La Verdad Sobre Nicolás Flamel

Nicolaus Flamellus, nombre latinizado de este alquimista (1330–1418 -1992 según J.K Rowling), saltó a la fama popular con la película Harry Potter y la piedra filosofal (que en un principio iba a llamarse Harry Potter y la piedra del hechicero). Muchos creían que el personaje (que no aparece en el filme) era de ficción, sin embargo, queridos chiquitines, no es así. Nicolás Flamel si existió y existe un aura de misticismo y misterio rodeando su vida. Yo tengo la convicción de que “el agua del sabio” que se encuentra en Silent Hill, en la Escuela Midwich es una sustancia alquímica, y que el sabio no es otro que Flamel.

Aunque ya nadie duda de la existencia de Flamel, su vida está entretejida por varios relatos de dudosa veracidad o exagerados. Se sabe que fue Flamel quien logró llevar a la cima el noble arte de la alquimia. Los esotéricos verdaderos creen firmemente que Flamel en verdad llegó a transmutar los metales baratos y vulgares en precioso oro. Cierto o no, este escriba convertido en filósofo hermético, aún tiene fanáticos devotos 600 años después de su “supuesta” muerte.

Nicolás Flamel encarnó como pocos el extraordinario  misterio de la Gran Obra, en una época oscura como lo fue la Baja Edad Media francesa. Fue un tiempo en que había muchos relatos fantásticos y personajes relacionados con las artes herméticas. Nació en Pontoise, localidad cercana a Paris, en el ceno de una familia  modesta pero de gran cultura, donde aprendió de su padre, además del oficio de copista, el latín y la lengua hebrea (es posible que la Cábala no le fuera particularmente extraña).

Se estableció en la capital y en el barrio de Saint-Jacques-la-Boucherie abrió un pequeño taller. Se dedicó a llevar las cuentas de los comerciantes del lugar y a copiar manuscritos. Se granjeó la admiración de sus vecinos y su economía iba en aumento. No sólo podía pagarse las cuentas, sino que también podía darse ciertos lujos. Tiempo después contrajo matrimonio con una mujer a quien consideraba su compañera espiritual: Perenelle.

No había ni una nube negra en la vida de los Flamel. Casi todo era miel sobre hojuelas hasta que un día llegó a manos de nuestro personaje un libro por demás raro. Las versiones sobre cómo lo consiguió varían dependiendo de quien las cuente. La cosa es que, mientras dormía, Flamel tuvo la visión de un ángel que le mostraba un grimorio con encuadernación de cobre, muy hermoso. Los estudiosos de Flamel aseguran que tal libro fue comprado por Flamel a un librero con problemas económicos, por la irrisoria cantidad de dos florines alrededor de 1357. En cualquier caso, la obra cuyo autor era un tal Abramelin (o Abraha-Melin) el Judío, cambió profundamente la vida de Flamel. Tanto su vida, como la de su esposa, fue dedicada a escrutar los misterios encriptados en las páginas del dichoso libro. Y parece ser que su empresa se vio coronada por el éxito, pues de la noche a la mañana, la pareja de esposos acumularon tanta riqueza que el rey Carlos IV se interesó por la prodigiosa fortuna de su súbdito. Quizá el alquimista había descubierto la tan ansiada Piedra Filosofal. Metales innobles convertidos en oro puro. El inextricable manuscrito en el que Flamel fue develando paulatinamente los símbolos ocultos de la Obra. Es descrito en su famoso “Libro de las figuras jeroglíficas”. Dice Flamel del grimorio:

 
“No era papel ni pergamino como los demás, sino que era de cortezas (así me pareció) de tiernos arbustos. Sus tapas eran de fino cobre, grabado con letras y figuras extrañas. Creo que podían ser caracteres griegos u otra lengua antigua similar, pues no sabía leerlo, y no eran letras latinas o galas, ya que de esas entiendo un poco. En el interior, las hojas de corteza estaban grabadas con gran perfección y escritas con buril de hierro, unas letras latinas coloreadas, muy bellas y claras. (…) Contenía tres veces siete folios; así estaban numerados en lo alto de la hoja. El séptimo de ellos carecía de escritura alguna. En su lugar había pintados, en el primer séptimo, un látigo y unas serpientes mordiéndose”.

No resulta nada extraño que el mismo Fulcanelli se refiriera a su paisano como “el más célebre y popular de todos los filósofos franceses”. Entendiéndose “filósofo” en su acepción esotérica.

Tan famoso sigue siendo que una calle de París y una escuela llevan su nombre. Su esposa también mereció que se inmortalizara su nombre en una rua que cruza con la de Flamel.

Basado en un trabajo de Francisco González.