Ojos de serpiente >> La redención del menos aparente

 

Un policía de esos que se deja untar, de esos que solo son capaces de mirarse el ombligo e ignorar lo que a su alrededor ocurre, de los que si no estás con ellos, te llevas un balazo por tocarle las bowlings. Así es el agente Santoro. Un tío duro de los que te levantan las muelas solo porque se ha tomado un whisky de más. Un tío duro de los de verdad, pero en el lado erróneo de la línea. Aunque claro, todos creemos estar en el buen lado de la línea.

Pero su conciencia, esa que le dice que no es tan malo coger pasta bajo mano, porque así te puedes costear un par de vicios al más puro estilo Berlusconi, aumentar tu reputación en las calles y tu patrimonio en los barrios, a veces flaquea. O quizá sea otra forma de mirarse el ombligo y deleitarse en él. Y para él.

La situación empieza a ganarle terreno. Se asusta. Pero la pose debe mantenerse. Santoro debe seguir siendo Santoro, cueste lo que cueste. Comportarse como si el whisky corriese por sus venas como cada noche, solo que sin whisky. Aunque sabe que la noche no será diferente a otras.  Llegará.

Inopinadamente, una conspiración se hila ante sus ojos, de tal forma que por ser quien es no se le esconde demasiado. Pero coño, es policía. La conciencia le habla. Se vuelve a debatir entre lo que juró ser y aquello en lo que se ha convertido. Entre el policía novato que no sabía nada de las calles y el pavo hortera, armado, drogado y hormonado que conoce las calles como si las hubiese modelado él mismo. Es Santoro el grande. El temido. El querido.

A partir de ahí, como si de una jungla superpoblada de cristal se tratase, Cage comienza su camino hacia el renacer moral. Y lo consigue en hora y media y sin rezos. Solo con mala baba reorientada y rabia a mansalva. Un auténtico campeón  purgando sus pecados.

En conjunto la película es un thriller de esos que se acercan peligrosamente al cine negro1, en un mundo oscuro donde todo el mundo es potencialmente malo. Todo el mundo lucha contra todos para poder recrearse en ellos mismos, que al fin y al cabo son lo único importante. Vender a tu abuela por  poder apostar una vez más a los caballos es el pan de cada día. Y recuperarla, un sentimiento estúpido.

Nicolas Kim Coppola2 por fin tiene un papel que le va como anillo al dedo. Debe ser inexpresivo, porque es el tío más duro de Atlantic City. Y el empezar a actuar como debe no implica que deba cambiar la pose. Es parte intrínseca de él e inherente a sí mismo.

Toda la atmósfera es densa… cuesta entrar en un mundo tan oscuro, tan tenebroso, a pesar de toda la iluminación artificial de la ciudad. Sinise hace de villano de los buenos, de los hijos de puta con carisma aunque no sepas demasiado bien que esperar de ellos. Toda una gran contrapartida al amigo Cage.

Aún así, tampoco vamos a engañar a nadie, el conjunto es completamente mejorable, pero las sensaciones son únicas y maravillosas. Ojos de serpiente es una gozada todo el tiempo. Un empezar a disfrutar y no parar, con un De Palma en estado de gracia que se marca un peliculón interesantísimo. Una película fuera de su tiempo, con muchos matices, que pierden valor por ser detalles de mil cosas antes vistas, a pesar de que la nueva mezcla tiene su propia envergadura.

Una pena que la cara de compungido de Cage le haya creado tantos enemigos, porque la verdad es que aquí lo borda. Es la cara de Santoro. Santoro es Cage.

1 Un cinéfilo medio decente, compraría unacizalla y me esperaría en la puerta de casa para amputar mis partesnobles por afirmar algo así de una película de Brian De Palma y/ode Nicolas Cage.

2 El señor ese que viene a ser Nicolas “Bisoñés”Cage.