El verano del Hijo de Sam, David Berkowitz

El asesino solitario y astuto que lleva a cabo sus fantasías sexuales acechando y matando mujeres, es un trillado personaje de las películas baratas y sensacionalistas, y de las novelas de misterio. Sin embargo, en la Ciudad de Nueva York, hace 34 años, ese personaje fue una escalofriante realidad durante más de un año. Miles de jóvenes vivieron aterrorizadas, los funcionarios perdieron el dominio de sus nervios, y uno de los cuerpos policíacos más competentes de Norteamérica se vio frustrado.

A la 1:30 de la madrugada del 29 de julio de 1976, se recibió una llamada telefónica en las oficinas de la Octava Zona Antihomicidios, en el Bronx: “dos mujeres balaceadas”. Jody valentine, de 19 años, herida en el muslo izquierdo; y su amiga, Donna Lauria, de 18, muerta. Cuando esta última se disponía a bajar del automóvil, frente a su casa, un hombre le disparó cuatro veces a través de la ventanilla delantera derecha. Según los peritos en balística, el arma era un revólver calibre .44. Pero este dato no se divulgó.

Alguien informó que Donna había reñido con su novio, y que este se encontraba en Nuevo México. Varios detectives volaron hacia allá y descubrieron que poco antes un individuo había comprado un revólver .44, y que había vivido en el Bronx, a seis manzanas de la calle donde la chica había sido asesinada.

Empezaban a armarse las piezas del rompecabezas. Un investigador pesimista comentó: ”Si ese no es, entonces se trata de un psicópata, y la situación se nos va a complicar”. (Un maniático mata por capricho y rompe con la norma según la cual todo delito tiene su móvil.)

A petición de la comisaría de Nueva York, la policía estatal de Nuevo México busco el .44 y lo encontró; pero las balas no correspondían a las del arma homicida. En la sala de detectives se oyeron maldiciones; pero aún faltaba lo peor.

El siguiente ataque, casi una repetición del primero, no despertó mucha atención. A las 2:30 de la madrugada del 23 de octubre, Carl Denaro y Rosemary Keenan, de 20 y 21 años respectivamente, se encontraban en un automóvil estacionado en la calle 160 de Flushing, en el barrio de Queens. Denaro recibió un tiro en la cabeza, pero sobrevivió. Rosemary salió ilesa. Más tarde, la policía especuló que en la oscuridad el asesino había tomado al muchacho por una mujer, pues el cabello le llegaba al hombro.

El sábado 27 de noviembre, el homicida atacó de nuevo. Joanne Lomino, de 18 años, y su amiga Donna DiMasi, de 17, estaban sentadas frente a la casa de la primera cuando un sujeto se acercó a preguntarles una dirección. De pronto, sacó un arma de su chaqueta y abrió fuego. Hirió a Joanne en la cabeza y la dejó paralizada, y a Donna en el cuello. Los agentes recogieron tres cartuchos de calibre .44.

Transcurrieron dos meses hasta el siguiente ataque; esta vez la puntería fue letal. Christine Freund, secretaria de 26 años, cayó muerta a tiros a las 00:30 horas del 30 de enero de 1977, cuando con su prometido se hallaba en un automóvil en Forest Hills, en el barrio de Queens. Luego, a sólo media calle de allí, el 8 de marzo a eso de las 19:30 horas, Virginia Voskerichian, estudiante de 19 años de la Universidad de Columbia, fue abatida a balazos desde corta distancia en la calle Dartmouth.

La yuxtaposición de los dos asesinatos parecía demasiada coincidencia. Dos días después, mientras el terror atenazaba al vecindario de Forest Hills, el alcalde de Nueva York, Abraham Beame, y el comisario municipal de la policía, Michael Codd, convocaron a una conferencia de prensa para anunciar que el mismo revólver .44 había matado a las tres muchachas y que el pistolero solitario aún andaba suelto, quizá buscando nuevas presas.

Como las autoridades solicitaron la cooperación del público, empezaron a llegar abundantes informes por carta y por teléfono. Antes de que pudieran verificarlos, el asesino cobró nuevas víctimas. En esta ocasión dejó una nota burlona cerca de los cadáveres de Valentina Suriani, estudiante universitaria de 18 años, y de Alexander Esasu, de 20, ayudante de operador de un camión de remolque. Tras acercarse al auto en que estaban sentados, el criminal disparó a través de la ventanilla cerrada. Esto sucedió a las 3 de la madrugada del domingo 17 de abril, a pocas calles de donde ocurriera el primer homicidio.

Tres días más tarde, el jefe de detectives John Keenan estableció un grupo a las órdenes del inspector adjunto Timothy Dowd, para coordinar la búsqueda del hombre a quien Keenan llamaba “Hijo de Sam”, según una enigmática mención en la nota. Al igual que con Jack el Destripador, una nota sería el conducto para que a ambos asesinos se les llamara por un mote elegidos por ellos mismos.

Nació el primero de junio de 1953. nunca conoció a sus verdaderos padres. Tenía 17 meses cuando se firmaron los documentos de adopción, que lo convirtieron en David Richard Berkowitz, hijo de Nat y Pearl Berkowitz.

Al morir Pearl, él tenía 14 años, y lloró abiertamente en el funeral. Desde que cursó la enseñanza secundaria, se metía en dificultades. “Siempre hay en cada grupo un tipo al que todos consideran raro”, comentó un ex condiscípulo suyo de la escuela de Segunda Enseñanza Columbus, en el Bronx. “David era uno de esos”.

Provenían de los distritos policiales de las cinco zonas metropolitanas; de callejones, esquinas y bares que constituían sus cazaderos. Eran los mejores y más talentosos detectives de la Ciudad de Nueva York, seleccionados para sumarse al batallón especial del inspector Dowd.

Respondían al teléfono, clasificaban los informes y examinaban los bocetos que trazaban los dibujantes de la policía. Tomaban café por litros, dormían muy poco y sentían que aumentaba la presión. Algunas veces entraban cuatro llamadas telefónicas por minuto.

El 31 de mayo de 1977, el Hijo de Sam envió una carta a Jimmy Breslin, columnista del diario Daily News, de Nueva York. He aquí algunos extractos:

“Un saludo desde las cloacas de la Ciudad de Nueva York, que rebosan de mierda de perro, vómito, vino rancio, meados y sangre. Un saludo desde los albañales de la Ciudad de Nueva York, que se tragan estos manjares cuando los arrastran  los camiones de la limpieza. Un saludo desde las grietas de las aceras, de parte de las hormigas que moran en ellas y se nutren de la sangre seca de los muertos”.

“No piense que porque no he dado señales de vida durante un tiempo me he echado a dormir. Aún estoy aquí, como un espíritu que ronda en la noche; sediento, hambriento, descansando raramente, ansioso de complacer a Sam”.

“Posdata: J.B., por favor informe a todos los detectives que trabajan en el caso que les deseo la mejor de las suertes. Sigan indagando, no desmayen, piensen positivamente, no se apoltronen , toquen madera de ataúdes, etcétera”.

A principios de junio la situación comenzó a tornarse positiva. Cierto estudiante de Manhattan les dio el nombre de un colega que muy bien podía ser el Hijo de Sam. Respondía a las descripciones físicas. Era brillante, elocuente, y extraño solitario, intenso. Lo habían arrestado varias veces por asalto a bancos, y en una ocasión lo declararon culpable; en todos los casos figuraban una nota y una pistola. En clase participaba en las discusiones acerca de asesinatos famosos, y a veces las dirigía. Sin embargo, cuando salían a colación las matanzas cometidas con el revólver .44 permanecía callado. Los grafólogos estudiaron la letra y opinaron que pudo haber escrito la nota del Hijo de Sam. Los detectives indagaron más a fondo. Tenía conocimientos especializados en todo tipo de armas. Empezaba a interesar. Lo pusieron bajo vigilancia. Cuanto más lo observaban, más se convencían.

Luego, cierta noche, hacia fines de junio, eludió a sus seguidores y se desvaneció. Esa misma noche ocurrió un tiroteo cerca del cabaret Elephas.

A las 3:20 de la madrugada, del domingo 26 de junio les dispararon a Judy Placido de 17 años, y Salvatore Lupo, de 20, cuando se encontraban en un  automóvil estacionado en Bayside, en el barrio de Queens. Judy recibió heridas en la cabeza, el hombro y la nuca; lupo en el brazo. Ambos sobrevivieron.

En las semanas siguientes la policía asignó a más agentes para la investigación y preparó una vigilancia en gran escala de los vecindarios donde el criminal había actuado.

Durante el ataque, el sospechoso anduvo perdido. Volvió a casa a las 6 de la mañana al volante de un auto color claro, parecido al que habían visto cerca del sitio donde se cometieron los crímenes; vestía como el hombre que observaron alejarse del lugar de los hechos.

En total, 75 detectives y 225 agentes uniformados se dedicaban de tiempo completo a descifrar el caso; centenares más colaboraron en sus horas libres. Se congestionaban las líneas telefónicas especiales de la policía. Hubo muchos que llamaron y decían ser el Hijo de Sam; a veces pedían que los aprehendieran en tal o cual domicilio. Los agentes acudían, pero nadie los esperaba.

Mientras, varias patrullas recorrían los sitios donde se estacionaban los enamorados, y anotaban la matricula de todos los coches que se encontraban allí después de medianoche. Incluso colocaban maniquíes en algunos vehículos para simular parejas, pues consideraban muy peligroso usar como señuelo a personas.

“Era un joven muy apuesto, distinguido, alto, de cabello castaño y ondulado”, recuerda una vecina de la familia Berkowitz. “También era hiperactivo. Los niños se quejaban de que les pegaba sin motivo”.

“Hacía cosas raras. Daba empellones a las personas. Siempre tuvo una imaginación muy vívida. Su conversación iba más allá de la de un chico normal. Su madre sólo le sonreía”.

El 26 de julio, Berkowitz, de 24 años y empleado común y corriente del servicio postal, salió de la oficina de correos del Bronx, donde trabajaba, para no volver jamás. En los diarios se hablaba mucho del día 29 del mismo mes. (en su carta a Breslin había insinuado que tal vez atacara en el aniversario de su primer crimen.) La policía había tendido una red sobre Queens, el Bronx y partes de Brooklyn, con la esperanza de capturarlo antes de que asesinara otra vez. Berkowitz esperó hasta la noche siguiente, encontró un hueco en la vigilancia y lo aprovechó. Mientras tanto, los detectives velaron más de cerca, agregaron agentes y los distribuyeron en torno a la casa que estaban vigilando como a guardias en el muro de una prisión. Así estaban la noche del 31 de julio cuando aconteció lo que más temían.

El escurridizo Hijo de Sam atacó por octava vez el 31 de julio. Mató a Stacy Moskowitz e hirió a Robert Violante, ambos de 20 años, a las 2:50 de la madrugada, mientras contemplaban desde un automóvil la Luna llena que iluminaba la bahía de Gravesand, en Brooklyn.

Los detectives que cuidaban una casa cuando ocurrió el asesinato se miraron perplejos. Un detective fue y llamó a la puerta de entrada. Al cabo de pocos minutos la abrió el sujeto, con los ojos hinchados por el sueño. El agente lo miró, luego dio media vuelta y se marchó.

Neysa Moskowitz, la angustiada madre de Stacy, expresó la cólera de la ciudad al decir: “Un animal como ese debe ser atrapado. Espero que sufra el resto de su vida”.

Aquella fue la noche de la adversidad. Por todos los rincones de la ciudad vigilaron a todos los principales sospechosos; todos tenían coartada. Pero no habían avanzado un solo paso en la captura del Hijo de Sam. La frustración empezaba a reinar en el departamento policial.

En 1971, David se alistó en el ejército. El Pentágono califica su hoja de servicios de “muy rutinaria”. Cuando estuvo en Corea, en 1972, sus cartas cambiaron en forma radical. Sustituyó su firma “Soldado raso Dave”, por la de “Amo de la realidad”.

¿Quién podría explicar la paradoja? Sus camaradas del Ejército lo oían jactarse de que tomaba LSD y píldoras, mientras que por otro lado predicaba un cristianismo apocalíptico que no armonizaba con las tradicionales diversiones de un soldado: el alcohol, las mujeres y la blasfemia.

Algunos individuos maduran y aprenden del servicio militar. David Berkowitz tomó el camino opuesto. Su correspondencia parece un testimonio de la degeneración de una mente enferma.

Una carta alude a una conversación con Jesucristo: “Un día yo y Jesús hablamos de lo de siempre. Como quiera que sea, abordamos temas muy profundos”.

“Desde que lo conozco”, afirmó un amigo, “David siempre ha confundido la fantasía con la realidad”.

Las fuerzas del orden comenzaban a desesperarse cuando algo ocurrió que abrió una luz al final del túnel. Tal como el inspector Dowd viniera repitiendo incesantemente, un detalle trivial hizo tropezar al homicida del .44. “Una infracción de estacionamiento”, comentó más tarde a un agente. “Nada menos importante que eso”.

Diez días después del asesinato, durante una comprobación de todos los automóviles multados esa noche en la zona del crimen, los policías encontraron el auto cerca de un edificio de apartamentos en el número 35 de la calle Pine, en el suburbio residencial de Yonkers (Nueva York). Por una ventanilla, el detective Ed Zigo vio la culata de una ametralladora en un saco de yute, y un sobre dirigido a la policía y a la prensa.

Encaminándose a lo que, según él, habría de ser su noveno ataque y apoteosis final (una matanza con ametralladora en un cabaret de Long Island), el individuo tomó una bolsa con el revólver Bulldog calibre .44 cargado, salió del apartamento lleno de pornografía y de inscripciones, bajó el ascensor, y entró al Ford Galaxie color crema que contenía la ametralladora. Dio vuelta a la llave del encendido y, de repente, vio que le apuntaban los cañones de tres pistolas.

?¡Policía! ¡No se mueva! ?gritaron los detectives.
?Está bien ?dijo mansamente David Berkowitz?. Me han atrapado ?y sonrió.

El misterioso “Sam” de las cartas parece haber sido un vecino delgado y canoso, Sam Carr, de 64 años. Berkowitz le había enviado misivas, amenazándolo a causa de los aullidos de su perro, al que hirió más tarde en una pata con una pistola calibre .44.

“Sam me dijo qué debía hacer, y lo hice”, refirió David a la policía. “Yo recibía órdenes”. ¿Quién era Sam? Según Berkowitz, su vecino, pero “en realidad es un hombre que vivió hace 6000 años. El perro me traía los mensajes. Me ordenó matar”.

Lo sometieron a un examen psiquiátrico. Según algunas personas informadas, había pocas probabilidades de que lo enjuiciaran o encarcelaran. Cuando empezó a hablar aquel perturbado ejecutor de extraños mandatos, los detectives no sentían ya odio ni rabia. A diferencia de la muchedumbre que reclamaban venganza afuera de la comisaría, los veteranos de aquella pesadilla presintieron de inmediato que el Hijo de Sam (había segado 6 vidas y dejado cicatrices en muchas otras) no les dejaría otra cosa que su caprichosa y horrible demencia. Y la sonrisa.

 
El verano de 1977…. perteneció a Sam
 
 
Extractos del “Time”, “Daily News” de Nueva York, “Times” de Nueva York, y de Newsweek.