Breve Historia de la Tarjeta de Crédito

Existió un mito muy arraigado allá por los 80’s que decía que quienes poseían la tarjeta platino de American Express tenían la más exclusiva de las tarjetas de crédito del mundo: la tarjeta negra. Tan exclusiva que nunca hubo publicidad para ella y solamente se conocía a través de los ejecutivos de cuenta, además que estos le pedían al cliente que jamás la mencionara a nadie ya que era un privilegio que se había ganado solo él. Esta tarjeta, según se decía, permitía a sus poseedores exigir que cerrasen una tienda para poder hacer compras sin molestias, así como pedir un helicóptero en medio del desierto.

American Express negó rotundamente la existencia de esa tarjeta. Pero la persistencia del mito indica la importancia social que muchos estadounidenses conceden a este instrumento de pago. Hoy, si le cancelan a una persona su tarjeta de crédito, casi equivale a ser excomulgado de la Iglesia de la Edad Media.

Nuestros amigos de Norteamérica cargan casi 500 mil millones de dólares anuales a sus tarjetas. Hoy en día casi no hay nada que no pueda adquirirse con ellas. Tan solo MasterCard emite 100 millones de tarjetas en Estados Unidos; Visa, 149 millones.

El Nacimiento
El idilio de los Estados Unidos con las tarjetas de crédito comenzó en 1949, cuando un hombre de negocios, Frank McNamara, terminó de comer en un restaurante de Nueva York y se percató que no llevaba dinero en efectivo. En aquella época eran comunes las tarjetas de crédito de las gasolineras y los grandes almacenes, pero se usaba el dinero contante y sonante para todo lo demás. Avergonzado, McNamara llamó por teléfono a su esposa, quien acudió presurosa a pagar la cuenta. Aquel apuro dio a McNamara la idea del Club Diners.

Antes de un año, cerca de 200 personas portaban la primera tarjeta de uso múltiple del mundo*.  Por  una cuota anual de 5 dólares, estos tarjetahabientes podían cargar a su cuenta las comidas que hicieran en 27 restaurantes de la ciudad de Nueva York y sus alrededores. Para fines de 1951 se había cargado más de 1 millón de dólares al creciente número de tarjetas, y la compañía no tardó en obtener ganancias.

Pero nadie se imaginaba que se estaba gestando un monstruo; una industria de miles de millones de dólares. En 1953, McNamara vendió su parte del negocio a sus socios, Ralph Schneider y Alfred Bloomingdale, por unos 200 mil dólares. Schneider se dio cuenta que la gente no creía que se le otorgaría una tarjeta con sólo solicitarla. “Pensaban que había una trampa por ahí oculta”, dijo.

Y la había, pero en ese tiempo, aunque no lo crean, era para el comerciante, no para el consumidor. De acuerdo con el sistema que los emisores de tarjetas utilizan hasta la fecha, Diners Club descontaba a los comerciantes detallistas más del 5 por ciento de cada venta. Pese a la merma en sus utilidades, los comerciantes aceptaban estos términos, atraídos por el argumento de que las personas que tienen tarjetas de crédito gastan más.

El único problema era convencer a un número suficiente de personas de que usaran la tarjeta. Diners Club recurrió a las promociones. Regaló un viaje alrededor del mundo. Los ganadores cargaron los gastos a la tarjeta y viajaron “de Nueva York a Nueva York sin un centavo en los bolsillos”.

Competencia
Para 1955, la comodidad de comprar por este medio empezaba a popularizarse. A Diners Club le siguieron Trip-Charge, Golden Key, Gourmet Guest Club, Esquire Club y, en 1958, Carte Blanche. La tarjeta American Express, que también se introdujo en 1958, vino a dominar el campo.

Desde luego, al igual que otras tarjetas para gastos de viaje y representación, Carte Blanche fue concebida para gente de negocios. Pero los bancos, que percibieron entre las personas no ricas un deseo contenido de gastar, empezaron a emitir tarjetas propias.

La primera en obtener utilidades fue BankAmericard, del Bank of America. Banqueros de todo Estados Unidos visitaron su casa matriz en california para conocer el secreto de su éxito; acudieron en tal cantidad, que en 1966 BankAmericard comenzó a formar alianzas con bancos de otros estados. Tal vez tú tengas una tarjeta cuyo abuelo fuera esta compañía, hoy se conoce como VISA.

La red de BankAmericard no tardó en enfrentarse a un serio competidor cuando el Wells Fargo Bank se asoció con otras 77 instituciones para crear la que sería  Master Charge. Después de atraer a otros 1.3 millones de poseedores de la “Everything Card”, emitida por lo que entonces era el First National City Bank, Master Charge fue durante un tiempo la tarjeta bancaria más importante de Estados Unidos. Tal vez conozcas a esta tarjeta, hoy lleva por nombre MasterCard.  

No todos los bancos se unieron al furor. Algunos de los de Chicago decidieron embarcarse en la empresa por su cuenta, pero no tardaron mucho en meterse en problemas. Poco antes de la Navidad de 1966, 5 millones de tarjetas de crédito no solicitadas se repartieron por correo desde Chicago.

Esa temporada navideña, 5 millones de tarjetahabientes habrían representado una mina de oro para los bancos, pero estos, en su prisa por dominar el mercado, tuvieron muy poco cuidado al elaborar sus listas de clientes. Algunas familias recibieron hasta 15 tarjetas. Las recibieron incluso personas fallecidas y bebés.

Uno de los casos más curiosos y graciosos fue que a Alice Griffin le llegó una tarjeta en que le prometían un trato preferencial en los restaurantes más exclusivos de Chicago. El problema es que Alice era una perrita.

Lo peor de todo es que cientos de residentes de esa ciudad descubrieron que podían usar o vender una tarjeta que “encontraran” y que, por ley, la persona cuyo nombre aparecía en ella era responsable de los gastos, aunque jamás la hubiera solicitado ni recibido.

Este desastre solo sirvió para dar origen a un movimiento para reglamentar la industria. Una ley promulgada por el presidente Richard Nixon en octubre de 1970 prohibió a los emisores enviar tarjetas a personas que no las hubieran solicitado, y eliminó toda responsabilidad de los tarjetahabientes por el mal uso de una tarjeta extraviada o robada. Posteriormente, la Ley de Cobro Justo de Cuentas de Crédito estandarizó los procedimientos para resolver disputas sobre facturación.

Cuando la tasa preferencial llegó a 20 por ciento en 1981, los bancos vieron a que los consumidores no les importaba pagar intereses del 18 al 22 por ciento sobre los saldos de sus tarjetas de crédito. La tasa preferencial no tardó en bajar, pero las tasas de interés sobre las tarjetas de crédito siguieron estando elevadas. Estas atractivas tasas llamaron la atención de otras empresas, que decidieron aventurarse en este terreno. Entre ellas figura Sears, con su Discover Card, primera competidora importante de Visa y MasterCard. Muchas compañías se aliaron con los bancos para ofrecer tarjetas de crédito, incluso aerolíneas.

Para llevar la delantera en cuanto a distinción, American Express ideó la Tarjeta Platino, exclusiva para clientes que cargan a su tarjeta por lo menos 10 mil dólares anuales. Para 1985, más de 50 mil personas estaban pagando 250 dólares anuales por el privilegio. Esa elevada tarifa aseguró a los tarjetahabientes un sinfín de servicios personales. Los representantes de American Express peinaron el mundo en busca de regalos inusitados, se encargaron de recoger efectos personales olvidados por los viajeros y organizaron diversiones exclusivas para sus miembros, como fiestas para convivir con celebridades destacadas del mundo del teatro. Si el dueño de una Tarjeta Platino se enfermaba durante un viaje, podía solicitar asistencia gratuita, e incluso el traslado sin costo a Estados Unidos por razones médicas.

Desde luego, las tarjetas de crédito no solo han remplazado el dinero en efectivo en muchas operaciones: también lo han puesto a la disposición de los clientes de manera inmediata en casi cualquier parte. El uso de tarjetas de crédito sin moverse de casa  empezó a hacerse costumbre con la llegada del internet. Difícilmente encontraremos un sitio en la gran red que no acepte alguna de las tarjetas que están a disposición de la gente.  

De este modo, la revolución que se inició con un olvidadizo hombre que se había quedado sin dinero para pagar su comida, parece haberse completado. Lo que Alfred Bloomingdale, entonces presidente de Diners Club, predijo hace casi 50 años aparentemente se ha vuelto realidad: Estados Unidos será un país donde “solo habrá dos clases de personas: quienes tienen tarjeta de crédito y quienes no pueden obtenerla”.

(*) Aunque, a decir verdad, y como todos ustedes ya saben y no necesito repetirlo —aunque lo haré por si hay por ahí algún extraviado que no lo sepa—, la tarjeta Diners Club era técnicamente una tarjeta de “débito”, ya que se esperaba que los clientes pagaran por completo sus saldos a fin de mes; cuando los bancos expiden tarjetas de “crédito”, los clientes deben pagar una cantidad mínima cada mes, pero pueden liquidar el saldo, más los intereses, en un plazo más largo.