Black Mirror – Rompiendo moldes y desencajando mandíbulas

Cuando uno se sienta frente a la tele (o al monitor, o a dónde sea que va a ver una serie), lo que espera es pasar un buen rato. Ya sea riéndose a carcajadas mediante la mejor de las comedias, dejándose los ojos con los efectos especiales de la última película de Michael Bay o alguna película de terror que haga que nuestra adrenalina ascienda hasta límites que pensábamos insuperables.

Pero hay veces que nos encontramos con productos diferentes. Productos que, siendo del conocido mercado del entretenimiento, buscan algo más que hacernos pasar un buen rato. Buscan transmitir un mensaje. Hacernos reflexionar. Descubrirnos nuevas formas de pensar, o incluso de ver el mundo.

Cuando algo trasciende esa barrera del entretenimiento, estamos ante un producto que merece la pena ser visto. Puede que no comulguemos con su mensaje. Puede que sus formas no sean las mejores. O que el hilo argumental sea directamente malo. Pero es lo mismo que cuando escuchamos a alguien exponiendo unos argumentos determinados: puede o no gustarnos cómo lo hace, puede no tener soltura con las palabras, pero al menos hay que escucharlo.

Black Mirror es ese tipo de producto. Bajo una máscara de morbo puro (los capítulos son, cuanto menos, llamativos) se esconde una de las críticas más descarnadas al uso que se hace de las tecnologías y las comunicaciones (no a la tecnología en sí, y esto es un dato importante), y al final, uno acabará pensando que situaciones tan, a priori, irreales como las que se nos presentan no son tan descabelladas, podrían ocurrirnos perfectamente. Realmente podría considerarse un estudio sobre la conducta humana con la tecnología como catalizador de su comportamiento, aún a riesgo de que esta frase suene tremendamente gafapasta.

Black Mirror es una miniserie inglesa escrita por Charlie Brooker, que probablemente no os suene de nada. Es el hombre detrás de otra genialidad inglesa, con un mensaje menos cargado pero igualmente rompedora: Dead Set, que el amigo Max reseñó en su día. El título de la serie hace referencia a las pantallas: monitores, superficies de smartphones, tabletas, televisiones… todas ellas, cuando están apagadas, son como espejos negros. Y ya desde las imágenes promocionales podemos ver esa crítica brutal con ese espejo negro roto, destrozado.

Cuenta con tres capítulos totalmente independientes entre ellos. Independientes hasta el punto de que cada capítulo tiene un grupo diferente de personajes, una época diferente… y hasta realidades completamente diferentes.

Antes de que sigáis leyendo, considero adecuado resaltar que, si bien no va a haber spoilers gordos del argumento, sí que es mejor llegar a la serie sin conocer casi nada más de ella. La sorpresa será mayor,

El primer capítulo, y probablemente con el que más nos podamos identificar. Es la importantísima carta de presentación, y cumple su función con creces: no es raro que vuestras mandíbulas acaben chocando contra el suelo.

En un mundo igual que el nuestro, en el que las tecnologías de comunicación están en auge, el Primer Ministro inglés, Michael Callow, tiene una vida agitada. Sin embargo, el principio del capítulo nos muestra todo lo contrario: a Michael durmiendo plácidamente en su cama, sin preocupaciones a la vista, cuando uno de los miembros de su equipo va a despertarle. Tienen algo que enseñarle.

En batín, acude al despacho que tiene en su casa y se sienta. Casi todo su equipo está ya reunido. Y le ponen un vídeo. En él, la Princesa de Inglaterra aparece, maniatada. Ha sido secuestrada. Sus asesores no tardan en confirmarle que es cierto, la chica realmente ha desaparecido de su hogar.

Pero la cosa no acaba ahí. The Nathional Anthem no es la cruzada de Michael Callow por encontrar a la princesa, como si de Link se tratase. El secuestrador tiene una petición. Una misión para él. Lo único que conseguiría que la princesa fuera liberada. Tiene que tener sexo con un cerdo ese mismo día, en directo, en todas las cadenas de televisión posibles.

El problema llega cuando se informa a Callow de que el vídeo no es una cinta privada que les haya sido enviada, sino que es un vídeo subido a Youtube anónimamente. Por muchos esfuerzos que hagan por borrarlo, más copias se siguen subiendo.

Como es de esperar, el fenómeno se desata también por las redes sociales. Twitter, especialmente, echa humo con comentarios que van desde lo más irrespetuoso y vulgar a muestras de apoyo al Primer Ministro.

A este respecto, es especialmente interesante ver el cambio de opinión de la gente. Como pasa de una primera postura totalmente volcada con el Primer Ministro a, a medida que van avanzando las horas (y, especialmente, desde un segundo vídeo que envía el secuestrador para demostrar que va en serio, cortándole el dedo a la princesa), empezar a exigir que cumpla la depravada demanda.

Sin desvelar cómo termina el capítulo, diré que los últimos minutos son totalmente rompedores, una muestra de la bajeza humana en su máximo exponente. Todo por culpa de, como dice Callow al principio, el puto internet.

En las pocas opiniones que he leído sobre la serie, casi todo el mundo coincidía en que este es el capítulo más flojo. Yo estoy en absoluto desacuerdo: a mí me parece el mejor de los tres. No necesita las filigranas del primero, ni la cercanía del tercero.

La historia se desarrolla en un futuro totalmente distópico. En él, la mayor parte de la sociedad vive recluida en celdas, y su vida se limita a ir de esas celdas a una sala en la que pedalear, y vuelta. En teoría, para alimentar algún tipo de mecanismo que en ningún momento se nos es desvelado.

El trato humano es mínimo, simplemente se ven e interactúan en esas salas comunes. El resto del tiempo están representados por una suerte de avatares virtuales (idénticos a los de la Xbox 360), a los que pueden usar para dar mensajes a otras personas.

El mundo vive un “boom” de información. Todas las paredes de las celdas son, realmente, enormes monitores en los que no paran de bombardearnos con publicidad. Es especialmente inquietante y desgarradora una escena en la que el protagonista, sin créditos (ahora vuelvo sobre éstos), intenta cerrar los ojos para evitar ver la publicidad. Y el sistema lo detecta y empieza a emitir un incomodísimo pitido, cada vez más alto, hasta que al pobre Bing no le queda otra que abrir los ojos y reanudar la publicidad desde el punto en el que la había dejado.

Pedaleando se obtienen créditos. Créditos que se usan para cubrir las necesidades más básicas (comida, agua, pasta de dientes incluso…) hasta la banalidad más absoluta (complementos para nuestro avatar), pasando por programas de televisión o incluso videojuegos.

Especialmente curioso es el caso de éstos últimos, en los que encarnamos a nuestro avatar en primera persona que tiene que ir cazando, escopeta en mano, a la gente gorda. La misma gente gorda que se encarga de la limpieza y mantenimiento de las zonas comunes, porque el sistema no los considera lo suficientemente buenos para pedalear, para alimentar ese mecanismo desconocido. Incluso muchos de los programas considerados cómicos consisten en hacer sufrir cierto grado de tortura a estas personas. Por ese motivo, la sociedad (la mayor parte de ella, al menos) está completamente insensibilizada en lo referente al trato con otros que son, en esencia, exactamente iguales.

En un mundo como éste, la única forma de escaparse es trabajar para la televisión. Pasar a formar parte del sistema. Para ello se organiza un gran concurso, al más puro estilo Tú Sí Que Vales (por tomar una referencia patria. Quizás sea más acertado compararlo con X Factor), en el que los distintos concursantes, tras comprar una plaza que cuesta 15 millones de créditos (una cantidad que podría suponer seis meses pedaleando sin parar, y prescindiendo de muchas de las mentadas necesidades básicas), van a demostrar que tienen algún talento que les haga merecedores de trabajar en la industria del espectáculo.  

El capítulo cuenta la historia de Bing, un chico normal y corriente que, tras morir su hermano, se encuentra con 15 millones de créditos. No tiene ningún talento especial, no desea ir al programa; simplemente vive su vida. Un día, Bing conoce a Abi, una chica con una voz prodigiosa. Desde entonces se vuelca completamente en conseguir llevarla al programa, para que ella sí que tenga una oportunidad.

Sin querer destripar nada más del argumento, solo diré que  tiene el final más duro de los tres de la serie. Si bien el primer capítulo mostraba la bajeza humana, el segundo es una demostración del conformismo más absoluto, de cómo las personas pueden convertirse en lo que critican o lo que odian.  

Es, en mi opinión, el más flojo de los tres. Esto no quiere decir que sea, ni mucho menos, malo. Sigue siendo sobresaliente, sigue siendo recomendable verlo por encima de muchísimas otras series… pero no llega a la altura de los dos anteriores.

Quizás es porque es menos pretencioso. Más particular, personal. No intenta analizar una sociedad entera, no intenta ir más allá de un simple individuo. Algo que es perfectamente extrapolable a cualquier otra persona, sí, pero en el visionado no deja de ser un tema particular. Se nota que es en el que menos mano ha metido Charlie Brooker perfectamente.

No es tan chocante como el primero. No busca desencajarnos la mandíbula, ni hacernos sentir repulsión por las personas.

No es tan crítico como el segundo. No muestra una distopía, sino todo lo contrario. El mundo es, aparentemente, feliz. Libre. Ajeno a un gran sistema, a una gran trama conspiranoica: la gente vive sus vidas.

La diferencia entre sus vidas y las nuestras radica en el Grano. El Grano es un chip, injertado en el cuello, que nos permite grabar absolutamente todo lo que vemos. Grabarlo y, por supuesto, reproducirlo. Tanto para nosotros mismos, viéndolo en nuestros propios ojos, como para otros en un monitor. La idea, en la teoría, no es tan mala. ¡Lo que habría ayudado eso a muchos en los exámenes! ¡Lo que darían muchos por recordar con exactitud ese paisaje que no pudo fotografiar! ¿Y lo fácil que serían los revisionados de cualquier serie o película?

Así, nos encontramos con que, por ejemplo, los sistemas de seguridad en los vuelos dejan de ser escáneres para convertirse en guardias de seguridad que te obligan a reproducir tus últimas 48 horas de vida para asegurarse de que no planeas introducir nada ilegal.

La historia es la de Liam, un abogado en paro. Pero igual que podría ser la de Charlie, un bombero, o la de Catherine, una secretaria. Liam acompaña a Fi, su mujer, a una cena con el antiguo grupo de amigos de ésta. En ella, Liam empieza a dudar de la fidelidad de su mujer, sospechando que se ha acostado con uno de los amigos del sitio, Jonas, con el que sí que es verdad que su mujer mantuvo una relación previa.

La historia muestra como Liam entra en una espiral de autodestrucción y no termina hasta terminar en el fondo, cubierto de mierda. Él, que quiere saber si su mujer le ha sido infiel. Él, que es el personaje con el que tenemos que empatizar. Al final, acabaremos pensando que, de haberle sido infiel su mujer (cosa que no pienso desvelar), se lo merece. Que todo lo que le venga por intentar poner a prueba a su mujer, se lo merece. No sentimos ninguna compasión; ni siquiera el hecho de que tengan un bebé juntos es suficiente para que el espectador quiera que ese matrimonio se salve.

En definitiva, Black Mirror es una serie que merece mucho la pena. Y que demuestra, una vez más, el buen saber hacer inglés en materia de series. Y, como bien dice Michael Callow al principio del primer capítulo, ¡que se joda internet!