El Diario Perdido de Alessa 4

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Agosto 6. Mi madre había dejado de ponerme la mano encima. El año pasado empezó a darme de manazos y pellizcos cuando hacía travesuras. Me dejaba marcas visibles que no pasaron inadvertidas a mi maestra Kimberly Gordon. Pero hoy lo hizo de nuevo. A pesar que la mesa directiva de la escuela le había advertido que si yo volvía a la escuela con marcas o cicatrices se verían obligados a reportarla a la policía. Pero yo no tuve la culpa de nada. Juro que el jarrón favorito de ella se desplomó solo, sin que nadie lo tocara. Únicamente Claudia me creyó.

Todo comenzó cuando uno de los niños de la escuela me acuso con la maestra Gordon simplemente porque le di un manotazo. No me gustó que me tocara el cabello, así que me defendí. La maestra me puso en la esquina cercana a la puerta, viendo a la pared, durante el recreo. Cuando llegué a casa vi que uno de los perros de la calle había tomado una de mis muñecas favoritas a través de la ventana abierta y la estaba destrozando. Solté un gritó de rabia y en ese momento el jarrón verde comenzó a vibrar violentamente, hasta que cayó al suelo haciéndose añicos. Para mi mala fortuna, mi madre iba pasando por el lugar y creyó que lo hice a propósito. Tomó mi mano y la golpeó fuertemente gritándome que no lo volviera a hacer. “¡Yo no hice nada!”, le espeté.

Agosto 7. En la escuela, por la mañana, el niño se me acercó y me dijo que no había sido su intención molestarme, y mucho menos que la maestra me castigara. Que se sentía arrepentido y quería que lo perdonara. Así lo hice. Cuando entramos al salón juntos, todos los niños empezaron a corear: “¡Alessa y Stanley son novios! ¡Alessa y Stanley son novios!” Ambos no sentamos avergonzados por ese episodio y no volvimos a mencionar lo que pasó ayer.

Agosto 8. Llegué al salón y fui a sentarme en mi pupitre. Lo que vi encima del asiento me asombró. No se como Stanley se enteró, aunque creo que fue Claudia quien lo puso al tanto. A veces Claudia suele ser tan entremetida que me da náuseas. Así y todo, es mi mejor amiga. La considero casi como mi hermana. Solo a ella le cuento mis secretos, aunque en esta ocasión, creo que se pasó un poco de la raya. Al otro extremo del salón pude ver a Stanley, con una amplia sonrisa en los labios.

Antes de sentarme, levanté la muñeca de vestido rojo y la guardé en mi mochila. Había una nota adherida al vestido escrita con muy mala letra y peor ortografía: “Cada ves que ze te rompa una muñeca, yo te comprare otra”.  Pude notar la mirada escrutadora y la sonrisa satisfecha de Stanley.

Agosto 10. Hoy ocurrió algo de lo más extraño que estoy segura que nunca se lo voy a mencionar a Claudia.

Me desperté de mi siesta para comenzar a hacer mis deberes escolares. Al levantar mi mochila, pude escuchar a una persona hablando con mi madre. Al parecer discutían por algo. Me encaramé al borde de la escalera y comencé a subir despacio y silenciosamente para que no me descubrieran. Rogaba al cielo que las tablas de madera de los escalones no crujieran bajo mis pies. Agucé el oído y solo pude escuchar una serie de palabras sin conexión unas con otras. O al menos eso me parecía: “Su inteligencia está por arriba del promedio”, decía mi madre. Quizá se refería al hecho de que ayer me llevó a ver a un doctor que me ponía pruebas escritas y con objetos y me hacía muchas preguntas. Mis respuestas no dejaba de anotarlas en un pequeño bloc verde. “Se acerca el día”, decía la voz de hombre, “tienes que prepararla”. “Todo a su tiempo, no hay que apresurar las cosas”, era la respuesta de mi madre.

Escuché como se levantaban de sus sillas y, antes de que salieran por la puerta, bajé tan rápida y silenciosamente como pude. Estoy casi segura que la voz masculina provenía del hombre que me devolvió mi cometa caída.

Agosto 12. Mi madre fue a recoger un paquete al Indian Runner. Platicó un rato con el joven del mostrador y después salimos. Como traía hambre, mi madre resolvió la situación llevándome al café 5to2. Nos sentamos a la barra y pedí una malteada con un emparedado de jamón y mayonesa. El ruido de la máquina de pinball no cesaba y mi madre no dejaba de remolinearse en el asiento. Mientras ella tomaba su café yo me quedé de pronto ensimismada viendo una fotografía de lo que parecía ser una virgen. Lo que me asombraba de la imagen era que parecía llorar lágrimas de sangre. Dejé a un lado los restos del emparedado y apuré mi malteada. Salimos del lugar. Le pregunté a mi madre el significado de la fotografía y ella solo dijo que no me preocupara por ello.

Agosto 14. Después de la escuela fue a visitarme Claudia. Cuando la vi me di cuenta que había llorado mucho. Tenía los ojos tan hinchados que parecía un mapache. Le pregunté qué había pasado y solo contesto: “Nada. Y no te metas en lo que no te importa”. Me quedé callada y me senté en el borde de la cama. Al poco tiempo, se le llenaron los ojos de lágrimas y cojeando se acercó a donde estaba yo y me abrazó. Yo la rodeé con mis brazos y ella se soló a llorar. Claudia se levantó un poco la falda y dejo ver un gran moretón en el muslo izquierdo. Yo sabía que su padre era el culpable. Una vez le vi darle una bofetada a mi amiga. A veces siento odio por ese hombre por abusar de quien no puede defenderse.

“Otro día de faltar a la escuela”, dijo entrecortadamente. Yo ya sabía que cuando su padre la golpeaba, ella tenía que llevar mangas y faldas largas para ocultar los moretes. Algún día alguien le dará una lección a ese horrible hombre.

Agosto 15. Mi madre y yo volvimos al Indian Runner. Pero esta vez era el dueño del lugar quien la atendió. Mi madre se volteó hacia mí y me dijo que saliera a jugar. Se sentía el olor a tierra mojada. El césped estaba muy fresco y me recosté un momento.

Después de un rato, me acerqué a la ventana del local y pude ver que tanto mi madre como el hombre hablaban fuerte. Aunque yo no podía escucharlos, vi que manoteaban al aire violentamente. Finalmente, el hombre recogió algo que le dejó mi madre cerca de la caja registradora ?una especie de sobre?, y lo metió en alguna parte debajo del mostrador. Le mostró la llave a mi madre y ella se dio media vuelta para salir del lugar. “Va a empezar a llover. Vámonos ya”, dijo con el semblante rojo y sombrío. Me tomó de la mano y jaloneándola me subió al coche.

Desde la ventana de mi cuarto observé cómo después de la lluvia se levantó una niebla espesa. Eran casi las 7. A lo lejos pude ver la luz del faro rasgando el muro neblinoso. Algunas barcas atracaban cerca del muelle, mientras que otras eran amarradas porque sus ocupantes desistían de salir al mar si no podían ver más allá de sus narices.

Agosto 26. Hoy le noté a Claudia un cabello gris. No era una cana como las que le salen a mi madre. Era distinto. Se lo mencioné diciéndole que se estaba volviendo vieja. Ella rió y me dio una palmada en la espalda. Me dijo que me traía un regalo y que deseaba que lo recibiera. Era un libro: El Mundo Perdido de sir Arthur Conan Doyle. ¡Y venía con ilustraciones! Le agradecí el detalle a mi amiga y bajamos las escaleras para prepararnos chocolate con leche fría en la cocina. Claudia me platicó que había adquirido el libro en la librería de Andy por un dólar con cincuenta centavos. Estoy segura que tardó en ahorrar el dinero para comprarlo. Esa misma noche comencé a leer mi nueva adquisición.

Agosto 28. “Si se portan bien tú y Claudia, las llevaré la próxima semana al Parque de Diversiones para que se entretengan en los juegos”, dijo mi madre. Por alguna razón que desconozco, se encontraba de muy buen humor. Ahora que lo pienso, nunca la había visto así de feliz. Ojalá siempre fuera de ese modo.

Agosto 30. “Eres una idiota”, me dijo Johnny o’Sullivan sin razón alguna. Un corpulento niño muy mal encarado. No sé cual sea su gran disfunción, pero siempre trata de sacarme de mis casillas.  A veces me esconde mis libros o los útiles escolares. Una vez se puso a morder todos mis lápices. Solo espero ser lo suficientemente paciente como para no darle un puntapié en la espinilla.

 

Continuará