Los Diamantes y su mundo

El comercio internacional de diamantes es una actividad tan singular, que incluso quienes viven de ella la califican de extravagante y sui generis. Hay quien señala que dicho comercio tiene un carácter “muy medieval”, lo que salta a la vista en la práctica.

En el mercado mundial actual, la industria del diamante en bruto que vale unos 10000 millones de dólares, sigue estando en gran medida bajo el control de una compañía, la De Beers Consolidated Mines, que determina el precio y la oferta de las piedras sin tallar, o en bruto. Muchos tratos se cierran con dinero en efectivo, aunque impliquen cantidades de siete dígitos. Los comerciantes de estas gemas jamás dan recibos, y es frecuente que los acuerdos millonarios se firmen con un apretón de manos. No sorprende que el comercio se realice dentro de un círculo familiar tan estrecho que sólo es posible entrar en el si se ha nacido en el mundo de los diamantes. Todo se basa en creer en la palabra.

Desde la antigüedad, los diamantes han sido tema de leyendas. Se dice que el sumo sacerdote de los judíos usaba un pectoral adornado con un diamante y otras 11 piedras preciosas, que simbolizaban las 12 tribus de Israel. También se cuenta que ciertos pueblos comían polvo de diamantes para prevenir las enfermedades.

La realidad de los diamantes es igualmente fabulosa. Se componen de carbono puro y se forman a unos 200 kilómetros bajo la superficie terrestre, donde la temperatura de 1200? C, se combina con una presión intensa para cristalizar el carbono y convertirlo en el mineral más duro que existe. Las erupciones volcánicas, el viento y la erosión van acercando los diamantes a la superficie, donde esperan a ser descubiertos. Con frecuencia es necesario remover cientos de toneladas de tierra, rocas y arena para obtener apenas un quilate.

El año pasado se extrajeron cerca de 125 millones de quilates en todo el mundo. Australia es el principal productor, pero la mayor parte de sus diamantes son de baja calidad y se destinan al uso industrial. Los mejores diamantes son los de Botsuana, seguidos por los de Sudáfrica, Angola y Namibia.

De Beers es la compañía minera de diamantes más grande del mundo: casi la mitad de las piedras en bruto del planeta proviene de sus propias minas en Sudáfrica y, a través de sociedades, en Botsuana, Namibia y Tanzania. Otros países productores de diamantes, como Australia y ex Unión Soviética, los venden de manera independiente. Pero el brazo comercial de De Beers, la Organización Central de Ventas, conocida como el Sindicato, es el principal actor de la industria, pues por sus manos pasa aproximadamente un 70% de todos los diamantes extraídos.

El Sindicato celebra contratos de 5 años para comprar a precio fijo, los diamantes que producen las minas de un país determinado. Las piedras en bruto se envían a la oficina del Sindicato en Londres, donde se clasifican, se evalúan para asignarles una de 14000 categorías y se preparan para su venta en exposiciones conocidas como “vistas”.

El Sindicato organiza 10 vistas al año e invita a 125 de los comerciantes y manufactureros más importantes del mundo, quienes compran lotes llamados “cajas”. El Sindicato determina el número y el tamaño de los diamantes que contiene cada caja y fija su precio. No hay regateos, a menos que las piedras pesen más de 10 quilates. El invitado paga al contado, a veces hasta varios millones de dólares. Uno debe ser pez gordo para que el Sindicato lo tome en cuenta.

Aquellos que no compran corren el riesgo de no volver a ser invitados. Esto podría parecer injusto desde el punto de vista del cliente, pero el Sindicato tiene apoyos. Un control firme del Sindicato mantiene estables los precios.

Después de las vistas, las piedras se mandan a centros manufactureros o de tallado, donde se corta y pulen. Los centros de Nueva York, Amberes y Tel Aviv procesan las más grandes y valiosas, mientras que en la India se pulen las más pequeñas.

En Amberes, el centro de comercio de diamantes por excelencia, se maneja el 60% de la producción mundial de piedras pulidas y el 90% de la de piedras en bruto. Es allí donde los comerciantes compran sus diamantes. Una gema puede pasar por las manos de varios comerciantes antes de que la adquiera un mayorista, quien por lo general la engasta para luego venderla a un minorista. El cliente que compra la pieza terminada termina pagando de 3 a 5 veces el costo de la piedra en bruto.

La astucia es esencial en el regateo. Una regla es: “Si a uno le gusta un diamante, debes hacer un comentario negativo acerca de él”. Por ejemplo, si una diamante ha sido perforado más de una vez para quitarle una impureza, el comprador puede decir que “parece una coladera o que tiene un cráter lunar en la superficie”.

Algunos comerciantes negocian desde su oficina, otros lo hacen en mercados de diamantes. Hay 21 mercados en todo el mundo. Algunos se especializan en diamantes en bruto o de color, pero sus largos y angostos corredores son idénticos. En un extremo está el sitio donde se pesan las piedras, 15 mesas o más se colocan perpendicularmente a los ventanales de piso a techo que dan al norte. Muchos dicen que no hay nada mejor que la luz del norte para examinar un diamante.

En contraste con una bolsa de valores, en el mercado de diamantes reina una atmósfera casi bucólica. En un lado de la mesa, detrás de una lámpara fluorescente, el vendedor aguarda con paciencia; el comprador se sienta enfrente, armado con una lupa de joyero. Una vez acordado el precio, se dan la mano y pronuncian la frase hebrea Mazal U’bracha, que significa “con suerte y una bendición”. No es nada raro que todos los tratos se cierren con una expresión hebrea, pues durante siglos los judíos han dominado el comercio de diamantes.

En la edad media, a los judíos europeos se les prohibía tener tierras e ingresar en los gremios que controlaban la mayor parte de la economía. El comercio, ya fuera de dinero o de diamantes, era una de las pocas opciones que tenían. Los judíos sufrieron muchas persecuciones y exilios, pero se dieron cuenta de que esta última actividad podían ejercerla dondequiera.  

En el pasado los judíos dominaron gran parte del comercio de diamantes, pero hoy participan en él otros sectores. A pesar de ello, los corredores siguen prefiriendo tratar con gente conocida. No hay que olvidar que las transacciones de diamantes se basan en contratos verbales. Una vez que los comerciantes llegan a un acuerdo y participan en la bendición ritual hebrea, el comprador se lleva los diamantes y tiene de 45 a 90 días para pagarlos. Si alguien se quiere “pasar de lanza” y no paga, es poco lo que se puede hacer. Y estos casos sí ocurren. Hay quienes pierden millones de dólares, pero no se recurre a las demandas jurídicas. ¿Por qué no acuden a la ley? Pues para evitar que se divulguen los secretos del gremio. Los comerciantes dirimen sus disputas por medio del arbitraje interno; nunca ante un tribunal.

Las faltas graves, como cambiar diamantes o no pagar a tiempo, se castigan con severidad: la expulsión del mercado. Y cuando alguien queda fuera, no hay retorno. La honestidad es fundamental para sobrevivir en el comercio de diamantes. Pero para hacer fortuna, también se necesita carácter y persuasión.

Cómo se determina el valor de un diamantes
Los diamantes más valiosos y bellos son los que mejor combinan cuatro factores: corte, claridad, color y peso en quilates.

Quilate: Es la unidad de peso para los diamantes. Un quilate equivale a 100 puntos. Un diamante de 0.75 quilates es igual a uno de 75 puntos o de ¾ de quilate. Los diamantes de igual peso pueden variar mucho en cuanto a valor y brillo, según sea su claridad, color y corte.

Claridad. La lupa de un joyero permite descubrir inclusiones, o impurezas naturales. Algunas parecen cristales diminutos, nubes o plumas. Los diamantes considerados internamente perfectos  carecen de inclusiones y son los más valiosos. Los que tienen inclusiones muy pequeñas se clasifican como VVS1 o VVS2. Cuanto mayor es la inclusión, menor es la calidad y más corriente es el diamante. Los que tienen inclusiones apreciables a simple vista se clasifican como I1 o I3.

Color: La clasificación de los diamantes según su color empieza con la letra D y continúa con el resto de las letras del alfabeto. Muchos parecen incoloros, pero en realidad tienen leves tonos amarillos o pardos. Éstos son menos raros y por tanto, menos valiosos que las piedras verdaderamente incoloras, cuya clasificación es D. Los diamantes de colores bien definidos (rojo, rosa, azul, verde y amarillo) son muy raros y muy cotizados. Recordemos el diamante rosa de la película Blood Diamond.

Corte: Un diamante bien cortado o tallado en facetas brilla con la luz. Aunque la naturaleza determina su claridad, quilates y color, son las manos de un experto artesano las que revelan su brillo y belleza. Si los cortes están bien proporcionados, la luz se reflejará de una faceta a otra como en un espejo y se dispersará por la parte superior, lanzando un destello. Cuando el corte es demasiado profundo o superficial, el diamante pierde luz, pues ésta se “derrama” por un costado o por abajo. Así, un diamante mal cortado es menos brillante, bello y valioso que uno bien cortado.