El callejón de los milagros >>> La amarga realidad no tan lejos y no hace tanto

Historias realistas con factores comunes y que de alguna forma pueden entrecruzarse. Eso es lo que da El callejón de los milagros. El tipo de historia acusada de efectista, de buscar la lagrimilla de quien la ve y decorado a base de escenas sentidas buscando que el espectador pueda sentirse mal por no hacer nada por los protagonistas. Para nada. Por suerte, El callejón de los milagros no es todo eso. Es cierto que es una bofetada de realidad, pero no efectista. Efectiva, en todo caso, pero HOYGAN, esta película, tal como está contada y por las cosas que cuenta, se merece eso y más.

Resumamos los hechos: Hace como quince años es algún lugar no demasiado privilegiado en medio de México D.F., allí en medio, vidas anónimas viven cuando pueden permitirse el lujo de no tan solo sobrevivir. Que es lo habitual. Así tenemos tres historias bien diferenciadas que engloban otras tantas. Tres historias en el mismo barrio, en la misma calle y cada una mostrando unos miedos, unas inquietudes, unas formas de ser, pero de forma que todos vemos lo mismo de todos, incluso de los que no cuentan la historia y quizá parecen menos relevantes.

Así tenemos una gran historia entrelazada, gracias a tres historias concretas. Por una parte tenemos a Don Ru, un hombre hecho y derecho, casado, con hijos, pero aburrido de su vida, de forma que de pronto, un día, se da cuenta de que a él lo que le gustan son los chicos jóvenes. Es el propietario de un bar por el que pasa prácticamente todos los vecinos de la zona, un lugar respetado, como al propio Don Ru, un lugar donde pasar el tiempo en que hay poco que hacer. Pero como suele pasar con estas cosas, el propio interesado es el último en darse cuenta de lo que realmente pasa. Así, mientras vive un idilio no reconocido (un amor platónico, como dirá Ubaldo, el poeta del barrio) con un joven dependiente y a escondidas un poco mal llevadas, su matrimonio hace aguas por todas partes y su familia en general se va partiendo, especialmente Chava, su único hijo varón, que solo quiere tocarse las narices y no hacer nada más que no sea estar con Abel, su mejor amigo. Aquí, en esta historia vemos lo malo que es no querer aceptar lo que es un secreto a voces, y por supuesto no querer aceptar las consecuencias de los propios actos, que suelen ser muchos y muchas veces indirectos. Así su hijo Chava, le da una paliza al joven amante y debe huir a Estados Unidos.

La segunda gran historia a seguir es la de Alma. Interpretada por una joven Salma Hayek, resulta ser una chica inquieta, consciente de su juventud y su belleza, pero casta hasta la fecha. Los valores religiosos los tiene grabados a fuego aunque no los exprese como tales. Hija de una echadora de cartas no demasiado profesional (Doña Cata), aprovecha su juventud para pasarlo bien, y aprovecha, aunque quizá no tan premeditadamente como quisiera, su belleza y juventud en llamar la atención a tantos hombres como pueda, aunque ninguno se lleva nada. Entonces aparece en escena Abel, un joven del barrio que le tira abiertamente los trastos. Abel es un chico formal, que trabaja en una peluquería del barrio y que tiene aspiraciones de mejora: no quiere quedarse en ese barrio por el fin de los tiempos. Pero por la inconsciencia y poca reflexión de su amigo Chava, huye a Estados Unidos para forjarse un mejor futuro, volver con dinero y casarse con ella… que no saberse estarse quieta.

Una última historia a seguir es la de Susanita, casera de Doña Cata, vecina de Don Ru. Es una solterona de las destinadas a no catar varón, que después de que Doña Cata, a cambio de un mes de alquiler, le eche las cartas, le predice que va a tener una relación pasional y puramente sexual con un joven, que resultará, por una serie de casualidades, Güicho, empleado de Rutilio (Don Ru), con quien acabará casándose, olvidando así a Chava, de quién estaba enamorada en secreto.

La cuarta parte, llamada El regreso es la serie de historias, que tiempo después vuelven a reunirse y como van concluyendo todas, de forma más o menos trágica. No olvidemos que es un dramón, así que no supone mucho spoiler.

Así, esta historia de historias, entrelazadas, nos dejan ver la vida del barrio, con el jefe de los pordioseros, el librero, el dentista y el anticuario, mano a mano, echando las tardes en la cantina de Don Ru jugando al dominó, a la mujer del carnicero, de armas tomar, a Jose Luis, un hombre misterioso que parece que sigue a Alma con un coche caro y que fuma tabaco de importación, a Eusebia, mujer de Rutilio, despechada por los extraños quehaceres de macho machista de puertas para adentro de su marido, y de puertas afuera, sus tejemanejes homosexuales con varones jóvenes, y a otros tantos, todos buscando su sitio en el mundo. En ese mundo que tan difícilmente se puede dejar. Un retrato fiel. Un cachete en los sentimientos. Y todo con una fotografía buena, sencilla, que cumple y un guión cuidado, que tiene una cosa que es por completo problema mío: hay expresiones que tenía que comprender por contexto. Claro, el español de México es distinto y hay expresiones, palabras y demás que en principio se pueden sacar, pero que en mi caso lo hacía por puro contexto. De cualquier forma, esa naturalidad en las formas es todo un punto a favor en las actuaciones.

Eso si, un fallo imperdonable para un film serio: ¡Por favor! ¡Cuidadín con los micrófonos asomando por el alto de las tomas! En serio, que es el tipo de cosa que resta credibilidad, y en este caso apenas pasa una sola vez, pero es demasiado aparente, creo yo. Por suerte, es un detalle (imperdonable, pero un detalle) que no resta al conjunto. Es demasiado bueno.

Así, lo que tenemos es una película que muestra una realidad concreta en un sitio concreto y en un lugar concreto, pero miserias hay en todas partes, así que se puede extrapolar a demasiados lugares y a demasiadas épocas. Miserias personales, de la gente de la calle, de los currantes, nada de altos mandos y cuestiones políticas. Aquí cuenta tan solo lo puramente social, y estos personajes muestran como funciona la sociedad y sus entresijos aparentemente más banales. Así, claro, parece vacía, está llena de vida y de esperanza.

Eusebia: Ni incorpóreo ni que narices Ubaldo. Eso se llama putería, aquí y en China. ¡Putería!