Ecos, Capítulo 7: La Noche de la Muerte

 
 
“Vamos Raquel, ¡Salta!” Dijo Sergio, maldiciendo el no haberse puesto en aquel momento la indumentaria térmica: el frío que entraba por la rampilla del avión militar que los transportaba helaba la sangre.
Raquel saltó y se precipitó hacia el suelo. Volaban a una altura baja entre las montañas, intentando que el posible radar de tierra de la base enemiga no los detectase. Sergio corrió rápidamente a equiparse el dichoso traje, y a subirse en el planeador. Tenía que caer cerca de la base tras un pequeño montículo fijo, y plantar una ristra de minas en uno de los frontales. Raquel comenzaría a disparar lo que atraería a las hordas de asesinos mutados y les haría saltar pos los aires. En caso de fallar dicho plan tendrían que usar granadas y disparar a discreción o morir en el intento. Su misión era entrar en la base, pero infiltrarse con aquellas hordas era una tarea imposible a no ser que fuesen invisibles, y batallar fuera de la base era la opción más sensata. Encima, solo ellos 2 serían los luchadores. El gobierno Español no quería verse involucrado en dicha acción ya que en aquella base había amigos influyentes de muchos países orientales y occidentales, los cuales podían ser un enemigo muy peligroso si se descubría que España ayudaba a un brazo armado de la interpol.
Todo ocurrió con el análisis de los documentos extraídos del laboratorio asaltado por el ejército y los dos agentes: se descubrió que Magnates de EEUU y jeques árabes diversos estaban en la puja de los asesinos. Como dijeron los altos mandos transmitiendo órdenes del estado, aquellos documentos eran falsificaciones y debían ser destruidos. Raquel y Sergio no pestañearon. Es mas, se lo imaginaban. En las películas uno iba contra el sistema, saltaba rascacielos, caía por un hueco de una escalera de 10 pisos y aterrizaba sano y salvo sobre un cadáver… en la vida real ir en contra del sistema suponía un tiro en la cabeza. Podías dar caza a un terrorista, total, este te tendría odio ya que eras un agente. Pero no conviene buscarse de enemigo al propio estado. En la realidad quien se hace el héroe, acaba muerto. En las películas ofrecen millones por el silencio, y los rechazan cual héroe salido de las Valkirias. En la realidad uno sabe que si no acepta el dinero, no le espera un futuro próspero por parte del que te lo ofrece. La vida daba asco, y muchas cosas estaban demasiado podridas como para intentar sanarlas.
Eso sí, no habían dicho nada de que dejasen vivos a los que estaban dentro de la base. Y Sergio y Raquel lo tenían claro: todo cabrón que apoyase voluntariamente la tortura de gente y la manipulación genética de esa forma contra su voluntad, merecía morir. Y quitar a un cabrón menos del mapa no les iba a quitar el sueño.
“Estoy en posición. Fijando mira…” oyó a Raquel por la radio. Excelente tiradora a distancia, montó nada mas caer en la nieve el Dragunov y comenzó a hacer recuento de enemigos. Estaba a mil metros, y Sergio debería poner las minas antipersona a unos 100 metros, las cuales iban en el planeador. Las colocaría en cuadrados (4 esquinas) y en el centro una mas, debiendo abarcar los casi 600 metros que tenía el lateral de la base donde pondrían la trampa. Una vez puestas, Sergio volvería a su planeador a buscar su equipo de asalto y esperaría. Si las minas no los consiguieran detener esperaría a que los asesinos estuviesen a mitad de camino de la posición de Raquel y se pondría por detrás, disparando. Esperando que el factor desorientación jugase en su favor y no supiesen a cual atacar.
“Cuento unos 73 blancos, todos asesinos. Distancia 1200 metros el mas lejano. Perímetro exterior de la base desierto” Dijo Raquel por la radio.
“Roger, comienzo a repartir los regalos”. Sergio cogió su G36K y la maleta con las minas y comenzó a andar agachado. Lo que no sabía el agente, es que no iba a servir de nada.
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“Vamos. Yo tengo un AK. Tú solo tienes una pistola” Dijo el desconocido “Sal y entrégate, y ya veremos que puedo hacer para que no acabes convertida o cadáver”
“De acuerdo. Me entrego” Dijo Montse
“Sal con las manos en alto” Pero el desconocido era gilipollas y eso lo sabía Montse. En vez de comprobar en la seguridad de su cabina que cumplía su promesa, se asomó esgrimiendo el arma, creyendo en su estúpida superioridad” Montse asomó el arma por la cabina de la avioneta y comenzó a disparar hacia el cuerpo. Le dio en al mano del arma y en parte del pecho. El desconocido soltó el arma pero comenzó a correr en dirección a la alarma. Montse se irguió y apuntó a la espalda. Dos tiros quitaron la vida de aquel hombre.
Montse extrajo el cargador de la pistola y comprobó que le quedaban tres balas. Las extrajo del cargador y tiró este. Introdujo un nuevo clip en la pistola y amartilló el arma. Se acercó a la AK y vio que tenía silenciador incorporado. Cogió el cinturón de trabajo del ex-guarda de seguridad, y se lo ajustó. Tenía dos cargadores de AK y sitio para más junto con un bolsillo. Puso allí el cargador de pistola que le quedaba, y las 3 balas restantes sueltas en el bolsillo. Decidió no coger mas cargadores de los otros dos abatidos porque prefería tener mas movilidad y solo llevar lo imprescindible. Además, las automáticas no le gustaban. En los ejercicios de mantenimiento de la policía a los que ella tuvo que asistir (En Asuntos Internos tenían a veces que colaborar con criminalística y aquello conllevaba saber lo básico de todo tipo de armas) tuvo la ocurrencia de disparar una M4 como en las películas, con la consiguiente luxación y desencaje de huesos. Puso la AK en modo disparo único, y aún así no dispararía apuntando, sino con la culata bajo su hombro. Perdería precisión, pero podría seguir apuntando con las dos manos.
Se dirigió a la puerta mas cercana, y cuando la abrió se dio cuenta de algo muy importante ¿Qué iba a hacer? Parecía tan sencillo como entrar, buscar a Juan y matarlo. Pero del dicho al hecho hay un trecho y Montse se arrepintió de haber matado al desconocido. Si hubiese estado vivo le podría haber preguntado sobre el sitio. Aunque eso hubiese implicado “interrogar” y ella no estaba segura de poder llegar a ese extremo. Cada vez que pensaba en las vidas que había quitado con la pistola, sentía ganas de sentarse para que el tiempo la consumiese. Y eso la aterraba, porque en algún momento terminaría aquello, de una forma u otra. Si la mataban no pasaba nada, pero si por alguna razón matase a Juan y consiguiese salir de aquel sitio, acabaría todo… y no quedaría nada más en lo que concentrarse. Simplemente el recuerdo de una persona muerta, y otra, y otra más… ¿Merecía el precio?
Un sonido despertó a la agente de su ensimismamiento: pasos se dirigían a su dirección.
“Espero que no haya alguno vivo que haya tocado la alarma” Pensó.
Examinó el sitio en el que estaba, que parecía una cueva enorme que servía de almacén. Cajas enormes de madera, con estampas de letras como “US Navy” en ellas: Armas. A esa altura no le sorprendía ver que hasta los EEUU estaban implicados. Y todo comenzó por amor, por querer a una persona que en su momento fue el amor de su vida. La vida daba tantas vueltas que era imposible no preguntarse porque no nos mareábamos más a menudo. Algo era seguro y es quizá Montse matando a Juna se metería en un terreno que la ahogaría fuese por tener que matar mas, o por tener que huir el resto de su vida. Tenía otra opción: retirarse. Parecía lo más sensato, pero el pasado siempre te acaba alcanzando. Y además, Montse sentía que su alma no estaría en paz hasta que no ajustase cuentas. Ese hombre se había reído de un sentimiento real de ella, se había reído en su cara. Solo pensar en el odio que envenenaba su cuerpo daba fuerzas a Montse para continuar.
Echó el ojo al llegar a una esquina de estantería: dos guardias de apariencia humana estaban hablando en un idioma que desconocía a unos 10 metros de donde se encontraba. Aprovechando la oscuridad, se movió por la esquina y dirigió el cañón de la AK hacia el hombre que mas cerca estaba de la estantería. Disparó y la cabeza del susodicho explotó. Se notaba que los guardias no tenían experiencia porque los experimentados, según había aprendido Montse nada mas ver algo sospechoso saltan a cubierto. El guardia al que Montse apuntó y disparó cometió el error de no ponerse a cubierto y en vez de ello levantar el arma apuntando a ninguna parte. Montse juraría que ese hombre vio el destello que acabaría con su vida.
Cogió los cuerpos y los metió entre dos cajas de madera… de repente, un estruendo en forma de alarma comenzó a sonar. Alguien la había hecho saltar, posiblemente un soldado que viese la masacre a la que Montse sometió a esos dos soldados. Independientemente del motivo dos puertas se abrieron y asesinos de color pálido comenzaron a abarrotar la sala. Montse vio una puerta solitaria y comenzó a esprintar con toda su alma hacia dicha dirección. 6 de los asesinos la vieron y comenzaron a perseguirla, mientras los demás comenzaban a abarrotar la zona.
La puerta por fortuna no estaba cerrada y Montse la abrió de una patada. Detrás había escaleras que conducían a una planta superior. Ella corría con todas sus fuerzas y alcanzó la puerta del piso superior. Había un armario anexo a la puerta y Montse lo movió contra la puerta. Justo después de colocarlo comenzó a sufrir las embestidas de los asesinos. Montse vio entonces que se había atrincherado en una habitación sin salida.
Era la estación de control del sótano del que acababa de escapar y por la salida esperaban voraces asesinos con ganas de matarla. Entonces se fijó en un conducto de ventilación del techo. Era como los de las películas, pero algo mas estrecho. Montse cogió un escritorio que había y reforzó el armario que parecía poder ceder en cualquier momento. Cuando reforzó la barricada y fue a coger la silla del escritorio se fijó que los asesinos estaban entrando por la puerta que daba a la sala de control. Aquello estaba a punto de ceder. Montse cogió la silla, reventó a disparos una de las rejillas de aire, y se colgó a la vez que intentaba entrar por el conducto. No le fue fácil, ya que era mas pequeño de lo que parecía y para mas inri apenas permitía movimientos. Comenzó a reptar como pudo, pero apenas avanzó un metro se sintió atascada. El pánico comenzó a invadirla, acentuado por el hecho de que la barricada cedió.
Los asesinos inundaban la sala de control con su presencia, pero no se percataron del conducto de aire. Con cuidado de no tocar nada, Rikku cogió su mano y se la puso en la boca, y le vino una sorpresa desagradable: el conducto estaba lleno de mugre que no se veía por la oscuridad que había en el mismo. Lo supo por el olor que desprendía la mano y porque se notaba una capa de polvo. Aún así se tapó la nariz y la boca para evitar que el ruido de la respiración la pudiese delatar. El pánico de no poder salir de ahí al invadía, y lágrimas comenzaron a caer por su mejilla. Tentada estuvo de hacer ruido, dejarse atrapar y que acabasen de una vez con aquel circo en el que se había convertido su vida. Quería dejar de sufrir.
Pero en aquel momento, recordó a Juan. Recordó una de aquellas tardes junto a él en aquel mirador. Ella sabía que todo había sido una mentira, pero se centró en lo que una vez sintió. El alma comenzó a emitir Ecos de lo que una vez la llenó como persona. Porque para Juan ella quizá había sido diversión. Para ella era una huella que en su momento dejó un bonito recuerdo en su interior. Comenzó a relajarse, y a sentirse mejor aunque de sus ojos no parasen de brotar lágrimas. De repente un sonido de pasos la devolvió a la realidad. Los asesinos se iban a la superficie. Lejos, podía oír las detonaciones de un rifle.
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“Minas puestas. Sergio en posición. Dispara cuando quieras, hermana” Dijo un Sergio camuflado en la nieve, sintiendo lo que un cazador cuando se agazapa esperando la presa. Se oyó una detonación, y la cabeza de uno de los asesinos explotó. Pero ocurrió algo que no habían previsto: no pasó nada.
Los asesinos seguían en su sitio, vagando como zombies. No se precipitaron hacia el sitio de donde procedía el ruido, ni buscaron cobertura.
“Raquel, fúndelos coño ¡Aprovechemos que son gilipollas!” Inmediatamente se oyeron detonaciones del Dragunov mientras que Sergio reptaba lo más cerca posible y comenzaba a hacer lo propio con su G36K. Comenzaron a caer como moscas. Sergio entre tiro y tiro sospechó que solo estaban programados para defender la base. Si lo hubiese llegado a saber antes, la lluvia de granadas que hubiese enviado a la susodicha hubiese sido acojonante.
4 cargadores de G36K y 3 de Dragunov después, hicieron ver que los asesinos de listos no tenían un pelo… si es que les quedaba alguno. Aquello había sido un juego en toda regla, y Sergio seguía mosqueado por haber gastado tiempo en la plantación de minas. Eso sí, era mejor la forma en la que se había desarrollado la historia, cuanto menos peligro, mejor
“Sergio, voy de camino a la base”
“Vigila el ordenador de campo, que no quiero tener que curarte una amputación”
“A callar, capullo”
Sergio sonrió, y sacó unos alicates de su equipo. Comenzó a cortar la valla. Estaba electrificada, pero eso no le importaba a los guantes de goma y al mango de goma especial de los alicates. Sergio entró con cuidado solo para ver detrás a Raquel. Estaban casualmente entre los generadores de electricidad del campamento. Raquel cogió la culata del Dragunov y de un porrazo se cargó el cuadro de controles de los generadores inutilizándolos permanentemente”.
“Bien, me coloco aquí cubriéndote. Da un rodeo y elimina a los que puedan haber quedado. Cuando me des la señal de todo despejado vamos al edificio principal y entramos a saco”
“De acuerdo” dijo Sergio encasquetando el silenciador a su arma. Los silenciadores reducían el alcance de un arma, con lo que si uno quería el máximo alcance efectivo tenía que prescindir de sigilo. Ahora eso no importaba mucho.
No se vio ninguna sorpresa y Sergio dio la señal de todo despejado. Pero cuando Raquel se iba a mover para encontrarse con su compañero, sonó una estruendosa alarma, seguida de la apertura de la puerta grande del edificio principal. Se pudo ver tres aviones grandes dentro, y a una hornada de soldados de diferentes naciones, junto con algunos tipos de importancia a juzgar por la cantidad de escoltas que los cubrían, instigados por las alarmas. Sergio buscó cobertura y Raquel comenzó a trepar por los generadores. Echó un vistazo por la mirilla y reconoció a uno de los protegidos con pinta de Brasileño…
“Sergio, ¿Ves al objetivo con el uniforme verde caqui?”
“Si”
“Ese me lo reservas para mí”
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Montse continuó por el conducto durante un rato. Tras un par de minutos los tiros cesaron. Nada tenía sentido. ¿Sonó la alarma por los tiros? Porque antes de la alarma no oyó nada… Por suerte y tras un tramo largo de conducto estrecho este ascendía siendo más holgado. Ayudándose de las piernas para escalar, comenzó a subir rezando por no resbalarse, cosa que si ocurría haría que se precipitase al vacío. Por suerte las botas que llevaba desde aquel lejano momento en la comisaría le seguían acompañado y se agarraban bastante bien. Llegó arriba y siguió reptando hasta que llegó a una rendija. La rompió y se dejó caer a dicha sala.
Un cristal doble dejaba ver al otro lado al hombre que había estado buscando desde aquel lejano video de seguridad. Juan
“Montse” Dijo este dirigiéndose al cristal. Seguramente alertado por el estruendo. “Que alegría. Antes de que digas o pienses nada, te tengo que proponer un trato. Se dirige hacia aquí el que os traicionó a todos en la comisaría. Si te alias conmigo y lo matas, te dejaré vivir. De lo contrario, pulsaré este botón y los asesinos acabarán contigo.
“Antes muerta que acabar colaborando contigo” Dijo Montse con una calma asombrosa “Pulsa ese botón, pero mas te vale que acaben conmigo, porque si te cojo, no pienso acabar contigo de forma limpia. Te lo aseguro”.
Juan se volvió y estuvo a punto de pulsar el botón cuando se oyeron dos disparos tras el cristal. En el suelo se dio la vuelta y miró con temor a su asesino. Dos manchas rojas comenzaban a colorear su pecho…
“Hazme un favor… dijo él, mátala”
Un tercer disparo a la frente acabó con Juan, pero cuando la persona con la pistola se dio la vuelta, a Rikku le dio un vuelco el corazón.