Reflexión – El graduado

 

 

Como algunos sabrán, no tengo el graduado. Es más, no solo no lo tengo, sino que empecé a trabajar unos meses antes de que tuviera la edad legal para hacerlo.

Este hecho siempre me ha condicionado a la hora de conocer gente. No sigo ninguna moda con mi estilo de vestir, tengo el pelo largo, mi barba mide 10 centímetros (y tengo intención de que crezca más), soy un adicto videojueguil, un gran conocedor de porno bizarro; y “por si fuera poco” no tengo el graduado. Para más inri, solo llegué hasta 2º de ESO repitiendo en dos ocasiones.

La sociedad suele relacionar los títulos académicos para medir la inteligencia y personalidad de las personas. Si conocemos a alguien con el graduado, tiene cultura; si es profesor, sabrá usar grandes palabras; si es médico, es responsable; si es astronauta, es de la élite humana.

Pero si no se tiene el graduado, me temo que la persona en cuestión no es más que un ignorante con nula capacidad comprensiva y con grandes problemas para leer. Un tonto fácilmente manejable para políticos y empresarios. Alguien destinado a trabajos basura toda su vida. No conoce las capitales del mundo. No sabe la historia de su propio país. No sabe controlarse a la hora de ingerir alcohol.

¿Eso se puede pensar de mí? No es por fardar, pero yo veo películas que requieren calentarse el coco. He trabajado mucho. Tengo mi propia casa, la cual dejaré de pagar a los 28 años. Nunca me he drogado, no bebo, ni tan siquiera he probado el tabaco. Escucho una alta variedad de música, desde death-metal a grandes composiciones de música clásica, escuchando otros géneros como el rap y la electrónica. Leo buenos libros. No suelo cometer faltas de ortografía. En definitiva, como mínimo, no soy tonto.

 

Es más, considero inteligente mi decisión de no estudiar la educación obligatoria. ¿Qué me enseñan? Ecuaciones de 2º grado, la ubicación de ríos y montañas, la historia… Cosas extremadamente inútiles. No pongo en duda la utilidad de estos conocimientos, pero esas cosas no son necesarias para la vida adulta.

De entre mis lectores con más de 18 años, me juego la mano a que nunca habéis usado una raíz cuadrada para la vida diaria, a excepción de ser arquitecto, o algo similar. Seguramente no analizáis sintácticamente cada frase que leéis. Habréis olvidado la ubicación de la gran mayoría de ríos y montañas que aprendisteis.
Visto así, ¿para qué sirve el colegio? A mi parecer, para cuatro cosas:

•    Enseñar a los niños a leer, matemáticas y socializarse. Algo muy importante, por lo que no pongo ninguna pega.

•    Acostumbrar a los niños para la vida rutinaria, tener normas y sentido común. Esto no me parece mal, si no fuera que hay algunos colegios especialmente duros, y otros especialmente “pasotas”. Es difícil alcanzar un grado medio.

•    Preparar a los alumnos para los estudios universitarios. Algo que me parece una soberana gilipollez, teniendo en cuenta que no todas las personas acaban yendo a la universidad. Por no hablar del bachillerato, que básicamente se trata de “preparar para la selectividad”, algo que si se mira fríamente, es hacer perder al estudiante 2 años de su vida.

•    “Comerle el coco” a los niños. Puede parecer algo muy extremo, pero quiero que reflexionéis en un asunto: el modelo de colegio, tal y como lo conocemos, existe más o menos desde la revolución industrial. Antes de esta época, cada cual trabajaba en lo que mejor se le daba, pero con la revolución industrial los trabajos evolucionaron para ser más repetitivos y simples, dejando a un lado la creatividad de la persona para tratarla como a una maquina más.

 

Pensadlo, en los colegios a todos los alumnos se les enseña lo mismo, con una rutina repetitiva, incluso en algunos colegios todos los niños se visten igual. Si alguno se queda atrás, lo desechan “para el año que viene”.

En resumen: nos preparan para tener unas vidas repetitivas, con un sueldo de mierda, inculcando los valores de “trabaja, crea una familia y cómprales regalos en navidad, aunque seas ateo”. Por lo general no se enseña a los alumnos nada sobre economía para asesorarles a comprar una casa o abrir un negocio cuando sean adultos.

Nos “preparan” como a los políticos les conviene: sin saber casi nada sobre la vida monetaria de “personas mayores”. Perfectos para hacernos caer en hipotecas, impuestos y demás burocracia.

¿Soy un inculto por no tener el graduado? No, ni mucho menos. Tal vez me cerrará muchas puertas en mi búsqueda de trabajo, pero en ningún momento mi inteligencia se verá mermada por ello, por el simple hecho de que yo mismo me culturizo, sea del tema que me dé la gana, cuando y como me dé la gana.

La gente me llama anarquista, rebelde sin causa, chaval joven que se arrepentirá en un futuro. La misma gente que me juzga así tiene estudios académicos. Sale los sábados a ingerir alcohol y ver el fútbol. Se compran ropa a la moda. Se han casado o se casaran. Tienen trabajos rutinarios que no requieren imaginación. Adornan su casa en navidad y compran muchos regalos.

Esa misma gente no acepta mis opiniones sobre los estudios obligatorios. Ni tan siquiera me dejan hablar en muchas ocasiones. Tal vez les duele oír esto porque han basado su vida en ello, y como pseudo-maquinas que son la gran mayoría, son incapaces de cambiar su mentalidad.