El misterio de la papisa Juana

 

 

 

A comienzos del siglo XIII corrió por la cristiandad el rumor de que una mujer había ocupado la silla de san Pedro, del año 855 al 858. hasta el siglo XVI la Iglesia aceptó la existencia de esta papisa como un hecho cierto, y todavía en el año 1600 figuraba en la galería de bustos papales de la catedral de Siena, con el rótulo “Juan VIII, mujer e inglesa”. La pregunta es ¿qué hubo de verdad en esa historia?

La leyenda
Con algunas variantes, se contaba que una mujer anglosajona se había enamorado de un monje benedictino y no dudó en huir con él a Atenas, disfrazada de hombre. Tras la muerte de su amante, se trasladó a Polonia, en medio de una gran hambruna, de la que sólo se libraban los frailes mendicantes que tendían su mano a los poderosos. Aquella mujer, sola y sin dinero, vio en la sotana del monje recién fallecido, un medio de supervivencia, y con aquellas ropas se puso a predicar. Lo hizo con tanto éxito que empezaron a organizarse peregrinaciones para escuchar sus sermones.

La mujer terminó teniendo su propia iglesia y fue nombrada obispo y, después, cardenal. Y en el año de 855, al morir el papa Leon IV, de especial rudeza, el cónclave decidió dar un giro y elegir a la mujer, que tomó el nombre de Juan VIII al acceder al solio.

Durante su reinado temporal, la papisa quedó embarazada de un miembro de su guardia personal. Al principio, pudo disimular su estado grávido, pero con el correr de los meses se hizo tan evidente que comenzó a eludir sus apariciones públicas. En la festividad del Corpus, Juana se vio obligada a asistir a la tradicional procesión, ocultando su enorme vientre bajo la vestimenta. Fue en ese momento que le llegaron las contracciones y tuvo que dar a luz en ese lugar, mientras seis cardenales la asistían.

Según una leyenda, y a manera de epílogo, los romanos la ataron de los pies a un caballo que la arrastraría mientras era lapidada. Otros aseguran que terminó sus días recluida en un convento con su hijo.

Supuesta historia
Antes de la reforma, esta historia formaba parte de las crónicas y era reconocida por el Vaticano, tanto así, que el papa Leon IX envió a mediados del siglo XI una carta al patriarca de Constantinopla informándole, que “una mujer ocupó el trono de los pontífices de Roma.

El cronista Gotfried de Viterbo, secretario de la Corte Imperial, en su obra El Pantheon (1815), incluye una nota después del papa Leon IV donde especifica que “Juana, el Papa femenino, no se considera”. En la crónica que hace Jean-Charles de Fontbrune de los papas hace figurar a Juan VIII en el período comprendido entre 872 y 882 con cuatro papas que le precedieron entre ella y Leon IV. En este recuento, aparece Benedicto III como el sucesor de Leon IV.

En el año 1265, el historiador dominico Martinus Polonus, no tiene inconveniente en relatar en su Crónica de Papas y Emperadores, la historia de la papisa Juana, pese haber sido capellán y penitenciario del Santo Padre. Estar en este cargo le permitió el acceso a los archivos vaticanos, donde pudo comprobar la anotación de Anastasio, el bibliotecario, un estudioso que participó en las intrigas vaticanas de la época.

Pero durante la reforma, algunos protestantes sacaron de nuevo a la luz la historia de la papisa Juana para zaherir a la Iglesia, por lo que Clemente VIII (Papa de 1592 a 1605), mandó sustituir el busto de Juana por el del papa griego Zacarías (Papa de 741 al 752), en la catedral de Siena.

La historia de la papisa Juana surgió a modo de sátira a la venenosa influencia femenina que durante el siglo X se produjo sobre el papado. Los padres de la intriga vaticana aprovecharon la confusión reinante en torno al sucesor inmediato de Leon IV, que no es mencionado en el más antiguo ejemplar conocido del Liber Pontificales. En efecto, los contados cronistas que hablan de Benedicto III, le atribuyen un físico atractivo y una marcada aversión por aparecer en público. ¿Habría la Iglesia rebautizado a Juana (Juan VIII) por Benedicto III y le dio a otro papa el nombre de Juan VIII?

Intrigas vaticanas
La raíz de la leyenda hay que buscarlo en el siniestro dúo formado por la senadora Teodora y su hija Marozia, que manejaron siete papas a su antojo, desde el año 904 hasta el 935. Gracias a las intrigas de Teodora, ocupó la silla de San Pedro, Sergio III (904 al 911), con el que Marozia tuvo un hijo a los 15 años de edad. Después de la muerte de este papa, fue elegido Anastasio III, un hombre íntegro al que Teodora mandó asesinar, para después manipular a su sucesor, Landón. A la muerte de este, hizo elegir a Juan X, su antiguo amante, quien posteriormente fue encarcelado y luego mandado matar por Marozia. Gracias a las intrigas de ésta, fueron elegidos sucesivamente, y asesinados posteriormente por encargo suyo, Leon VI y Esteban VII. Finalmente, Marozia logró que el hijo que tuvo con Sergio III fuese elegido Papa a sus 21 años, conocido con el nombre de Juan XI.

La ruta nefasta
Hay un tramo romano, entre el Coliseo y la basílica de San Pedro, que se dice trae malos augurios a los papas. En realidad, los Santos Padres evitan esta parte de la procesión desde San Pedro a Letrán, porque según la tradición en dicho lugar fue a parir la papisa Juana, y una estatua recordaba el suceso. En la segunda mitad del siglo XVI, Pío V ordenó arrojar al río Tíber esta efigie, cuando trascendió la fuerte impresión que le causo a Lutero en 1510 ver la escultura de la Papisa con su hijo en su regazo.

Travestidas
La teoría que trata de refutar la existencia de la papisa Juana pretende que una mujer no habría podido esconderse durante tanto tiempo bajo los ropajes masculinos, pero ignora que hubo numerosas santas y beatas que vivieron de incógnito vistiendo atuendos masculinos hasta su muerte. Este fue el caso de tantas santas, que la iconografía sagrada ha creado un grupo especial para ellas llamado monacopartenia.

Algunos ejemplos de santas vestidas de hombre fueron las santas Eufrósina, Pelagia, Margarita, Marina, Teodora y Eugenia. Ésta última terminó siendo abad con el nombre de Eugenio.

La infame Silla Gestatoria
Se dice que para evitar otro caso de Papisa, entre los años 1000 y 1513 la Iglesia hacía posar a los nuevos pontífices en un asiento de mármol rojo, horadado en su centro en su centro, que estaba emplazado en el palacio de Letrán, con la finalidad de que un diácono pudiera palpar los genitales del recién electo. Recibía el nombre de silla gestatoria. El encargado de tal cometido, después de confirmar el sexo del sumo pontífice gritaba en latín: “¡Tiene!”, y los presentes coreaban “¡A Dios gracias!”

La Iglesia niega que este procedimiento se haya realizado nunca. Sin embargo, numerosos testimonios lo confirman y en el Museo de Louvre de París se conserva una silla gestatoria vaticana, de factura muy parecida a un excusado de los antiguos baños públicos romanos.

El Tarot y la Papisa
La leyenda de la papisa Juana fue tan popular en el medioevo que este personaje fue incluido en el diseño del primer naipe adivinatorio, el Tarot de Marsella. También conocido como la Papisa y la Sacerdotisa, se corresponde con el segundo de los arcanos mayores. A la Papisa le tocó el número 2 porque según los pitagóricos, que interpretaban los números  como entidades teológicas, dicho número es femenino debido a que “al parir, la mujer se divide en dos”.

 

 

 

Ref Revista Año Cero

 

PRONTO: Ya llega el Diario perdido de Alessa.

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