Cómo nació SONY

 

 

Muchos nos hemos preguntado cómo fue el origen de las grandes corporaciones. Que proceso tuvieron que pasar para ser lo que ahora son. Hoy quiero hablar de la compañía que nos dio la PlayStation. Una compañía en la que 100 dólares invertidos en ella en 1946 valdrían hoy 7 millones de dólares.

Estamos en octubre de 1945. dos meses después de la rendición de Japón, y Tokio se encuentra en ruinas, destruido en un 65%. En el distrito de Ginza se mantiene en pie la estructura de acero de una tienda de ocho pisos destruida por los bombardeos. En el tercer piso hay una habitación improvisada con tablones, donde ocho hombres, instalados en bancos construidos con desechos de madera, trabajan aprovechando materiales militares excedentes, y otros recolectados de los escombros. Una olla de arroz comprado en el mercado negro hierve sobre el gas.

Afuera se halla el vehículo de la compañía: una vieja camioneta Datsun que se pone en marcha con ayuda de una manivela. Sólo dos miembros de la pequeña compañía poseen licencia para conducir: el presidente y el vicepresidente. Cuando hay que hacer una entrega, ellos mismos son los mandaderos.

Lo que acabo de describir es el poco promisorio principio de la dilatada compañía japonesa SONY (cuyo nombre se deriva del latín sonus, o sonido), que más tarde daría al mundo las radios de transistores, telerreceptores minúsculos, los “diodos de túnel”, considerados el mayor adelanto electrónico desde el transistor. Crearon el concepto moderno del aparato de música portable con la entrada al mercado de su SONY Walkman, la consola PlayStation; incluso también crearía su propio canal de televisión, la SONY Entertainment Television; y compraría a la Columbia Pictures y la TRI Star y otras compañías de medios.

La historia de SONY ejemplifica quizá mejor que cualquier otra compañía, la historia de la revolución industrial del Japón de la posguerra, que vino a alterar el concepto que todo el mundo tenía de los japoneses como fabricantes de malas imitaciones, al dedicarse a la producción de artículos ópticos y fotográficos y de equipos electrónicos de primerísima calidad.

Dirigida por científicos, SONY figura entre las compañías más dedicadas a la investigación que hay en el mundo. Un proyecto que iniciaron ellos nos muestra su emprendedor criterio. Los aparatos que registraban en película magnetofónica los programas de televisión costaban unos 50,000 dólares y ocupaban una habitación entera. Los investigadores de SONY redujeron este equipo al tamaño de una maleta con un precio de 11,500 dólares. Ya en aquel tiempo soñaban con aparatos que pudieran conectarse a la televisión para ver películas y programas televisivos sin tener que salir de casa, y con un costo menor para el consumidor corriente. De ese tamaño era la visión de los hombres de SONY.

La SONY es creación de dos hombres extraordinarios: Masaru Ibuka y Akio Morita. Durante la guerra, Ibuka fue ingeniero en jefe de la compañía Instrumentos de Precisión del Japón, en Susaka, a 145 kilómetros de Tokio. Morita, hijo de un próspero destilador de sake, educado para hacerse cargo de los negocios familiares, estuvo en la armada japonesa, dedicado a la investigación científica. Cuando terminó la guerra, ambos hombres se encontraron en la calle sin empleo.

Ibuka llamó a siete de sus más brillantes ingenieros y les dijo que todos se fueran a Tokio, tal vez a pasar hambre pero con mayores posibilidades de emerger. Morita, entonces de 24 años, se unió al grupo.

Todos sabían que querían fabricar cosas, ya sea para mejorar algo existente, o crear algo que no existiera. Después de cuatro años de guerra, el pueblo japones estaba hambriento de artículos de consumo, de cualquier clase que fuesen. Se presentaron varias propuestas: una cocinilla eléctrica para el arroz, reglas de cálculo entre otras cosas.

Ibuka dijo que sería mejor apegarse a la electrónica, área que dominaban a la perfección. Y instituyó otras normas: la compañía habría de competir en base de calidad, no de mano de obra barata. “Lo que fabriquemos, sea lo que fuere, deberá ser lo mejor que seamos capaces de hacer”, concluyó. La empresa se abstendría de imitar los productos hechos por los demás y optaría por explorar nuevos campos de su propia inventiva.

Estas eran palabras osadas para un hombre de 37 años, sin experiencia en los negocios, director de una compañía sin fábrica, sin maquinaria, con solo 1,600 dólares (los ahorros de toda su vida) por capital.

Consiguieron un lugar en el bazar bombardeado y compraron por 100 dólares un coche destartalado que apenas marchaba. A la vista estaba una tarea que acometer. Durante la guerra, el Japón había estado privado de las noticias del mundo exterior; las radios de onda corta estaban prohibidas. Terminado el conflicto, la población tenía sed de noticias, de un poco de música. Así pues, la compañía comenzó por transformar los radiorreceptores comunes en aparatos que pudieran captar las radiodifusiones de onda corta, y por reparar fonógrafos estropeados.

En mayo de 1946 decidieron constituirse en sociedad, a pesar de que no tenían mucho que aportar; el capital se había reducido a 527 dólares. Por entonces, el baar, que empezaba a resurgir, les comunicó que tenían que irse, y la compañía se mudó a una pequeña estación de bomberos. Durante el día tenían que sacar la bomba automóvil para que hubiera espacio donde trabajar. Pero el futuro se mostraba más halagüeño. La Japan Broadcasting Co. tenia necesidad de un nuevo equipo para sus estudios, y esto representó para la joven empresa un jugoso contrato.

En 1948, Ibuka y Morita tuvieron noticia de la existencia de los magnetófonos, hasta entonces desconocidos en el Japón. Cierto misionero norteamericano, amigo de Morita, encargó uno de éstos a los Estados Unidos, a petición de aquéllos. Guiándose por este magnetófono, los japoneses hicieron un tipo nuevo y construyeron 50 unidades. Convencieron al propietario de un restaurante a que compraran uno como medio inusitado de propaganda: los clientes podrían cantar y escuchar inmediatamente la reproducción de sus voces. La policía adquirió otro para guardar constancia de sus interrogatorios. Pero la venta de dos magnetófonos difícilmente haría prosperar el negocio, de manera que Ibuka y Morita compraron un camión para utilizarlo en demostraciones y comenaron a recorrer las escuelas del Japón, donde hacían ver cómo con tales aparatos podían granbarse los programas educativos de la radio para volver a escucharlos a voluntad. Las ventas suieron como la espuma. Al final, dos tercios de las 40 mil escuelas japonesas habían comprado aquellos magnetófonos.

Aunque los científicos de los laboratorios de Bell Telephone habían creado ya el transistor, la noticia de este triunfo tardó en llegar al Japón. Cuando Ibuka tuvo conocimiento de él, en 1952, inmediatamente advirtió las posibilidades que ofrecía para la fabricación de pequeñas radios que funcionarían con pilas baratas y hallarían un mercado formidable en el sudeste de Asia y otras regiones donde faltaba la energía eléctrica. La única dificultad consistía en que los transistores valían en aquella época 50 dólares cada uno. En los Estados Unidos se utilizaban principalmente en los equipos electrónicos para fines de defensa, y muchos peritos se mofaban de la idea de Ibuka de adaptarlos a radios de bolsillo.

Los científicos de Ibuka se pusieron a proyectar aparatos nuevos, y el ingeniero japonés reclutó jóvenes de hábiles dedos para la delicada tarea de hacer los minúsculos componentes. En 1955 la compañía se hallaba lista para vender, a precio razonable, una radio que funcionaba  totalmente a base de transistores, y en 1957 empezaba a producir el primer radiorreceptor de bolsillo del mundo: un aparato poco mayor que una cajetilla de cigarrillos. En poco tiempo el costo de fabricación de algunos transistores se redujo a 15 centavos de dólar y las minúsculas radios llevaban noticias, música y programas educativos a las regiones más apartadas de la tierra.

Ahora bien, si se había podido reducir el tamaño de un aparato de radio, ¿por qué no podría hacerse lo mismo con un televisor? El resto del mundo se había acostumbrado a los televisores mamut, con pantallas de hasta 68.5 centímetros. Ibuka decidió que esto era un error. Toda una familia se congrega ante su aparato, viendo el mismo programa de Chacho, el perro maravilla, aunque en lo individual, quizá algún miembro de la familia tuviera un gusto diferente. ¿Por qué no construir pequeños televisores de transistores para uso individual, que funcionasen con cualquier corriente, esto es, con sus propias baterías, con la electricidad casera o el acumulador del automóvil? En 1960, SONY disponía ya de un televisor portátil de 20 centímetros, en 1962 lo redujo aún más, y aunque hoy día la tendencia es tener pantallas planas de 48 pulgadas, en aquel tiempo, tener televisores de 12 centímetros era un avance tecnológico gigantesco.

Los investigadores de la compañía observaron el futuro con perspicacia. Aplicaron un pequeño porcentaje de las ganancias a la investigación. Abrieron un laboratorio en Yokohama dedicado exclusivamente a la investigación. Su más brilalnte creación en esas fechas fue el “diodo de túnel”, un aparatito, más pequeño que un botón, que efectuaba muchas de las operaciones de los transistores, solo que mejor y con mayor rapidez. Tuvo aplicacion en computadoras, en la electrónica del espacio, en el radio y la televisión.

Físico de carrera, Morita era un hombre de suaves modos al hablar y era la fuerza que animaba el espíritu emprendedor de la SONY. Él comentó una vez que aunque carecían de experiencia, estaban llenos de ideas nuevas. Conforme la SONY iba progresando, Morita mantenía a sus científicos investigando en el campo de la electrónica, de modo que la compañía pudiera sacar algo nuevo y diferente cuando los competidores comenzaran a darle alcance en la fabricación de productos ya existentes. Los directores de la SONY constituyeron en grado notable una síntesis de talento para los negocios y de conocimiento científicos.

En aquellos días, la política laboral de SONY era tan extraordinaria como el resto de sus ideas. Más de un tercio de sus 6500 empleados eran muchachas reclutadas de regiones rurales empobrecidas. Para ayudarlas a mejorar su vida, SONY traslado su fábrica de transistores a un suburbio donde cerca de mil chicas, de 16 a 21 años, vivían en relucientes dormitorios blancos, y pagaban 3600 yuans al mes por habitación y alimentos. La empresa sostenía una escuela especial, que ofrecía estudios de enseñanza secundaria, además de cursos adicionales, como arreglo de flores y conversación en inglés. Tras cumplir las jornada regular de 8 horas de trabajo, más del 90% de las jóvenes asistían a la escuela por tres horas más. También contaban con lugares vacacionales a precio módico, en la playa o la montaña.

Aunque la SONY ha triunfado en muchas áreas en el mundo entero y con ventas exorbitantes, sigue siendo una compañía que conserva mucho de la sencillez de sus primeros días. Ibuka gustaba de llevar pantuflas en la oficina y la misma chamarra que usan los obreros en la fábrica. Uno de sus lemas era: “Siéntate y deja hablar a la gente. Así brotan las buenas ideas”.

Esta importancia concedida a las ideas es muy significativa, pues la SONY en sus comienzos representó una idea, que surgida de la nada, ha transformado al mundo del entretenimiento y diseminado sus beneficios por todo el mundo.