceptar lo que es un secreto a voces, y por supuesto no querer aceptar las consecuencias de los propios actos, que suelen ser muchos y muchas veces indirectos. Así su hijo Chava, le da una paliza al joven amante y debe huir a Estados Unidos.

La segunda gran historia a seguir es la de Alma. Interpretada por una joven Salma Hayek, resulta ser una chica inquieta, consciente de su juventud y su belleza, pero casta hasta la fecha. Los valores religiosos los tiene grabados a fuego aunque no los exprese como tales. Hija de una echadora de cartas no demasiado profesional (Doña Cata), aprovecha su juventud para pasarlo bien, y aprovecha, aunque quizá no tan premeditadamente como quisiera, su belleza y juventud en llamar la atención a tantos hombres como pueda, aunque ninguno se lleva nada. Entonces aparece en escena Abel, un joven del barrio que le tira abiertamente los trastos. Abel es un chico formal, que trabaja en una peluquería del barrio y que tiene aspiraciones de mejora: no quiere quedarse en ese barrio por el fin de los tiempos. Pero por la inconsciencia y poca reflexión de su amigo Chava, huye a Estados Unidos para forjarse un mejor futuro, volver con dinero y casarse con ella… que no saberse estarse quieta.

Una última historia a seguir es la de Susanita, casera de Doña Cata, vecina de Don Ru. Es una solterona de las destinadas a no catar varón, que después de que Doña Cata, a cambio de un mes de alquiler, le eche las cartas, le predice que va a tener una relación pasional y puramente sexual con un joven, que resultará, por una serie de casualidades, Güicho, empleado de Rutilio (Don Ru), con quien acabará casándose, olvidando así a Chava, de quién estaba enamorada en secreto.

La cuarta parte, llamada El regreso es la serie de historias, que tiempo después vuelven a reunirse y como van concluyendo todas, de forma más o menos trágica. No olvidemos que es un dramón, así que no supone mucho spoiler.

Así, esta historia de historias, entrelazadas, nos dejan ver la vida del barrio, con el jefe de los pordioseros, el librero, el dentista y el anticuario, mano a mano, echando las tardes en la cantina de Don Ru jugando al dominó, a la mujer del carnicero, de armas tomar, a Jose Luis, un hombre misterioso que parece que sigue a Alma con un coche caro y que fuma tabaco de importación, a Eusebia, mujer de Rutilio, despechada por los extraños quehaceres de macho machista de puertas para adentro de su marido, y de puertas afuera, sus tejemanejes homosexuales con varones jóvenes, y a otros tantos, todos buscando su sitio en el mundo. En ese mundo que tan difícilmente se puede dejar. Un retrato fiel. Un cachete en los sentimientos. Y todo con una fotografía buena, sencilla, que cumple y un guión cuidado, que tiene una cosa que es por completo problema mío: hay expresiones que tenía que comprender por contexto. Claro, el español de México es distinto y hay expresiones, palabras y demás que en principio se pueden sacar, pero que en mi caso lo hacía por puro contexto. De cualquier forma, esa naturalidad en las formas es todo un punto a favor en las actuaciones.

Eso si, un fallo imperdonable para un film serio: ¡Por favor! ¡Cuidadín con los micrófonos asomando por el alto de las tomas! En serio, que es el tipo de cosa que resta credibilidad, y en este caso apenas pasa una sola vez, pero es demasiado aparente, creo yo. Por suerte, es un detalle (imperdonable, pero un detalle) que no resta al conjunto. Es demasiado bueno.

Así, lo que tenemos es una película que muestra una realidad concreta en un sitio concreto y en un lugar concreto, pero miserias hay en todas partes, así que se puede extrapolar a demasiados lugares y a demasiadas épocas. Miserias personales, de la gente de la calle, de los currantes, nada de altos mandos y cuestiones políticas. Aquí cuenta tan solo lo puramente social, y estos personajes muestran como funciona la sociedad y sus entresijos aparentemente más banales. Así, claro, parece vacía, está llena de vida y de esperanza.

Eusebia: Ni incorpóreo ni que narices Ubaldo. Eso se llama putería, aquí y en China. ¡Putería!