El Arco de Triunfo

El majestuoso Arco de Triunfo de Francia se yergue en la plaza de la Estrella, en París. Colosal, sobrecogedor, domina la extensión de los Campos Elíseos. De él arrancan 12 magníficas avenidas que se apartan simétricamente para desembocar en todos los esplendores de la capital francesa. Victor Hugo la llamó: “Una mole de piedra sobre un conjunto de gloria”.

El arco de l’Etoile (o la Estrella) es el arco triunfal más grande que se haya construido jamás. Su elevación equivale a la de un edificio de 15 pisos, y es tan grande que de todos los arcos levantados por los antiguos romanos, dos cualquiera podrían caber caber bajo su bóveda, uno al lado o encima del otro.

El Arco de Triunfo no es precisamente una obra de arte. El pequeño Arc de Triomphe du Carrousel, en las Tullerías, es más clásico; la catedral de Note-Dame es más antigua; la prisión de la Conciergerie es más imponente desde el punto de vista histórico. Pero en el Arco de Triunfo hay dimensiones no imaginadas, una esencia invisible, cierto eterno secreto francés con sagrado en esa piedra silenciosa. Desde el día en que se inauguró, hace 174 años, el Arco ha sido el foco de cuanto existe de poderoso y dinámico en la vida nacional francesa. Los ciudadanos se han reunido bajo su altiva bóveda para invocar pasadas grandezas, protestar contra una política torpe y fortalecer el ánimo cuando la patria se veía invadida.

Allí se citaron para conmemorar la victoria después de la primera guerra mundial, y allí dieron gracias por haber recobrado la libertad después de la segunda. Ningún monumento nacional, en parte alguna del mundo, parece despertar la misma intensidad emotiva.

Curioso es saber que este monumento casi estuvo a punto de quedar inconcluso. Napoleón ordenó su construcción en 1806 para honrar a los ejércitos revolucionarios, pero rivalidades palaciegas, ciertas dificultades económicas y la implacable marea de los acontecimientos obstaculizaron el proyecto  desde el momento en que el Emperador puso su firma al pie del decreto. También hubo diferencias acerca de la ubicación y el diseño del monumento.

Cuando hoy se contempla desde la cima del Arco el fantástico panorama del París moderno, no cabe duda de que la Estrella era el lugar exacto para levantarlo. Pero en la primavera de 1806 el sitio tenia poco de atractivo. Se encontraba en los límites de la ciudad, y hasta poco antes había sido un muladar.

Con todo, Jean Chalgrin, uno de los arquitectos franceses más célebres de la época, vio en la Estrella, una simbólica puerta de acceso a la nación. Supo interesar en su proyecto a un ministro, y este le escribió a Napoleón: “La estrella necesitará un monumento de proporciones colosales, pero ¡qué situación tan ventajosa!… Vista desde el palacio de Vuestra Majestad, que es el centro de la capital, como París es el centro de Francia… estará siempre frente al Conquistador.” Napoleón no pudo resistir y la piedra fundamental se colocó el 15 de agosto, día en que él cumplía 37 años.

Fue esta la última vez que algo relacionado con la construcción del Arco sucedía tan fácilmente. Los costos fluctuaban de modo terrible. Mes a mes los constructores presentaban cálculos costosísimos y la cuenta fue de casi 10 millones de francos.

El terreno era gredoso, y los trabajadores tuvieron que excavar en busca de suelo rocoso. El 2 de abril de 1810, cuando Napoleón tomó por segunda esposa a la archiduquesa María Luisa, la pareja entró en París bajo un arco de bienvenida cuya inscripción decía: “Ella amenizará el descanso del héroe”. Aquel arco representaba un estudiado simulacro. El Emperador, dándose cuenta de que sería imposible terminar el Arco de la Estrella a tiempo para su matrimonio, exigió una réplica de tela. Unos 500 hombres la levantaron en 20 días, trabajando largos turnos.

Cuando los obreros encontraron por fin suelo firme, a ocho metros de profundidad, tuvieron que tender una base artificial de enormes piedras trabadas. Fue una hazaña asombrosa, que requirió dos años de labor. Actualmente, el Arco descansa en lo que es probablemente la parcela más excavada y perforada de Francia. La atraviesan líneas del ferrocarril subterráneo, el túnel de un expreso regional, canales de desagüe, cloacas, equipo de ventilación y otro túnel sin que sea necesario reforzar los cimientos.

Considerando las mezquinas herramientas de la época, la obra de ingeniería del Arco no fue menos notable. Pesadas carretas, cada una tirada por ocho caballos, acarrearon brillante y blanca piedra caliza, procedente de canteras situadas a 90 kilómetros al sur de París. En un principio, recuas de mulas arrastraban los grandes bloques (algunos de seis toneladas) hasta lo alto de rampas de madera; allí los ponían sobre rodillos y los empujaban a hombro hasta el lugar donde se encontraban los albañiles.

Una vez que la elevación de la estructura hacía imposible seguir utilizando esta técnica improvisada, se ideó un ingenioso sistema de cabrias y poleas, que funcionaban por gigantescas ruedas movidas desde el suelo por varias yuntas de caballos. La caída de Napoleón interrumpió en 1814 los trabajos y sólo se reanudaron en 1823.

Diez años más tarde. 19 escultores se hicieron cargo del Arco, trabajando en andamios que se balanceaban en el aire. Su obra, que representa grandes momentos en la historia Francesa y 30 escudos descriptivos de las victorias napoleónicas, son hoy notables sólo como ejemplos de la escultura de ese período. La única escultura que muestra el sello del genio es la de Françoise Rude, titulada La Partida de 1792, pero llamada popularmente La Marsellesa.

En la mañana del 29 de julio de 1836, fecha fijada para la inauguración del Arco, llovía a cántaros, y los espectadores apenas pasaron de dos borrachines y un perro empapado. Pero esa anoche amainó la lluvia, y entonces el pueblo de París fue a celebrar el magno evento a su manera. La muchedumbre bailó en la calle y marchó asombrada en torno del magnífico monumento. Este, macizo y encumbrado, era el sublime resultado de 30 años de esfuerzos, el legado de unos pocos espíritus luminosos y del trabajo de miles de manos anónimas.

Aproximadamente, unos 500,000 visitantes al año suben al Arco. El espacio utilizado se limita al ocupado por dos escaleras y el pozo de un ascensor en los pilares. Encima de la bóveda hay tres galerías. La más alta es hoy un museo donde se exponen fotografías de los detalles relevantes del Arco. Justamente debajo de este museo está la zona “de trabajo”: una galería baja que contiene restos de piedra caliza, y otra mayor donde se guardan condecoraciones dejadas reverentemente en la tumba del Soldado Desconocido. Allí también se encuentra el aparejo que levanta la gran bandera, y la entrada a las instalaciones eléctricas y tubos de desagüe destinados a desaguar  200,000 litros de agua de lluvia que se acumula en la espaciosa terraza superior. A nivel del suelo hay pequeñas oficinas para el cajero y el guardián. Aparte de eso, el Arco es una sólida mole de piedra.

Desde un principio el Arco de Triunfo representó a Francia, y pronto se convirtió en escenario de las grandes ceremonias estatales y religiosas. Napoleón, que en vida no alcanzó a verlo, recibió allí el primer homenaje póstumo. En 1840 se trajeron del exilio los restos del héroe, y, un frío y claro día de diciembre, descansaron estos durante unos minutos bajo el monumento soberbiamente concebido por el Emperador. Comenzando con la visita de la Reina Victoria hizo a París en 1855, casi todos los jefes de Estado extranjeros que llegaban a la capital gala eran recibidos allí. El funeral de Victor Hugo, en 1855, fue sin duda la ceremonia más espléndida celebrada bajo el Arco. Tras el coche fúnebre para pobres en que el poeta había pedido que lo llevaran a la tumba, desfilaron diez furgones cargados de flores y 800,000 personas.

En 1857, el barón Georges Haussmann, a quien debe París el encanto de sus espacios abiertos, agregó siete avenidas a las cinco que componían la “estrella”. La ciudad en expansión avanzó hacia el oeste, hacia el Arco. Desaparecieron dos antiestéticas aduanas y en su lugar se alzaron grupos de árboles. Así estaba París aquel día negro de 1871 cuando las botas de los victoriosos soldados prusianos resonaron en el adoquinado de la Estrella. Un grupo de niños tercamente apiñados frente al Arco, obligaron a la columna de soldados a rodearlo en vez de pasar bajo él, pero durante dos días y sus noches los vencedores acamparon en la estrella. Apenas la abandonaron, el pueblo se desbordó de las calles laterales acarreando atajos de paja, arrojó estos al suelo y les prendió fuego.

La multitud guardó solemne silencio hasta que la cérémonie de purification del Arco de Triunfo terminó. Había ocurrido lo increíble: la inerte fábrica de mapostería se había convertido en un santuario.

Terminó el siglo, pero el Arco siguió siendo para Francia el eje de los acontecimientos históricos. En los primeros calamitosos días de la primera guerra mundial, lo cubrieron con sacos de arena para protegerlo del bombardeo. Y los alemanes, que se encontraban ya en el Marne, hicieron acuñar una medalla conmemorativa para celebrar su victoria en la cual aparecían sus tropas marchando triunfalmente bajo el sagrado monumento.

La medida resultó prematura: fueron los ejércitos de Francia y de sus aliados los que desfilaron bajo el Arco el 14 de julio de 1919, encabezados por miles de inválidos con muletas y de heridos llevados en camillas. Un año y medio después, el ataúd del Soldado Desconocido francés, envuelto en la bandera, fue enterrado en la silenciosa piedra del Arco, mientras los nombres de los grandes soldados de la nación lo contemplaban, como formando una excelsa guardia de honor. El 11 de noviembre de 1923 se encendió en esta tumba una llama eterna, y todas las noches se vuelve a encender en homenaje a los muertos en guerra.

El día más lúgubre de la historia del Arco fue el 14 de junio de 1940. esa mañana los soldados alemanes subieron hasta lo más alto del monumento y desplegaron allí una gran esvástica, la cual ondearía sobre París durante los cuatro años siguientes. Pero puntualmente, a las 18:30 de esa primera noche, y de todas las noches que vinieron después, unos veteranos franceses miembros de la Société de la Flamme, aparecieron para volver a encender la llama eterna. Los soldados alemanes al ver aquello, saludaron.

El 19 de agosto de 1944, París se levanto en contra del opresor, y en la tarde del 25, la vanguardia de las fuerzas blindadas de los ejércitos libertadores, precedida por el tanque del general Philippe Leclerc, avanzaba hacia la estrella. En ese mismo instante, la bandera tricolor era izada de nuevo en lo alto del Arco. Apenas 20 horas más tarde, aunque tiradores alemanes acechaban aún por todas partes, el general Charles De Gaulle llegó hasta el Arco para encender de nuevo la llama eterna.

Habiendo sobrevivido a cuatro guerras y tres revoluciones y después de 125 años, durante los cuales el mundo inmediato a él se había transformado de bucólico arrabal en bullicioso corazón de una gran ciudad, el Arco necesitaba desde hacía tiempo de una limpieza general. Como el limpiarlo con chorros de arena habría roído la natural capa protectora de la piedra caliza, hubo que fregar a mano, metro por metro, toda la superficie del monumento, a la vez que lo lavaban con mangueras de agua. Se atendió después a restaurar metódica y científicamente sus esculturas.

Como repositorio de las más hondas emociones de la nación, el Arco ha sido teatro de muchas reuniones inesperadas. A veces, en el calor del momento, los elementos extremistas estallan allí violentamente, como sucedió a raíz de que los franceses se retiraron de Indochina y en los tensos días que siguieron a la decisión del Gobierno de otorgar la independencia a Argelia. Pero jamás había vito el Arco tan espontánea explosión pública como la que ocurrió el jueves 30 de mayo de 1968. Durante cuatro semanas Francia se había debatido en la hoguera de una revuelta inminente, en esos trágicos días de mayo. Las huelgas y los disturbios habían detenido la marcha de la nación. Día tras día, mientras los alimentos y los artículos de primera necesidad escaseaban y la correspondencia no se distribuía, los obreros permanecían ociosos en sus fábricas y jóvenes activistas, saliendo de las universidades de las cuales se habían apoderado, organizaban innumerables demostraciones callejeras y entronizaban un espíritu de anarquía y desesperación.

Entonces el general de Gaulle arrojó el guante, jurando restablecer la ley y el orden en el país. A las 16:30 horas de aquel jueves, respondiendo a la llamada de varias agrupaciones que apoyaban a de Gaulle, se reunió una multitud en la Plaza de la Concordia. Pero esta era una multitud diferente, compuesta de hombres y mujeres que habían soportado el caos con silenciosa angustia y mudo temor por su país. Eran estudiantes que deseaban aprender, trabajadores ansiosos de trabajar, comerciantes, empleados, jefes de empresa y amas de casa.

A medida que su número crecía hasta llegar a 600,000, la multitud se desbordaba hacia la Madeleine y al otro lado del Sena, animada por un sentimiento de orgullo y una esperanza nueva. Tomó por los Campos Elíseos, en filas de 50 personas en fondo, en dirección al Arco de Triunfo. Era uno de esos fugaces momentos de la larga historia del hombre en que se debe avanzar o retroceder. Los manifestantes, marchando en interminables columnas, cantaban La Marsellesa y agitaban improvisadas banderas tricolores, y desde las aceras miles de ciudadanos cantaban con ellos. Quienes estuvieron allí ese día, sintieron que los amenazadores acontecimientos de mayo terminaban en ese histórico crepúsculo, cuando la última fila de manifestantes llegaba al Arco de Triunfo.

Poco más de un año después, el nuevo presidente de Francia, Georges Pompidou, unos minutos antes de prestar juramento, fue al Arco para volver a encender la llama eterna en la tumba del Soldado Desconocido. La importante figura del general de Gaulle se desvanecía en las páginas de la historia, pero Francia seguía adelante. Y su tenaz continuidad se afirmaba, como en tantas ocasiones solemnes, bajo el Arco de Triunfo.

Este 29 de julio, el gran Arco cumple 174 años. ¡Felicidades Viejo! y¡Felicidades Francia!