¿Se acabó mi repertorio de temas?

Me andaba paseando por el Blog de la buena amiga Rikku blog y al leer esta publicación  hoy me doy cuenta de su en-ca-bo-ro-na-miento… (Sí, a veces escribo cosas que solo pienso). Ya me lo había dicho ella antes, cuando eres reconocido, puedes volverte víctima de la calidad de tu propio trabajo. Hay que tomar las cosas como se presentan y aceptar que siempre va a existir el copipasteo. Lo que yo pienso es que ya no me voy a preocupar y adoptar la folosofía de no recuerdo qué director de cine que dijo "Uno no es tan famoso ni tan célebre es su película sino hasta que es parodiada en Los Simpson".

Cuídense todos en estas vacaciones de Semana Santa que quiero verlos de regreso sanos y salvos.

Parasite Eve II y la Calavera de Cristal

Calavera de Cristal de sudamérica. Como attachment energiza la munición en un 20%. Esto incluye a la Tonfa. Usada desde el inventario incrementa el poder de la Energía Parasitaria de Fuego. La obtienes tras matar al jefe Diver Tláloc en el Observatorio Subacuático.

Lo anterior es la descripción de la Calavera de Cristal que encuentras en la mayoría de las guías de Parasite Eve II. El error es que la relacionen con Tláloc, el dios de la Lluvia entre los antiguos mexicanos de América Central, cuando dicen que es de América del Sur, lo que es “verdad”. Para poner este objeto místico en el juego, los diseñadores se basaron en la leyenda de las Trece Calaveras de Cristal, tema que después se trataría en la película Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal.

La leyenda
Según la tradición existen trece Calaveras de cuarzo de las que no se tiene la más mínima idea de donde provienen y que se supone tienen milenios de antigüedad. Poseen poderes místicos, sanan de enfermedades variadas y que cuando están todas reunidas sus poderes se sinergizan. El más famoso de estos cráneos es la llamada Calavera del Destino, descubierta al sur de Belice en la ciudad maya de Lubaantún, el primero de enero de 1924, por la hija adoptiva de Frederick Albert Mitchell-Hedges, un inglés al que le gustaba irse de aventuras.

Hasta el momento hay varias en manos de coleccionistas privados,  una en el Museo Británico, otra en el Museo Quai Branly de París y una última en el Museo Smithsoniano, y todas coinciden en que fueron fabricadas de cristal de roca puro y no presentan huellas de herramientas. Pareciera que fueron moldeadas y no talladas. Además de creer que la suya permitía la habilidad telepática, Mitchell-Hedges aseguraba que era obra de los Atlantes.

Las Calaveras miden 13 centímetros de altura, 18 de largo y pesan alrededor de cinco kilos. Está hecha de dos bloques de cuarzo: el cráneo propiamente dicho y la mandíbula inferior. Los seguidores de la corriente de la Nueva Era consideran mágicos estos artefactos y los científicos no pudieron examinarlas hasta recientemente.

Según la tradición moderna, las Calaveras de Cristal tienen la capacidad de amplificar los poderes telepáticos latentes en los humanos, sanar enfermedades, variar su color dependiendo de las posiciones planetarias. Todo lo anterior nunca se pudo comprobar con los nuevos procesos de investigación. Sí, son muy bonitas, pero ni son de origen extraterrestre, ni tienen poderes fuera de la capacidad piezoeléctrica inherente a cristal de cuarzo.

La verdad

Los modernos exámenes científicos han fechado todas estas reliquias ubicándolas en el siglo XIX, así que podemos descartar a los Atlantes y a los antiguos mayas coimo sus creadores. Hasta mediados de los años 90 del siglo pasado, el Museo Británico catalogo su pieza como “probablemente azteca, de entre 1300 y 1500 años”; sin embargo, en 1996, se descubrió gracias al uso del microscopio electrónico huellas de torno de joyero y ahora cuelga la etiqueta: “probablemente europea, del siglo XIX”.

En mayo de 2008 se supo que para fabricar la Calavera que está en el Smithsoniano se utilizó como abrasivo el carburo de silicio, un compuesto químico que no se sintetizó hasta 1890. Incluso la de Mitchell-Hedges reveló el uso de herramientas relativamente modernas.

La realidad es que no hay constancia de que la Calavera del Destino estuviera en Lubaantún. Hay quien menciona que el aventurero inglés la ocultó en ese lugar para que su hija la encontrara como regalo de cumpleaños tras habérsela comprado por 400 libras a Sydney Burne en 1944. El tal Burne ya la tenía en su poder desde 1936 y un año antes de venderla a  Mitchell-Hedges había intentado subastarla sin éxito. Es muy posible que todas las Calaveras de Cristal fueran fabricadas y vendidas por un francés de nombre Eugène Boban quien a la sazón ya era un renombrado falsificador.

 
Dan Aykroyd, junto con un asociado, fundó una compañía, la Crystal Head Vodka donde vende su licor en pequeñas calaveras de cristal.
 
Fuente: Muy Interesante: Mentiras de la Historia

El implacable Kurdaitcha

En 1953, un aborigen llamado Kinjika fue llevado en avión de su nativa Tierra Arnhem, en el Territorio del Norte australiano, a un hospital de Darwin, la capital. No había sido herido ni envenenado, no padecía ninguna enfermedad conocida, pero se hallaba moribundo. Kinjika sobrevivió cuatro días entre grandes dolores y al quinto murió víctima del hueso asesino, un método de ejecución —o asesinato— que no deja huella y casi nunca falla.

El muerto era miembro de la tribu de los maillis y había quebrantado una de las leyes que regulaban las relaciones incestuosas. En consecuencia, fue convocado ante un consejo tribal, se negó a acudir y fue condenado a muerte en ausencia.

Kinjika huyó entonces de su tierra, y el verdugo de la tribu, el mulunguwa, hizo y "cargó" ritualmente el hueso asesino o kundela. El hueso suele ser humano, de canguro o de emú, pero también puede hacerse de madera. La forma varía de una tribu a otra. La mayoría tienen de 15 a 22 centímetros de largo, afilados por un extremo y raspados hasta darles una tersa redondez. Al otro extremo se sujeta una trenza de pelo, por medio de un agujero o con una goma resinosa sacada de un arbusto australiano. Para resultar eficaz, el kundela debe ser cargado con poderosa energía psíquica, en un complejo ritual que debe llevarse a cabo sin el menor defecto. El proceso es secreto para las mujeres y para cuantos no son miembros de la tribu. Si el condenado ha huido de su aldea, el hueso cargado es entregado a los kurdaitcha, asesinos rituales de la tribu.

Los kurdaitcha deben su nombre al calzado especial que llevan cuando dan caza a un condenado. Está hecho de plumas de cacatúa y pelo humano, y prácticamente no deja huella. Los cazadores se visten con pelo de canguro, que pegan a su piel untándosela antes con sangre humana, y se ponen máscaras de plumas de emú. Suelen actuar en grupos de dos o tres, son implacables y persiguen a su presa durante años si es necesario.

Cuando al fin acorralan a su hombre, se acercan a unos cuatro o cinco metros y uno de ellos, doblando la rodilla, empuña el hueso y lo apunta como una pistola. Se dice que en ese instante el condenado queda paralizado por el miedo. El kurdaitcha finge asestarle una estocada con el hueso y emite un canto breve y penetrante. Después, él y sus compañeros de cacería se retiran, dejando solo al "señalado". Cuando vuelven a su aldea, el kundela es quemado en una ceremonia. El condenado puede vivir todavía algunos días o semanas; pero sus parientes y los miembros de cualquier otra tribu a la que pueda ir (que sin duda sabrán ya que ha sido señalado), convencidos del poder fatal del kundela, lo tratan como si ya estuviese muerto.

La carga ritual del kundela crea un doble psíquico del hueso —una auténtica "lanza mental"— que traspasa al condenado cuando le apuntan con él. Una vez "alcanzado", su muerte es segura, como si lo hubiese atravesado una verdadera lanza.

El kundela es utilizado por ciertos aborígenes australianos en las ceremonias de iniciación, contra los enemigos y contra quienes quebrantan las leyes tribales. Dentro de esos ámbitos su poder es temible. Al parecer, sólo se sabe de una persona que haya sobrevivido, tras ser condenada a morir por el hueso, sin que interviniese la medicina del hombre blanco.

Ese hombre, Alan Webb, un aborigen puro de la tribu de los aruntas, había matado a otro miembro de la tribu durante una pelea por un rifle. En abril de 1969, el tribunal encontró que Webb había sido atacado y el rifle se había disparado accidentalmente, por lo que fue declarado inocente de la acusación de homicidio. Hecho público el veredicto, a Webb lo esperó a la puerta de la sala de audiencia una delegación de su tribu. Le dijeron que el juicio de los blancos carecía de valor y que tendría que ser juzgado por sus iguales según la costumbre tribal.

Webb sabía de sobra cuál iba a ser el veredicto. Había matado a un miembro de su propia tribu y en consecuencia debía morir. Se apresuró a abandonar Alice Springs y fue condenado a muerte in absentia por los aruntas.

Esta vez el kurdaitcha tuvo una tarea más difícil que de costumbre. Su presa manejaba una camioneta y vivía en ella con su mujer, dos hijos y tres perros. Dormía con un rifle al lado, esperando ser despertado en cualquier momento por el ladrido de los perros. En 1976, fecha de la última información disponible, Alan Webb había conseguido eludir al kurdaitcha durante siete años, y se ganaba la vida trabajando a salto de mata y marchándose en cuanto oía que la escuadra de la muerte llegaba en su busca. Es poco probable que alguien haya sobrevivido a una condena a muerte aborigen durante más tiempo. Pero Webb sabía, y quizá lo sabe aún, que el kurdaitcha nunca abandonaría su persecución; y, aunque vivía al margen de la sociedad blanca, se daba cuenta de que si quienes le daban caza llegaban a acercársele alguna vez lo suficiente para apuntarle con el kundela, sería hombre muerto; asesinado, sin rastro de herida, por algo tan inmaterial como es una lanza mental. (John Godwin, Unsolved: The World óf the Unknown; Ronald Rose, Living Magic.)