Los Días – Capítulo Primero

 

Amanda Callen amaneció como solía hacerlo siempre.

La tos era el primer movimiento involuntario que hacía sucuerpo.

Era fumadora compulsiva y lo sabía.

El vicio había comenzado no hacía mucho.

A sus veintiséis años ya acumulaba una media de 7.300cigarros fumados al año. Eso hacía unos 43.800 más o menos desde que se habíaenganchado seis años antes.

Como millones de personas estaba esclavizada por uninsalubre vicio que sin darse cuenta la estaba consumiendo poco a poco.

En la última revisión médica le habían detectado un excesode alquitrán en sus jóvenes pulmones. Eso era lo que la había generado una tos continua.

El doctor, con una falsa sonrisa que invitaba a lareflexión, le había dado la baja.

Ella que era una persona que odiaba faltar al trabajo ni unsolo día había aceptado la baja laboral con bastante recelo.

Pero la tos no la dejaba ni hablar y finalmente accedió asometerse al tratamiento que duraría varios meses manteniéndola alejada de sutrabajo.

Su profesión también estaba relacionada con el mundo deltabaco ya que era directora de marketing y ventas en la multinacionaltabacalera Benstoll.

Era muy temprano. No tenía planeado levantarse a tales horaspero el teléfono no paraba de sonar.

Se frotó los ojos con las manos y alargando el brazo lodescolgó.

    – ¡Diga!

    – ¿Amanda Callen?

    – Sí, soy yo. ¿Con quien hablo y qué quiere a estashoras?

    – Soy Peter Udowsky, consejero delegado de la empresa Bennstollpara la que trabaja usted. Mi información es que todavía está de baja ¿no escierto?

    – Sí. Mientras dure el tratamiento.

Hizo un esfuerzo por aguantar la tos pero la reacción de suorganismo fue más fuerte y cedió al impulso.

    – ¿Está ahí?

    – Sí, espere unos segundos a que me tome la medicina.

Abrió el cajón de su mesilla de noche y sacó de su interioruna especie de botella en forma de spray que aplicó directamente sobre su boca.

    Ya estoy mejor. ¡Disculpe!

    Señorita Amanda, necesitamos de sus servicios.

     ¿Qué quiere decir?

    – Nos ha surgido un grave problema y necesitamos quevuelva a bordo para poder minimizar al máximo los daños que puedan ocasionarseen cuanto a la imagen de la empresa.

    – ¿Qué ha sucedido?

    – Nuestros biólogos han detectado en las cosechas detabaco un agente en forma de virus que está acabando con todos los cultivos. Setrata de una mutación del virus conocido como “mosaic” descubierto en 1883 porAdolf Mayer.

     Una planta infectada por dicho microorganismo se veafectada de tal forma que tarda menos de una semana en morir.

    – Todo el departamento de biología está intentando portodos los medios parar la epidemia que se está extendiendo a pasos agigantadospor todos nuestros cultivos matándolos y dejándonos sin materia prima parallevar a las fábricas que ya ven una y otra vez como van retrasándose lospedidos.

    – Señorita Amanda. Nuestras fábricas están bajo mínimos yeso es algo que las empresas de la competencia podrían aprovechar. Necesitamosun lavado de cara con urgencia. Dar explicaciones que no sean muy escandalosasy que enmascaren la verdad.

    – Ahora mismo estamos trabajando con las últimas reservasy estamos en conversaciones con otras fábricas de tabaco para que nosproporcionen “mercancía blanca” con la que poder satisfacer las necesidades detodos nuestros clientes.

    – Lo que me dice parece bastante grave. ¿No han probado acomprar otras cosechas?

    – Por supuesto. Pero el virus se extiende por todaspartes afectando a las plantas al igual que haría un virus de la gripe. Nopodemos aislarlas una por una sería demasiado costoso.

    – ¿Y eso sólo nos afecta a nosotros?

    – No, en cierto modo, estamos todos en el mismo barco.Nuestros informes nos han advertido de que es un fenómeno que se extiende congran rapidez por todo el planeta. Si nuestros doctores no encuentran pronto unasolución podemos decir que estamos jodidos. Por eso la necesitamos. Es usted lamejor y queremos sobrevivir a esta hecatombe que se nos avecina.

Aquellas palabras penetraron su cerebro encendiendo susalarmas y haciéndola ver que se encontraban ante el problema más grave que sehabía topado la industria tabacalera desde sus inicios.

    – ¡Cuenten conmigo! Me visto y enseguida me encaminohacia allá.

    – Le hemos mandado un coche que estará a punto de llegar.Móntese en él y diríjase al aeropuerto para coger el vuelo que saldrá paraDenver dentro de una hora. La esperamos con impaciencia. No se demore mucho.

Al sonar el clic al otro lado de la línea, Amanda se quedóun rato paralizada.

No sabía por donde empezar o qué hacer.

Las noticias que acababan de darle eran malas, demasiadomalas.

Había que atajar este asunto desde ya antes de que la cosaempeorara.

Dejó caer su camisón junto a la cama y se dirigió hacia laducha.

El agua caliente le sentó de maravilla.

Pero no quiso entretenerse mucho. A los pocos minutos estabaya vestida y preparando sus cosas más necesarias para el largo viaje.

Cuando salió a la calle lo vio enseguida.

Un coche de la compañía la esperaba no muy lejos de lapuerta del edificio.

Subió en el vehículo y enseñando sus credenciales ordenó alconductor que la llevara al aeropuerto.

El viaje se le hizo muy corto al estar sumida en suspensamientos.

De vez en cuando el chófer desviaba los ojos desde lacarretera hasta el rostro de Amanda que se encontraba afligida y molesta porqueseguramente tendría que interrumpir el tratamiento y no sabía cuando podíaterminar de solucionarse el problema.

El coche se detuvo y Amanda salió al exterior.

El chófer la llamó cuando ella ya se dirigía hacia las puertasprincipales.

Este es su billete, diríjase a la puerta número 3 de latercera planta.

De la boca de Amanda tan solo salió una palabra. Un Graciasno muy convincente que al chofer no pareció importarle. Hacía su trabajo.

El aeropuerto estaba atestado de gente.

Amanda tuvo que hacer un esfuerzo por no tropezar con lasmaletas de un viajero despistado.

Se subió a uno de los ascensores y al salir buscó con lasvista el número 3.

Lo encontró a su derecha.

Un pequeño mostrador en donde una jovencísima señoritaatendía a otros pasajeros con una amplia sonrisa.

Dirigió sus pasos hacia allí.

Cuando le tocó el turno, la chica la autorizó a pasar por lapuerta de embarque al comprobar que todo estaba en regla.

El viaje se hizo muy corto al quedarse dormida unos brevesminutos.

Cuando el megáfono avisó de que habían llegado a su destino,Amanda volvió a toser, recogió sus cosas y salió del avión por la puerta queestaba habilitada para ello.

Un rato más tarde se dirigía de nuevo en otro coche de laempresa hacia su destino.

Al llegar al gran edificio de su compañía se sintió una vezmás impresionada por la grandeza del inmueble.

Construido con las últimas técnicas en ingeniería moderna ydiseñado por William Kolt considerado en las altas esferas como el mejorarquitecto del país.

La visión de la fachada era espectacular.

Lo que más destacaba de ella era el logotipo de la compañíaque se alzaba imponente ante los ojos de cualquiera que mirase hacia arriba.

Con paso decidido entró en el ascensor y se dirigió hacia laplanta en donde estaba citada tras haber certificado que sus credenciales eranauténticas.

Al salir del ascensor, un elegante cincuentón la esperaba ala puerta de su despacho mientras dada unos leves golpecitos sobre su carísimoreloj de oro.