El Diario Perdido de Alessa 2

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Abril 2. La cometa roja fue regalo de Claudia. Se la compró su padre y la dejó sobre un escritorio. Supuse al principio que era para alguno de los niños del orfanato, hasta que leí la tarjeta. “Para Alessa G. Que nunca dejes de ser niña”.

“Vamos a volarla”, dijo un niño todo alborozado. Miré el montón de grandes libros bien acomodados que me dijo mi madre que tenía que estudiar. Pero el día estaba tan perfecto para jugar con cometas, lleno de sol y viento, que todos nos fuimos al parque deportivo.

Mis compañeros trataban de obligar a la cometa a que se dejara atrapar por los evasivos dedos del viento. “Vamos, Alessa, vuélala. Es tu cometa.” Me animó uno de los niños. Cogí la cuerda y empecé a trotar tímidamente mientras los demás chiquillos me aclamaban. De pronto, una ráfaga aprisionó al artefacto, que se elevó aún más. Todos reíamos.

Los momentos que pasé con la cometa en alto despertaron en mí un renovado espíritu infantil. Ya no deseaba crecer, ni ser adulta. Quería seguir siendo niña toda la vida. Con tantas tareas, estudio y trabajos que me encomienda mi mamá, sentí que se habían sepultado mis ánimos de niña. Recuerdo haber leído en algún libro que la carencia de espíritu infantil suprime nuestra capacidad de ser sencillos, espontáneos, conscientes, confiados y abiertos a la vida.

Cuando regresaba a la iglesia Balkan se me escapó la cometa de las manos y cayó en medio de la calle. Un hombre bien vestido que pasaba por ahí se detuvo a mirarla y alargó la mano para recogerla. De pronto se aflojó la corbata y dejó su portafolios en el suelo. Cuando llegué a donde él estaba me dijo: “Eres una niña muy lista. Se nota que eres muy especial”. Cruzamos palabras durante un muy breve tiempo y me dio la cometa antes levantar su portafolios y darse media vuelta para marcharse.

Ese hombre se veía muy recto y amable. Era delgado y con voz carraspienta. Muy elegante en su traje oscuro. Lo vi subirse a su coche y arrancar en dirección al Puente Orridge. Es posible que trabaje en alguno de los edificios de Silent Hill central, aunque no se en cual. Probablemente me lo llegue a topar de nuevo alguna vez. ¿Como dijo que se llamaba? Ka… Kau… ¿Kaufmann?

Abril 8. Miro mi colección de mariposas y pienso que haberles quitado la vida para exhibirlas, simplemente por su belleza, es un pecado. Me llama la atención que siguen siendo bellas aún después de muertas. Me hace pensar acerca de la muerte y su significado.

Abril 9. Naturalmente, reconozco que cualquier profesión de fe que haga yo, estará dictada, en parte por el hecho de que soy muy joven. En años anteriores, quizá hubiera expresado las cosas de diferente manera, y  estoy segura que en el futuro, pasará lo mismo. Ahora, la perspectiva de la muerte lo eclipsa todo. Soy como una persona que en un viaje marítimo se acerca a su destino. Cuando me embarqué me preocupaba saber si me darían un buen trato en el barco. Las consideraciones no tienen importancia, ahora que pronto desembarcaré.

Abril 12. No creo que la vida terrenal pueda traer consigo ninguna satisfacción perdurable, la idea de la muerte no me aterroriza. Pero el mundo que deberé abandonar me parece más hermoso que nunca: el césped y los árboles, los riachuelos y los cerros ondulantes, donde la imagen de la eternidad está impresa más claramente que en las calles y las casas.

Abril 16. Creo que la vida es un don precioso; que el espíritu que la anima es de amor, no de odio; de luz, no de tinieblas. Como creo firmemente que la vida ha sido concebida no maligna, sino benévolamente, sé que cuando estos ojos ya no vean, cuando esta mente ya no piense más y esta mano con que ahora escribo se halle inerte, sé que lo que está allá afuera, será igualmente benévolo.

Mayo 1. Claudia me preguntó por qué me gusta garabatear cosas en mis libretas para dibujos. Comentó que, para ella, era una pérdida de tiempo. Una vez dibujé un lobo en el salón de clases como homenaje a mi amiga Claudia, porque su apellido es Wolf. A mi maestro le gustó tanto que colgó el dibujo en el pizarrón junto a los de mis otros compañeros. A veces Claudia suele comportarse de manera hosca. Puedo decir que casi se parece a su padre en su trato a los demás. A pesar de todo, es mi mejor amiga.

En ninguna ocasión he visto a Claudia que haga un dibujo bonito. Una vez dibujó a un monstruo que parecía un hombre con alas y cuernos. Me dio mucho miedo. Aún conservo ese dibujo.

Mayo 3. Ahora que estoy sola me pongo a pensar: Dibujo para expresar mis sentimientos. Cuando tengo un disgusto me encierro en mi alcoba y me pongo a dibujar hasta que me siento más tranquila. Es una actividad que me levanta el estado de ánimo. Las figuras de mis cuentos hablan poco pues las palabras están todas en mi mente. Yo les digo lo que tienen que hacer y entonces me siento como la soberana que gobierna su reino.

Junio 3. Me gustaría vivir siempre con la edad que tengo ahora. Me inquieta mucho pensar que llegará el tiempo en que iré a la universidad y tendré grandes problemas. Quisiera ser todo el tiempo una niña porque sé que siempre hay alguien que me protege. Siento miedo de envejecer y no poder correr como ahora, ni volar cometas.

Junio 4. Me gusta levantarme por la mañana y salir a la fresca mañana del nuevo día. Ver en el parquecillo a los jardineros que recogen las hojas de los árboles caídas la noche anterior. ¿Qué da su encanto a una mañana? ¿La pureza del aire, la frescura de la brisa, el fulgor azul del cielo? No lo sé, pero la mayor parte de ese hechizo está en los ojos del espectador. Por la mañana mis sentidos están más aguzados.

Junio17. A muchos niños de la escuela les gusta coleccionar estampillas, llaveros o monedas raras. A mí me gusta coleccionar libros de cuentos. En mi pequeña biblioteca, cerca de los libros raros de mamá (su colección es de libros con símbolos y dibujos raros) tengo reunidos los libros de Alicia en el País de las Maravillas, Cenicienta, Blancanieves, el Mago de Oz, entre otros. Algunos fueron obsequios, otros los compré yo en la Librería de Andy con el dinero que me regalaban. Aunque eran usados, podía leerlos sin ningún problema. Siempre encontré fascinación en imaginarme dentro de ese mismo mundo que se describe en la narración.

Antes de dormir, enciendo la lámpara del buró que está cerca de mi cama, arreglo mi almohadón y me recuesto con comodidad en la cama. No importa cuántas veces haya leído una historia. Me gusta regresar a ese mundo de imaginación y compartir las experiencias de los personajes.