Los Espectros de Versalles

Estaba leyendo el libro -muy bueno, por cierto- The Ghost Writer, de John Harwood (que lo compré confundiéndolo con el título de la película de mismo nombre dirigida por Roman Polanski) y me topé en la página 243 ( de la primera edición norteamericana) con lo siguiente: 

“Noté una copia de ‘Una Aventura’ ?que alguna vez llegué a hojear? que trata de dos mujeres que dijeron haberse perdido en los jardines de Versalles y que se encontraron de pronto en el pasado, en el siglo XVIII”.

En ese momento pensé si tal vez el autor se refería a un libro real y me di a la tarea de investigar acerca de ese evento.

La sensación o creencia de que se ha visto un espectro del pasado es en extremo común. Sin embargo, creer que se ha visitado el pasado y que se puedan ver no solo las formas de los muertos, sino también los paisajes es de hecho, muy infrecuente, pero es la base de uno de los más singulares y fascinantes episodios en la historia de la investigación psíquica. 

El relato comienza en la tarde del 10 de agosto de 1901. Dos solteronas inglesas, Charlotte Anne Moberly y Eleanor Jourdain, quienes se encontraban viajando por Francia, visitaron el palacio de Versalles. (Posteriormente, cuando escribieron sus experiencias usaron los seudónimos Elizabeth Morison y Francis Lamont). Ambas eran maestras, educadas y de gran cultura, pero ninguna había tenido interés especial en la historia de Francia en general, o Versalles en particular. Ni tampoco tenían conocimiento o interés previo en materia psíquica o los fantasmas. Eran simples turistas.

Las dos mujeres estaban caminando hacia el Pequeño Trianón, un palacio de menor tamaño en terrenos del palacio principal. El Pequeño Trianón era el lugar favorito de la desafortunada Reina María Antonieta. En ese lugar gustaba de divertirse en un ambiente semirrural. Al llegar al lugar vieron una pequeña reja y decidieron entrar. En ese momento inició la aventura. En cierto momento, y sin razón alguna comenzaron a sentirse deprimidas; los árboles circundantes se hicieron planos e inanimados “como los de un tapiz”. De pronto, ambas mujeres se remontaron al siglo XVIII. Sin De Lorean, sin máquina del tiempo, ni nada. En un principio no identificaron la naturaleza extraordinaria de aquel evento, y todo les pareció normal. “A nuestra derecha vimos unas construcciones de granja que parecían abandonadas; los implementos estaban tirados; miramos dentro, pero no vimos a nadie. La sensación era de tristeza; pero no fue hasta que llegamos a la cima del terreno inclinado donde había un jardín, que comenzamos a sentir como si estuviéramos perdidas y algo estuviera mal”.

Las dos mujeres sintieron la atmósfera cada vez más opresiva. Los edificios y jardines parecían de alguna forma irreales, como si fueran parte del decorado de un escenario. Al extremo de una senda flanqueada por alquerías, se acercaron a dos hombres de librea verde (especie de abrigo largo) y sombrero de tres picos. Ellas les preguntaron el camino para salir de ahí y recibieron como respuesta que siguieran de largo por el sendero. Como había cerca del lugar una carretilla y una pala, las mujeres pensaron que eran jardineros. Uno de los hombres era joven y el otro viejo. Por el camino, vieron una choza; en la entrada estaban una mujer y una jovencita con vestidos extraños y pasados de moda.

Pasaron por un bosquecito en el que se hallaba un pequeño edificio circular semejante a un estrado de orquesta al que llamaron quiosco. Detrás de éste vieron sentado a un hombre moreno con cicatrices de viruela en el rostro y que portaba un sombrero de ala ancha y un manto grueso oscuro. Las dos comentaron que su expresión facial era vaga y, al mismo tiempo, de extrema “malignidad”. Ambas sintieron miedo de pasar junto a él. Una recuerda: “la misteriosa sensación inicial culminó en una clara impresión de algo sobrenatural”.

Se escuchó entonces el rumor de unos pies que corrían, aunque nadie andaba por allí. De repente, un joven bien parecido, con sombrero de ala ancha y zapatos de hebilla, surgió de la nada y se ofreció a mostrarles la salida hacia el frente de la casa. Por lo rojo de su cara, parecía haber hecho un trabajo arduo. Antes de que pudieran darle las gracias, éste desapareció. Posteriormente vieron a una mujer parada junto a una puerta y que llevaba un vestido de pañoletas blancas hasta los tobillos. Cruzaron después un puente rústico sobre una pequeña hondonada donde caían hilos de una cascada, y penetraron en un jardín dominado por una casa campestre. Una de las mujeres insistió en que vio a una mujer, con un vestido de amplio escote, dibujando sentada en el jardín. La otra mujer declaró no haber visto a nadie.

Una escalinata las llevó a una terraza. Un joven que salía de un edificio contiguo azotó la puerta al cerrarla y les indicó que regresaran al Pequeño Trianón. Cuando llegaron ahí, ambas mujeres sintieron que habían regresado al siglo XX.

Perplejas como estaban, no tenían prisa por contar lo sucedido. Por extraño que parezca, ellas mismas no se confiaron la desconcertante aventura hasta transcurrida una semana. En la sospecha de que el Pequeño Trianón estuviera embrujado, escribieron por separado sus relatos de aquel paseo, que luego mostraron discretamente a sus amigos más íntimos. Las descripciones fueron bastante similares por lo que decidieron investigar más acerca de Versalles. Durante los dos años siguientes, pasaron muchas horas buscando datos acerca del palacio francés. Llegaron a la conclusión de que habían viajado al pasado a un período poco antes de que la Revolución Francesa derrocara al rey Luis XVI y la Reina María Antonieta. Pensaban que con viejos mapas y descripciones podrían reconstruir con exactitud el lugar donde habían estado ese día. Creyeron penetrar en “un acto de la memoria de la reina en vida”.

Las dos mujeres tenían la certeza de poder identificar a las personas que pertenecieron a aquella época y lugar. El hombre de las viruelas, ¿No sería el sospechoso conde de Vaudreuil, el amigo criollo de la Reina, que a menudo se encontraba de visita en el palacio? Y el joven bien parecido, ¿no sería el cortesano que, jadeante, llevó a la soberana la noticia de que la multitud se acercaba desde Paris? Y aquella dama que dibujaba, ¿no sería la misma María Antonieta? Según la única de las mujeres que la vio, comentó que guardaba un enorme parecido con un retrato de ella. Con los datos obtenidos, las dos mujeres llegaron incluso a fijar la fecha a la que arribaron: 5 de agosto de 1789.

El 4 de julio de 1904, las dos visitaron Versalles de nuevo queriendo repetir la aventura. Sin embargo, nada era igual. Comprobaron que las veredas que recorrieran aquel día no existían ya. De algunas construcciones y aparentemente habitadas (como la choza donde vieron a la mujer y la muchacha) no quedaban ni rastros. No había jardineros, ni quiosco, ni puente rústico, no hondonada, ni caída de agua. Donde una había visto a la mujer dibujando, se encontraba un feo matorral y un paseo de grava. En la casa campestre no consiguieron reconocer la escalinata por la que habían subido a la terraza; y la puerta que el joven azotó estaba atrancada, cubierta de herrumbre y telarañas. Tan desconcertante aventura se hubiera perdido para siempre de no ser porque las dos mujeres finalmente escribieron su experiencia en Versalles en un libro llamado An Adventure. Por temor a las burlas firmaron su obra con seudónimos.

Durante años el libro, que desde su aparición fue un éxito de librería, fue blanco de críticas de los escépticos. Y cuando se reveló la identidad de las autoras en 1931 (la más joven ya había fallecido y a su amiga le quedaban 6 años de vida), aumentó la controversia sobre su autenticidad, pues una, Ann Moberly, que tenía 55 años en 1901, era hija de un obispo protestante y directora del Colegio de Saint Hugh, en Oxford; y la otra, Eleanor Jourdain, de 38 en aquel día de agosto, también era hija de un clérigo y sucedió a Moberly como directora de Saint Hugh. Hubiera sido difícil imaginar a dos mujeres más sensatas y dignas de confianza.

Lo importante aquí es que no existe evidencia que confirme lo que Moberly y Jourdain dicen que vieron. Solo se puede creer en su palabra, pero la mayoría de las personas que han estudiado el caso la han dado por buena. Ambas eran personas respetables que nunca trataron de ganar fama o dinero por medio de su experiencia. Jamás hubo sospecha de que alguna fuera una mentirosa habitual o tuviera algún desequilibrio mental.

A partir de esto, fue posible analizar la aventura a la luz del carácter de las protagonistas. Realizó esta tarea la escritora y locutora Lucille Iremonger, en la obra The Ghosts of Versailles publicada en 1957, justamente después de que la quinta edición de An Adventure había vendido más de cien mil ejemplares.

Y aunque la escéptica Iremonger no se atrevió a desacreditar por completo el relato, si dejó establecido que ambas mujeres habían tenido vivencias psíquicas antes de los de Versalles, lo cual desilusionó a muchos que las consideraban académicas serenas y desinteresadas. También demostró que las investigaciones habían sido apresuradas y superficiales, y puso en duda la probidad de Eleanor, al divulgar que se había visto comprometida en un escándalo en Oxford. Varios investigadores de lo psíquico hicieron un hallazgo provocativo: la descripción de los jardines reales concuerda más con el Versalles de 1770 que con el de 1789. Ningún plano contemporáneo incluye un quiosco en el Pequeño Trianón de 1789; en cambio, un documento fechado en 1776 menciona un “pabellón circular” (demolido más tarde) justo donde las mujeres lo habían visto. También se encontraron cimientos de una cabaña (tampoco indicada en los mapas de 1789) donde la señorita Jourdain afirmó haberla visto. Y los dos jardineros reales podrían ser identificados como Claude Richard y su hijo Antoine, quienes vistieron librea verde en los jardines hasta 1774. Los adeptos a los fenómenos psíquicos, acostumbrados a considerar An Adventure como un misterio seductor y persistente, se sintieron intrigados en 1976 por el anuncio de una “explicación racional”. Joan Evans, distinguida historiadora, a quien Ann y Eleanor legaron los derechos de autor de su libro, aseguraba que sus amigas habían visto el ensayo de un tableau-vivant (cuadro vivo) preparado por el conde Robert de Montesquiou y sus amigos, cuya afición por las escenas con trajes del siglo XVIII esta bien comprobada.

La teoría, aunque plausible, no ha puesto fin, en modo alguno a la aventura. Entre sus impugnadores figuró lady Gladwyn, esposa de un ex embajador inglés, en Francia, quien la rebatió punto por punto y puso en tela de juicio la posibilidad del ensayo escénico en el mes de agosto, época del año en que estar en Paris o sus alrededores “equivalía a la muerte social”.

En la década de 1930, un investigador psíquico, R. J. SturgeWhiting revisó el caso. Por medio de cuidadosa investigación concluyó que la descripción del Conde Vaudreuil era muy vaga. Con seguridad que en la historia hay más de una persona con cicatrices de viruela. Pensar que dicho individuo haya sido uno de los turistas que visitaban Versalles el 10 de agosto de 1901 no requiere de mucho esfuerzo de imaginación.

El caso se volvió ?aunque poco se habla de él?, uno de los más interesantes y enigmáticos en la historia de la investigación psíquica. Fue base de la película Miss Morison’s Ghosts (John Bruce, 1981) y de una excelente dramatización para la televisión británica que también se difundió ampliamente en Estados Unidos en 1983 y 1984. Sin embargo, ¿realmente las señoritas Moberly y Jourdain viajaron atrás en el tiempo? ¿Entraron por un agujero de gusano? ¿Cruzaron una puerta transdimensional (razón por la cual ambas entraron y salieron por el mismo sitio)? Los escépticos de la actualidad probablemente clasificarían toda la maravillosa aventura en Versalles como una combinación de identidad equivocada, imaginación demasiado fértil y memoria selectiva.
 

El Lado Oscuro de Bayer

 
 
 En la película “The Fugitive” (Andrew Davis, 1993) con Harrison Ford en el papel de un médico que es acusado de la muerte de su esposa, la compañía farmacéutica Devlin Mcgregor incurre en prácticas poco éticas y deshonestas para poner en circulación un medicamento vascular falseando los datos de patología. Si ustedes piensan que hoy día eso no se da en las principales firmas farmacéuticas, piénsenlo dos veces. 
Lo que sigue, son datos presentados en el libro de Klaus Werner y Hans Weiss Schwarzbuch Markenfirmen: Die Machenschaften der Weltkonzerne. Bayer es una de las empresas más grandes del mundo dentro de la industria química y farmacéutica. En 1925, Bayer se unió a otras empresas químicas para formar la IG Farben. Esta corporación colaboró con los crímenes del nazismo, por ejemplo empleando una gran cantidad de trabajadores extranjeros, prisioneros de guerra y personas sometidas a trabajos forzados; y fabricando el gas Zyklon B, para aniquilar judíos en los campos de concentración. Luego de la Segunda Guerra Mundial, la IG Farben se fragmentó en tres empresas independientes: Bayer, BASF y Hoechst. Según lo denunciado por la Coordinación contra los Peligros de Bayer, las sucesoras siguen sin brindar una indemnización adecuada a las víctimas. Bayer también posee un 30% del paquete accionario de Agfa Gevaert, la empresa belga de fotografía. A comienzos de los años ’80, la división farmacéutica de Bayer ocupó los principales titulares en los periódicos cuando se descubrió que el soborno a los médicos era una práctica cotidiana de la firma. 
En la década del 90, Bayer financió dos grandes ensayos clínicos en los cuales se probó el antihipertensivo llamado nitrendipina (un antagonista de los canales de calcio). Durante años, miles de pacientes no recibieron ningún medicamento eficaz, sino un placebo. Bayer y los médicos involucrados se arriesgaron así a que numerosos pacientes sufrieran ataques de apoplejía o infartos al miocardio. A comienzos de 2001, Bayer  y otras 38 empresas de la industria farmacéutica demandaron al Gobierno sudafricano por violar el derecho de patentes. ¿Cuál era el "delito" de los sudafricanos?: en 1997 habían sancionado una ley que permitía tratar a los enfermos de SIDA con medicamentos
baratos.
H. C. Starck, una filial de Bayer, produce y comercializa polvos metálicos y cerámicos (entre otros, tántalo) Este metal desempeña un papel clave en la fabricación de teléfonos celulares, computadoras y otros productos de alta tecnología. Alrededor de una quinta parte de las existencias mundiales se obtienen en el Congo –por lo general en condiciones inhumanas– a partir de un mineral llamado coltan. El tántalo es un elemento metálico raro que tiene como símbolo químico Ta. En la naturaleza, aparece principalmente como pentóxido de tántalo (tantalita, Ta2O5) junto con el niobio (columbita, Nb2O6). En el Congo, la combinación columbita-tantalita es denominada en forma abreviada como coltan.
Valiéndose en buena medida de intermediarios, la filial de Bayer compra aproximadamente la mitad del coltan congoleño. De ese modo contribuye a mantener una guerra que desde 1998 ha costado la vida a 2,5 millones de personas y muestra una absoluta falta de escrúpulos. Bayer es uno de los mayores productores de medicamentos veterinarios. Entre otros productos, comercializa el antibiótico Baytril. Ante su uso, pueden sobrevenir agentes patógenos resistentes, que en los seres humanos ya no son tratables.