El extraño caso del Chevalier d’Eon

 
Charles Geneviève Louise Auguste André Timothée Déon Beaumont ?o d’Éon, como se acostumbraba llamar a la familia? nació el 5 de octubre de 1728, en el seno de una respetable familia de la petite noblesse de Tonerre, Borgoña. De joven había sido enviado a estudiar leyes en París, pero en 1755 se le ofreció un puesto en el servicio diplomático en la embajada francesa de San Petersburgo. Allí, se le confió una tarea importante y secreta. El gobierno Francés estaba alarmado por el éxito del embajador británico, sir Charles Hanbury Williams, que había logrado extender la influencia británica en Rusia a través de sus contactos con personas influyentes de la corte de la emperatriz Isabel. Se le encargó a D’Éon que espiara a Williams, que descubriera sus contactos, y, en caso de ser posible, que encontrara la forma de comprometer su posición con el gobierno ruso.

D’Éon cumplió su encargo con eficiencia; pero cuando estalló la Guerra de los Siete Años pidió ser transferido al ejercito. Se le dio el mando de un regimiento del ejército francés que estaba combatiendo en Alemania en el bando de María Teresa contra Federico el Grande y se distinguió por su valentía en varias misiones. En abril de 1757 participó en la batalla de Praga. Finalmente, Federico obtuvo la victoria, después de que tanto prusianos como austriacos sufrieran grandes pérdidas. D’Éon fue quien llevó la noticia de la derrota al gobierno de París. En el viaje sufrió una caída y se quebró la pierna; pero se la hizo tratar de inmediato y continuó su marcha con la pierna entablillada.

En 1762 comenzaron en Londres las conversaciones entre los gobiernos de Gran Bretaña y Francia para poner fin a la guerra. D’Éon era uno de los miembros de la delegación francesa. Pitt y los Whigs deseaban continuar la lucha en América del Norte y la India hasta que Gran Bretaña y Prusia hubieran derrotado a los franceses y austriacos; pero los tories estaban dispuestos a aceptar una paz de compromiso inmediatamente. Algunos de los líderes tories mantuvieron contactos secretos con el gobierno francés y aceptaron sobornos de parte de éste. A D’Éon se le asignó la tarea de realizar una reunión secreta en Londres con esos tories a fin de pagarles una suma de dinero. Los tories llegaron al poder y firmaron con Francia el Tratado de París.

Después de la guerra, se retomaron las relaciones diplomáticas entre Gran Bretaña y Francia, y D’Éon fue nombrado primer secretario de la embajada francesa en Londres. Luis XV también le otorgó una alta condecoración por su valentía durante la guerra: la Cruz de la Orden Militar de St. Louis. Pero D’Éon estaba en malas relaciones con el embajador, conde de Guerchy, y el odio mutuo creció tanto que finalmente D’Éon abandonó la embajada no sin antes llevarse importantes documentos, entre los que había cartas que revelaban los nombres de los parlamentarios tories y otras figuras influyentes de Inglaterra a quienes D’Éon había pagado sobornos en nombre del gobierno francés. También incluían los planes de una invasión de Francia a Inglaterra, aunque la paz se había declarado antes de que ese plan fuera puesto en marcha.

Guerchy exigió que D’Éon devolviera los documentos. Éste se negó y, después de romper relaciones con el gobierno francés, se dedicó a llevar una vida de caballero en Londres. Sabía que los parlamentarios a quienes había sobornado estarían tan ansiosos como el gobierno francés de impedir que publicara los documentos y tenía la intención de guardarlos por el momento y, más adelante, venderlos al mejor postor. Los parlamentarios tories le ofrecieron 40 mil libras por los documentos, pero D’Éon rechazó la oferta. Tenía la esperanza de obtener más de parte de Luis XV.

Guerchy envió agentes a la casa de D’Éon para que robaran los documentos, pero sin éxito. Luego intentó secuestrarlo y llevarlo a la embajada francesa, pero volvió a fracasar. D’Éon inició una demanda penal contra Guerchy ante un Gran Jurado de Middlesex por tentativa de secuestro; pero Guerchy alegó inmunidad diplomática y el juez la aceptó.

El comienzo del rumor
En esa época comenzaba a circular un extraño rumor en Londres: que el chevalier D’Éon era en realidad una mujer que se había hecho pasar por hombre. El rumor apareció por primera vez en 1764, cuando D’Éon contaba 36 años, pero pasaron cinco años hasta que fue la comidilla de Londres. Indignado, D’Éon negó, y se burló de la sugerencia. Ningún historiador se ha puesto de acuerdo sobre cómo se originó, pero D’Éon estaba seguro de que era producto de la malicia de Guerchy.

D’Éon tenía amistad de muchos nobles y caballeros de Inglaterra, y se puso como objetivo incorporarse a la francmasonería. Presentó su solicitud en la Logia de la Mortalidad, que se reunía en la taberna Crown and Anchor, del Strand; era la logia favorita de los residentes franceses en Londres. Como todas las logias masónicas, ésta había establecido reglas sobre quienes eran elegibles y quienes no. Las personas admitidas como miembros de una logia debían ser “hombres buenos y sinceros, libres de nacimiento, de edad madura y discreta; ni fiadores, ni mujeres, ni hombres inmorales o escandalosos, sino de buena reputación […] Sano y fuerte, ni deformado ni desmembrado al momento de la iniciación, ni mujer ni eunuco”. Este aspecto estaba basado en las reglas de los masones operativos de la Edad Media, que excluían a los lisiados, ya fuera porque serían físicamente incapaces de realizar la tarea de un masón operativo, o por el prejuicio medieval contra los lisiados y jorobados, a quienes se consideraba una manifestación del mal. En la Logia de la Mortalidad nadie dudó de la conveniencia de admitir a D’Éon.

Las apuestas
Un año más tarde el rumor de que D’Éon era mujer ya había corrido como un reguero de pólvora. El tema era la comidilla de todo Londres, y la gente comenzó a hacer apuestas. De inmediato se transformó en una moda apostar al respecto, y en 1769 y 1770 se arriesgaban sumas cada vez más altas. Se decía que la cantidad total que se había apostado respecto del sexo de D’Éon alcanzaba las 120 mil libras. Para evadir las restricciones legales, las apuestas se hacían pasar, de acuerdo con las prácticas habituales, como pólizas de seguro. Se creó una organización que ofrecía lo que ellos llamaban “Pólizas de seguro sobre el sexo de Monsieur le Chevalier (o mademoiselle la chevalière (caballera) D’Éon.

Los que creían que era un hombre se basaban en dos argumentos principales: su historial de valentía como oficial del ejército francés, y el hecho de que era francmasón, porque era de conocimiento general que los francmasones no admitían mujeres. Por otra parte, los que pensaban que era mujer señalaban que no se había casado y que no se le conocían amantes. Jamás se le vio ir tras mujeres, lo que era, por cierto, muy poco común para un oficial y un caballero del siglo XVIII.

¿Cómo saber si uno había ganado o perdido la apuesta? La única forma, y la más obvia era pedirle que se sometiera a un examen médico; pero D’Éon se negó indignado. Se le ofreció la suma de 25 mil libras si aceptaba, pero rechazó la sugerencia. Entre los que habían apostado grandes cantidades de dinero no faltaron los que pensaron en secuestrarlo y examinarlo por la fuerza.

D’Éon, temiendo lo peor, dejó su casa repentinamente y se esfumó. Lo peor es que esa actitud suscitó más rumores; se decía que había desaparecido para que nadie descubriera que era mujer. Hubo quienes se preguntaron si no habría sido él mismo el que había echado a correr el rumor, para apostar en secreto y dejar que lo examinaran doctores y establecieran su sexo a fin de cobrar el dinero que había ganado.

Tras algunos meses, D’Éon reapareció a fines de junio de 1771, y presentó una declaración jurada ante el lord alcalde. En ella aseveraba que jamás había apostado sobre su sexo, que siempre objetó tales apuestas, y que se había negado a aceptar 25 mil libras para probar de qué sexo era. Pero los rumores y las apuestas continuaron. En veces alguien desafiaba públicamente a D’Éon a que demostrara que era un hombre, pero él jamás respondía.

El gobierno francés seguía afanándose en recuperar los documentos que D’Éon sustrajo de la embajada y presentaron solicitudes de extradición en las cortes inglesas, pidiendo que fuera enviado a Francia para ser juzgado por robo y traición; pero la petición fue rechazada. Entonces Luis XV autorizó a sus agentes a que secuestraran a  D’Éon; pero, una vez más, el intento fracasó.

Finalmente, los acontecimientos se precipitaron; en 1777, un hombre que había apostado que D’Éon era mujer y quería su dinero de regreso, presentó una demanda con el argumento de que podía probar que había ganado la apuesta. La ley sobre las apuestas era en ese entonces tan complicada como en la actualidad, pero no era ilegal demandar para recuperar el dinero de una apuesta, como estableció más tarde la Ley de Juego de 1845.

El caso se presentó ante el lord Juez en jefe, lord Mansfield y un jurado, en la corte de King’s Bench, el 1 de julio de 1777. La cuestión era simple: ¿Podía el demandante presentar pruebas lo suficientemente inequívocas para que el jurado dictaminara que D’Éon era una mujer?

El demandante presentó el argumento habitual: jamás se había sabido que D’Éon anduviera con una mujer; pero, principalmente, se basó en los testimonios de dos testigos franceses ?un periodista y un médico? que afirmaron bajo juramento que D’Éon era una mujer.

El defensor sólo podía argumentar que el hecho de que D’Éon hubiera combatido tan valientemente en la Guerra de los Siete Años, y de que fuera francmasón, probaban que era hombre; pero no era un argumento convincente a la luz de los testimonios en contra.

El hecho de que D’Éon se negara a subir al sitial de los testigos y no aportara pruebas para la defensa parecía sugerir que temía que le pidieran someterse a un examen médico porque sabía que eso probaría que había engañado a todo el mundo. El veredicto del jurado fue que D’Éon era una mujer, y lord Mansfield proclamó ganador al demandante. El defensor apeló a la cámara plenaria de King’s Bench, que dio lugar a la apelación por una cuestión técnica, ya que un estatuto reciente había establecido que las apuestas de este tipo no podían  considerarse pólizas de seguros. Para la opinión pública, en cambio, aquello no tenía importancia. Antes de que la audiencia de apelación se llevara a cabo, el mundo había aceptado el veredicto según el cual D’Éon era una mujer.

El nuevo Rey de Francia, Luis XVI, no desaprovechó la oportunidad para atacar a D’Éon. El 19 de agosto de 1777 emitió un decreto real, De Par le Roi, en Versalles, en el que se ordenaba que “de ahora en adelante se requerirá que [D’Éon] abandone el uniforme de dragoneante que ella ha tenido por costumbre utilizar, que retome las vestimentas de su sexo, y que se le prohíba presentarse en ninguna parte del reino a menos que esté vestida con ropas adecuadas al sexo femenino”.

Negociaciones
Por supuesto que el decreto de Luis XVI no tenía ningún poder legal en Inglaterra; pero ahora D’Éon estaba dispuesto a aceptar el veredicto del juez. Realizó una negociación con Luis XVI, a través del escritor francés Pierre Augustin Caron de Beaumarchais. D’Éon aceptaba entregar todos los documentos que había tomado de la embajada en Londres, si el gobierno francés le pagaba 3 mil libras y también la pensión que le correspondía por sus servicios como oficial y diplomático francés. También aseguraba que jamás volvería a vestirse con ropa de hombre en ningún país del mundo.

Ya antes del decreto de Luis XVI, el 6 de agosto de 1777, D’Éon apareció en Londres vestido de mujer. Luego regresó a Francia. El 13 de agosto se puso su uniforme de dragoneante para el viaje, pero esa fue la última vez que usó ropas de hombre. Se retiró a sus propiedades en Borgoña, donde vivió ocho años vistiendo siempre de mujer.

La revelación no sólo permitió a muchos cobrar exorbitante cantidad de dinero, sino que fue una buena oportunidad para que los críticos se burlaran de los francmasones. Los masones, tan famosos por negarse a admitir mujeres en sus logias, habían sido engañados al aceptar a un oficial de gran fama que resultó ser una fémina disfrazada. Un autor escribió burlonamente: “Nuestros hermanos quiero decir, hermanas, los masones, quienes en una de sus logias de Strand, hubieron de admitir a una mujer llamada madame D’Éon”.

Pero los francmasones ya habían expulsado a D’Éon con el argumento de que era una mujer; lo hicieron tan pronto se enteraron del veredicto del jurado de la corte.

En Francia, “la chevalière D’Éon”, como ahora se hacía llamar, se volvió religiosa. Ingresó en una orden de monjas. En 1785 pidió permiso a Luis XVI para ir a Londres a fin de saldar unas deudas en que había incurrido durante su estancia allí, quizá la historia de las deudas haya sido un pretexto para obtener el permiso del Rey, ya que, una vez en Londres, se instaló allí, y desde entonces, nunca más regresó a Francia. Durante 25 años vistió siempre ropas de mujer. Hacia el fin de su vida vivió sumida en la pobreza y postrada en cama. La dulce Muerte la visitó el 21 de mayo de 1810. Tenía 81 años de edad.

Revelaciones póstumas
Pero aquí no termina la historia de tan singular personaje. Dos médicos la atendieron durante la última etapa de su enfermedad. Uno de ellos era el cirujano francés, Père Elisée. Había pasado a Inglaterra como refugiado durante la Revolución Francesa; cuando regresó a Francia, tras la restauración de los Borbones, se convirtió en cirujano del rey Luis XVI.

Elisée y su colega empezaron a disponer el cuerpo de D’Éon para el funeral, y quedaron en choque al comprobar que el cadáver que tenían enfrente era un hombre completo, sin ninguna deformidad en sus órganos sexuales. Su masculinidad quedó inequívocamente demostrada, como sin lugar a dudas habría ocurrido si el chevalier en vida, hubiera aceptado someterse a un examen médico.

Elisée, convencido de que nadie le creería si informaba que D’Éon era hombre, insistió en convocar a las autoridades inglesas, para que pudieran verificarlo por si mismas antes del entierro. El cuerpo fue inspeccionado por el conde de Yarborough y por el almirante sir Sidney Smith, que era francmasón; estaban acompañados por una veintena de testigos. Todos vieron con sus propios ojos que  D’Éon era de sexo masculino, pero invitaron a un testigo independiente, el eminente cirujano Thomas Copeland, a que examinara el cuerpo.

La revelación no debió sorprender a ninguno de los miembros sobrevivientes de la logia francmasónica que estuvieron presentes cuando D’Éon fue aceptado. Ellos debieron haber sabido que era hombre. Durante la ceremonia de iniciación, se le pide al nuevo miembro que desnude su pecho; aunque eso no se hace a fin de comprobar su sexo, sino por razones de simbolismo masónico. Todos los presentes habrían podido ver que D’Éon era hombre. Empero, los francmasones guardaron silencio al respecto, y lo expulsaron cuando él mismo admitió que era mujer y aceptó vestir atuendos femeninos, en la época en que la opinión pública se burlaba del engaño al que D’Éon había sometido a los masones. Este caso demuestra el afán de los masones por preservar los secretos de la ceremonia de iniciación y su aversión a provocar mayor oposición desafiando a la opinión pública dominante.

El misterio al que sus contemporáneos no encontraron explicación sigue en pie hasta el día de hoy: ¿Por qué D’Éon aceptó a que se le declarara impostor y vestir ropas de mujer durante los últimos 33 años de su vida, cuando en cualquier momento podría haber probado que era hombre? ¿Era un travestido? Se ha sugerido que D’Éon estaba tan presionado por las continuas acusaciones de que era mujer, que terminó por creerlo él mismo. Quizá son los estudiantes de fantasías sexuales, más que un historiador, quienes puedan explicar el misterio de Chevalier D’Éon.

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