La Verdad Acerca de Los Jenny Hanivers

En la casa de un amigo vi la fotografía de un ser muy extraño. Parecía una criatura salida de una mala película de ciencia ficción. Mi amigo, al que llamaremos Samuel V., para proteger su privacidad y seguridad… (mejor le pondremos Señor S. Vazquez, para no hacernos bolas y no meterlo en problemas), me mencionó que era una rara especie que se encontró en una de las playas de México. El dueño del ser le contó que solo permitía que se le fotografiara. Nunca se lo prestó, según dice, a ningún zoólogo o biólogo marino para estudiarlo ya que pensaba que era el último de su especie y que si se lo llevaban jamás lo volvería a ver. Parecía un pequeño dragón con alas, pero sin trompa ni dientes. Medía quizá unos 40 centímetros y estaba dentro de una caja de cristal. Mi amigo creyó toda la historia del hombre y da como prueba de la veracidad de sus palabras el hecho de que no cobraba por ver al raro espécimen.

 

 

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Luego pasaron 20 años y saliendo de su casa platiqué con una buena amiga que es bióloga, no marina, pero para el caso es lo mismo, acerca del asunto y me pidió que la llevara donde mi amigo. Cenamos un sabroso cabrito regiomontano y cuando estábamos en la charla de sobre mesa el anfitrión sacó la infame fotografía. Mi amiga la observó por unos segundos y dijo con voz de juez imparcial: “Ah, mira que cosa tan preciosa. Es un Jenny Haniver.” Tanto mi amigo y yo nos quedamos viendo a la chica con expresión de “What?” y cuando ella se dio cuenta que nos le quedábamos viendo con cara de esperar una explicación racional y científica acerca de lo mostrado en la imagen, ella comenzó a relatarnos la verdadera historia de cómo nacieron esas criaturas. Después de escuchar a una experta en la materia, yo me quedé igual, pero mi amigo sintió que había perdido algo. Como si una parte de él se hubiera ido al mismo lugar donde dentro de pocas horas iba a terminar el cabrito después de haber sido digerido completamente. Tal vez le hubiera gustado más quedarse con el encanto y el mito generado alrededor de la cosa espantosa que parecía vernos a través del papel fotográfico. Creo que sintió lo mismo como cuando te das cuenta por vez primera que Santa Claus no existe. Una bofetada de realidad, eso es lo que recibió. Además de perder la fe en ciertas personas, también perdió unos cuantos pesos porque fue él quien pagó la cena.

Por eso me di a la tarea de comprar el libro The Encyclopedia Of Monsters de Daniel Cohen de donde saqué la siguiente información.

Un poco de historia

Los marineros los llevaban a casa para asombrar a sus amigos. A veces se vendían en tiendas de curiosidades situadas cerca de puertos marítimos. Algunos los llamaban “crías de dragón”, otros los conocían como “basiliscos” o simplemente peces diabólicos. Otros pocos les daban un nombre de carácter los suficientemente monstruoso. No obstante, los que sabían de qué se trataba los denominaban Jenny hanivers, aunque nadie sabía exactamente de donde derivaba el nombre o lo que significaba.

 

 

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Los Jenny Hanivers son unos seres pequeños, secos y de apariencia repugnante, con las caras bastante diabólicas, alas, colas y a menudo unas patitas. Su aspecto era en extremo monstruoso, pero en realidad eran unos pescados de la especie de las mantarrayas tallados en formas diversas, secados y barnizados.

Nadie sabe cuándo comenzó la práctica de convertir las mantarrayas en monstruos en miniatura, pero sin duda, ocurrió hace muchos siglos. La obra histórica de Konrad Gesner acerca de los animales del mundo, Historia Animalium, publicada en 1558, contiene la imagen de un ser que claramente es un Jenny Haniver, y otros que quizá lo sean.

No es difícil comprender cómo se inició la práctica; solo hay que contemplar la cara inferior de una mantarraya. El autor científico, Willy Ley, afirmó: “Cualquiera que haya visto nadar a una mantarraya en posición vertical cerca del cristal de un acuario marino, recordará la desagradable sensación de encontrarse frente a una perversa máscara viva. En efecto, los ‘ojos’ penetrantes de la cara no son otra cosa que sus branquias. Los verdaderos ojos se hallan en el lomo oscuro del pez y no son conspicuos”. Nuestra imaginación hace ojos de las branquias. Por lo tanto, mientras que el aspecto de la mantarraya es bastante inofensivo desde arriba, sin rasgos que la distingan, la “cara” de abajo se ve definitivamente malévola.

¿Cómo se hace un Jenny Haniver?
En algún momento, alguien con demasiado tiempo libre, contempló una mantarraya muerta descubierta en la playa y decidió que sería posible “mejorar” su apariencia maligna. Según el ictiólogo australiano Gilbert P. Whitley, es posible hacerlo de la siguiente manera: a una pequeña mantarraya muerta se le tuercen las aletas laterales encima del lomo y se fija la cola en la posición deseada. Detrás de las mandíbulas se ata un trozo de hilo alrededor de la cabeza, para formar el cuello, y se saca al sol. Mientras se va encogiendo, las mandíbulas empiezan a sobresalir en forma de hocico y un arco de cartílago, hasta entonces oculto, empieza a destacar, adoptando la apariencia de unos brazos doblados. Las branquias, situadas un poco arriba de las mandíbulas, se transforman en un curioso par de ojos, en los cuales las laminae del olfato parecen pestañas, el resultado de este sencillo proceso, preservado con una mano de barniz y adornado quizá, con unos cuantos toques de pintura, es un Jenny Haniver destinado a despertar el asombro de cualquier persona interesada en las curiosidades marinas. La vista frontal del artículo terminado es en realidad la superficie inferior de la mantarraya, cuyo lomo y ojos verdaderos se esconden detrás de las aletas pectorales torcidas.

Es posible cortar y estirar las aletas para que adopten la apariencia de alas, piernas o ambas cosas. Ya seco y barnizado puede mantenerse erguido sin problemas. De esta manera, un animal marino, por lo regular de aspecto inofensivo y ordinario, se transforma en un monstruo que hará brincar al más pintado a la primera vista.

Origen del nombre
El único misterio auténtico cuando se habla de los Jenny Hanivers es el origen del nombre, que hasta hoy ha sido casi imposible de descubrir. La posibilidad más factible es que la palabra Haniver sea una versión deformada de Anvers, el nombre francés de Amberes, un puerto belga en el que se fabricaron muchos de estos monstritos falsos.

Los Jenny Hanivers constituyeron artículos sumamente populares y apreciados durante los siglos XVI y XVII, y con frecuencia formaron parte de las colecciones de los naturalistas aficionados. Influyeron mucho en la idea popular acerca de la apariencia de un monstruo enteramente mítico, el basilisco del que hablaremos después. No obstante, en el siglo XVIII, las personas educadas ya habían cobrado conciencia, por regla general, de la naturaleza fraudulenta de estos seres, aunque siguieron coleccionándolos más como una rareza y por el trabajo artesanal con que se hacen, que por otra cosa.

El comercio, alguna vez próspero, con los Jenny Hanivers no ha desaparecido del todo. Aún en la actualidad, de cuando en cuando aparecen unos especímenes nuevos. De hecho, hoy en día, el lugar de origen predilecto es el Golfo de México. Por lo general, su fabricación es basta, en comparación con los prototipos, pero ya no se exhiben como basiliscos o dragones, sino como peces del diablo y, en cuando menos una ocasión, como hombrecillos verdes del espacio exterior.