Relato creado por mi: MATHEW

A parte de jugar a videojuegos, soy un ávido lector, y me gusta escribir mis propios relatos. Ahora mismo me hallo escribiendo un conjunto de relatos cortos, de unas 15 páginas cada uno. Éste es el primero de todos, Mathew. Aquí una sinopsis:

 

 

Charles es un joven maltratado por la vida. Su madre murió al parirle, y su padre es un borracho agresivo. Durante su joventuz, comienza a experimentar un agudo caso de esquizofrenia, siendo acosado por un hombre imaginario, de nombre Mathew, que le atormenta a diario. Una noche, en un arrebato de ira, asesina su padre, también llamado Mathew. Esa noche, Charles descubre que si asesina a alguien llamado Mathew, la alucinación desaparece por un tiempo. De ésta forma, comenzará una serie de asesinatos que lo llevarán más rápido aún a su muerte …  

 

 

                  P r ó l o g o  

Virginia Darrows había vivido toda su vida en un pequeño pueblecito del norte de Washintong, un lugar plácido y tranquilo, lejos del ajetreo de la ciudad y el estrés de la sociedad. Había sido criada de manera ejemplar, y sus padres estuvieron realmente orgullosos de ella cuando consiguió el título escolar, con los quince años recién cumplidos.                             

  Había terminado el curso y todo el verano esperaba a ser disfrutado, segundo a segundo, muy merecido tras el tiránico trabajo que Virginia había llevado a cabo durante todo el año. Entonces comenzaron a suceder los “ incidentes “, como solían llamarlo sus padres. Virginia comenzó a comportarse de forma extraña, histérica en ocasiones. Discutía a voces con su madre, se peleaba a golpes con sus amigas, se escapaba de casa en plena noche … Los padres de Virginia comenzaron a preocuparse seriamente de su hija, preguntándose qué le había sucedido, y a qué se debía ese cambio tan brusco en su actitud. Decidieron esperar, poniendo sus esperanzas en el tiempo, esperando que éste curase las heridas que su hija pudiera tener, heridas que probablemente provocaran los accidentes. 

 Pero los días y los meses y los años, pasaron sin remedio, y la situación no mejoró. Virginia seguía comportándose de forma histérica, y a cada segundo que pasaba, su cuerpo se demacraba más y más. Dejó de salir con sus amigas, se mantenía encerrada en su cuarto, negándose a salir cuando se lo pedían sus asustados padres.  Virginia comenzó a hablar sola a la edad de diez y siete años. Mantenía conversaciones sin sentido, se contestaba a si misma. Parecía vivir en un mundo diferente al del resto, ajena a lo que sucedía a su alrededor. Una lluviosa tarde de invierno, los padres de Virginia la llevaron a la fuerza al hospital psiquiátrico de Florida. Virginia forcejeó y gritó durante todo el camino, pero no se detuvieron en su marcha. El matrimonio Darrow estaba seguro de que su hija, la muchachita agradable y educada que habían criado con esmero, había desaparecido en aquel verano maldito, dos años atrás.  Los médicos del centro psiquiátrico analizaron a Virginia durante días, estudiando su actitud, sus gestos, sus movimientos, hasta el más mínimo detalle de su ser.

No tardaron demasiado en darse cuenta de que Virginia Darrows poseía un caso grave de esquizofrenia. La noticia destrozó a sus padres. En el momento de la noticia, hubiera podido escucharse el crujido de los sueños rotos. Virginia Darrows fue ingresada en el hospital el 17 de julio de 1969. Y jamás saldría viva de allí. Pero antes de dejar el mundo definitivamente, antes de sumergirse en la eterna oscuridad y exhalar su último aliento, dejó en el mundo un último resquicio de su locura, una última maldición.  Tuvo un hijo.                

  C a p i t u l o  1 

Charles Darrow no vivió una infancia agradable, feliz y cálida, como debieran ser las infancias. Fue educado por su padre, Matthew Ellis un drogadicto agresivo que substituyó los consejos y los cariños por los golpes y los gritos. Nada supo de su madre, salvo que murió en el parto, estando ingresada en un hospital psiquiátrico. Su padre solía asegurar que Charles había matado a su madre por puro egoísmo, por haber querido venir al mundo antes de tiempo. Cuando decía esto, Charles se tapaba los oídos y gritaba sin cesar, hasta que lo único que escuchaba eran sus propios y agónicos gritos.

A la edad de catorce años comenzó a desarrollar un leve caso de esquizofrenia, quizá heredado de su difunta madre. Los ruidos de la calle se tornaban en frías voces, graves lamentos y palabras sin sentido, torturándolo. La situación familiar no hizo sino empeorar su estado psíquico, agudizando la esquizofrenia. Poco tardó en tener alucinaciones muy desagradables. Comenzó a ver a un hombre, muy parecido a su padre, siempre observándole, desde la sombra, con ojos furiosos. Los meses pasaban y el hombre-alucinación no desaparecía, pero no fue hasta un año después cuando rompió el silencio. – Hola, Charlie – fue lo primero que Charles escuchó del hombre – Me llamo Matthew. 

Y eso fue lo único que dijo. Durante semanas repitió esta misma frase, una y otra vez, en la mente del desdichado Charles. Tenía miedo de contarle a su padre lo de las alucinaciones, por miedo a una reprimenda, así que continuó su vida sin tomar mediación alguna. Con el paso del tiempo, Charles comenzó a relacionar al hombre de la alucinación con su padre. Lo que la alucinación hacía estaba estrechamente relacionado con su padre, lo que llevó al joven Charles a odiar profundamente a ambos. Cumplidos los diez y ocho años, Charles seguía viendo al hombre, cuya cantinela nada había variado.

 El nombre Matthew continuó sonando en su cabeza a cada segundo, volviéndole más y más inestable. Una noche de verano, Charles había salido a comprar cerveza para su padre, y al volver, le estaba esperando en el umbral de la casa. Nada más entrar, Charlie comenzó a recibir golpes con un cinturón que solía llevar puesto, uno detrás de otro, sin descanso.Con el paso de los años, había desarrollado cierta inmunidad al dolor, necesaria sin duda dadas las numerosas palizas que recibía cada semana por parte de su padre, cuando volvía drogado a casa, o simplemente se encontraba de mal humor.

Pero esta paliza fue demasiado. Charles comenzó a sangrar copiosamente por la espalda, manchando el suelo de sangre y llenando el ambiente del  olor metálico y dulce de la sangre. Pero su padre no paró. Siguió golpeándole sin cesar. Mientras tanto, la alucinación de Charles continuaba con su frase: – Hola, Charlie, me llamo Matthew. El dolor comenzó a hacerse insoportable, la cabeza iba a explotarle, deseaba estar muy lejos, lejos de allí, en un lugar silencioso, diferente, indoloro, un lugar feliz como el de aquellos chicos que a veces veía en la calle, hablando alegremente. Deseaba ser normal. De súbito, su mente se saturó, y un profundo grito escapó de su garganta. Tan fuerte fue el alarido, que su padre dejó de golpearle, mirándole atónito. Charles jamás había abierto la boca mientras era golpeado. – Hola Charlie, me llamo Matthew. 

Como una exhalación, Charles se incorporó, dejando una enorme mancha de sangre en el suelo. Cogió el cenicero que su padre utilizaba cuando no apagaba sus cigarrillos en los brazos de Charles, y golpeó sin dudarlo en la cabeza de su padre. Cayó al suelo, inerte, en silencio. Parecía que toda la sangre del cuerpo desease salir por la hendidura que había creado en la cabeza de su padre con el cenicero. Pasaron unos segundos de silencio, en los cuales nada se oía salvo la alterada respiración de Charles, aún con el cenicero en la mano, observando atónico el cuerpo inerte y sin vida de su padre. La lluvia comenzó a caer suavemente, humedeciendo la oscura noche. Las gotitas de lluvia empezaron a repiquetear en el cristal de la ventana, llenando la silenciosa estancia del monótono sonido. Charles, que continuaba quieto, escuchó con atención el sonido.

Y una sonrisa se le dibujó en el rostro. Oía la lluvia, y solo la lluvia! Nada más! La voz había callado al fin! La alucinación había desaparecido por fin! Parecía que, con la muerte de su padre, toda su vida acababa de encarrilarse. Y como si alguien le hubiese quitado el velo de los ojos, pudo observar el mundo por vez primera, ante el se abrían un mundo de posibilidades. Charles podía retomar su vida, comenzar de cero. Había matado a su padre en defensa propia, ningún jurado le condenaría, podía medicarse y mejorar su situación … Pero de entre todas estas opciones, destacaba una, una horrible opción, digna de una mente marchita, y a esta idea se aferro el pobre Charles, concienzudamente.  

Todo encajó de súbito, tan rápidamente que Charles se quedó con la boca abierta.  La alucinación había desaparecido, pero volvería. Volvería. Había desaparecido momentáneamente. No cabía duda de por qué había desaparecido. Había matado a su padre, su padre, llamado Matthew … Todo encajaba ahora. La alucinación se llamaba Matthew. Su padre se llamaba Matthew …  Por primera vez, Charles Darrow vio claro su objetivo en la vida. La alucinación había desaparecido por matar a alguien llamado Matthrew. Y no aparecería más si continuaba encontrando a gente llamada Matthew. Debía matar a todo aquel que se llamara Matthew.

 Todo cobraba sentido, como si se tratase de una película cuyo argumento no entiendes hasta la frase final.  Y de esta forma, Charles eligió la única opción que le llevaría a la perdición.  

                       

     C a p i t u l o  2

  Un año después.  Tal y como Charles había supuesto, la muerte de su padre no le causo problema alguno, salvo unas incomodas visitas a los juzgados. Gracias a la pericia de Charles, nadie se enteró, siquiera imaginó que tuviera algún tipo de enfermedad mental. Al ser mayor de edad ( contaba con diecinueve años ), el estado no pudo dejarlo en ningún orfanato, por lo que le consiguieron un piso en Manhattan, donde se instaló a los pocos días. Era un piso cómodo, no demasiado grande, pero infinitamente mejor que la pestilente letrina en la que había vivido durante toda su vida.  A menudo Charles se sorprendía de lo fácil que había sido todo. Tan solo tuvo que levantarse del suelo y golpear a su padre, y todo se solucionó. Podía haberlo hecho antes.

 Se hubiera ahorrado muchos sufrimientos. Pero de nada servía sufrir por eso, se encontraba bien, y tenía claras sus ideas. Había comenzado a tratarse la esquizofrenia, tomaba pastillas todos los días. Le causaban mareos y vómitos, pero se sentía mejor. Estaba completamente reformado. Pero había algo que le perturbaba, día y noche. La alucinación había desaparecido, pero qué le impedía volver? En cualquier momento volvería para atormentarle, y entonces quizá no pudiese expulsarla de nuevo. Debía matar de nuevo. Era sencillo, muy fácil. No había remordimientos en él, simplemente ignoraba que matar a alguien estuviese mal o bien.

Todo era relativo. Para él no era más que una terapia contra su enfermedad. No llegaba más lejos que eso.  Había buscando un trabajo en Manhattan, un trabajo para mantenerse entretenido y conseguir dinero suficiente como para comer todos los días y poder pagar su piso. No aspiraba a nada más. Una mañana de Enero comenzaba a gestarse en el cielo. La luz mortecina del sol penetraba por las rendijas de las cortinas del cuarto del piso de Charles. Dormía profundamente. Era tan silencioso que su presencia podría haber pasado inadvertida para los ojos inexpertos. A su lado, el teléfono comenzó a sonar. Los ojos de Charles se abrieron de par en par, como si nunca hubiera estado dormido, se incorporó rápidamente, lo que le provocó un suave mareo que poco tardó en irse. Cogió el teléfono y con voz educada dijo: – Residencia de Charles Darrow, que desea?  – Hola – dijo una voz aguda, una mujer sin duda. Tan solo por su voz, se hacía odiar – Me llamo Isabella, le llamaba para decirle que estamos interesados en su solicitud de trabajo. 

 El rostro de Charles cambió rápidamente. Ahora la voz de Isabella sonaba como los cánticos de los ángeles, allá en el cielo. Recordaba haber dejado una solicitud en una tienda de electrónica, no haría más de dos días. Se aclaró la garganta y contestó: – Me alegro de oírlo – dijo – Quiere que me pase por la tienda o algo parecido?  – Si, nos gustaría que se pasase por aquí, esta tarde a ser posible – contestó la voz de Isabella – El señor Wesker quiere hablar con usted, explicarle como funcionan las cosas aquí, ya sabe …  – De acuerdo, no tengo ningún problema con eso – aclaró Charles – Me pasaré esta tarde por la tienda.  – A sido un placer hablar con usted, señor Darrow – concluyó Isabella – Ah, y perdone por llamarle a estas horas de la mañana, pero ya sabe, el trabajo es el trabajo. Le esperamos, señor.  Y un clic le informó de que había colgado. Lo había logrado.

Ya tenía un trabajo. Se había reformado. Miró la hora en el reloj iluminado, que marcaba las siete de la mañana. Se levantó de la cama, ya que le era imposible retomar el sueño de nuevo. Se dirigió al lavabo, y se miró al espejo. Tenía buen aspecto. Parecía que todo mejoraba por momentos. Charles no cabía en si de gozo.  La mañana pasó muy lentamente. No dejaba de mirar el reloj, impaciente por presentarse en la tienda y hablar con su futuro jefe, como si observando las agujas del reloj el tiempo pasase más rápido. Pero no era así, y al poco tiempo comenzó a desesperarse. Se vistió y decidió dar un paseo. Abrió la puerta de casa y bajó las escaleras hasta la calle. El viento fresco le golpeó en la cara, secándole y cortándole los labios, obligándole a entrecerrar los ojos. Comenzó a caminar, absorbiendo cada mota de olor, un olor fresco y matinal. Olía a esperanza. Miró al cielo. Azul. No había ninguna nube que tapase la belleza asombrosa de los cielos, ni el reluciente sol que todo lo iluminaba con su luz clara. Una sombra le traspasó el rostro. Recordó sus alucinaciones, y sus tiempos oscuros.

 Odiaba esos momentos, los aborrecía. Se odiaba a si mismo por recordarlos y estropear los momentos felices que vivía, pero sabía que era inevitable. Pero pronto todo terminaría , una vez encontrase a un Matthew, eso lo solucionaría todo.  Su estómago le indicó que se encontraba hambriento. El mediodía llegaba, y su paseo se había alargado demasiado. Encontró un buen restaurante unas calles más abajo, y allí disfrutó de la comida que le ofrecían. Charles nunca estuvo acostumbrado a buenos tratos ni a restaurantes, tampoco a la buena comida, siquiera a la comida decente, por lo que los restaurantes, malos o buenos, eran un verdadero paraíso para él, lleno de olores y sabores que desconocía hasta entonces.  Una vez hubo terminado de comer, se encaminó a la tienda de electrónica, con los nervios a flor de piel. Charles no estaba acostumbrado a tratar con la gente, al menos no directamente. Siempre se había comportado de forma muy cerrada, viviendo en su mente, alejándose de la compañía que no fuera estrictamente necesaria. No tardó demasiado en llegar ante la modesta tienda de electrónica, atestada de todo tipo de electrodomésticos, desde lavadoras a microondas o batidoras de todo tipo.

Una mujer de baja estatura y voz chillona le recibió: – Oh, hola, debes de ser Charles, verdad? – Dijo la mujer.  – Si. Isabella, cierto?  – Asi es. – contestó – Espera un momento, voy a llamar al señor Wesker.  Y desapareció entre el montón de cajas y electrodomésticos. Poco después apareció un hombre alto, entrado en años y con una gran barriga. Se paró delante de Charles y le miró por encima de sus gafas de media luna. Una sonrisa agradable iluminó

su rostro, y tendiéndole una mano, dijo: – Me llamo Matthew Wesker, encantado de conocerle.   

    

   C a p i t u l o   3

 Charles respiraba compulsivamente, exhalando aire como una locomotora, temblando sin cesar en pleno ataque de histeria. Había salido corriendo de la tienda en cuanto Wesker se presentó, sin mediar palabra. No solo había estropeado sus posibilidades de trabajo, sino que además había sufrido una enorme recaída, rememorando sensaciones que creía olvidadas, sensaciones de sus tiempos oscuros.  Ahora se encontraba en su casa, agazapado bajo la mesa, mirando a su alrededor. Buscaba compulsivamente la más mínima señal que le indicara la aparición de la alucinación. No cabía duda de que volvería, había dejado marchar a un hombre llamado Matthew. Había cometido un gravísimo error, y ahora debía pagar las consecuencias.  Notó el amargo sabor de la bilis en la boca, acompañado de una arcada que le hizo encogerse. Salió de debajo de la mesa y corrió al lavabo, abrió la tapa del váter y vomitó. Tosió y lloró a partes iguales.

Todo lo bueno que había logrado, todos los avances que había alcanzado se habían ido al traste. Jamás podría recuperarse, no cuando cometer errores se convertía en una tarea sencilla.  Una vez se hubo encontrado mejor, se reincorporó, y se lavó la cara con agua muy fría, disfrutando del dolor que la punzante agua le producía en las facciones. Ahora se sentía mucho mejor. Se recuperaría. Se miró en el espejo. Aún tenía buena cara, un poco pálido, pero nada más. Encontraría otro trabajo y volvería a encarrilarse. Este solo había sido un hecho aislado, un pequeño error sin consecuencias, inevitable. No debía preocuparse.  – Hola, Charlie. Me llamo Matthew. 

 Charles se paró en seco. Su mente se quedó en blanco, su respiración se pauso, incluso el corazón pareció pararse. Miró a su derecha, y allí estaba, su esquirla, su maldición, la alucinación, repitiendo incesantemente su única frase, su único nombre. El mundo comenzó a nublarse, rodeándolo todo de una neblina blanca y espesa, desdibujando los contornos de las cosas, volviéndolo todo negro. Charles esperó el abrazo de la muerte, pero esta no venía a buscarle aún. Despertó tres horas después, desmayado, en el suelo del lavabo. En su cabeza seguía sonando la condenada frase, y ante él se hallaba, inamovible, la alucinación.  Ni siquiera las pastillas habían hecho desaparecer sus tormentos. Había vuelto al principio del tablero, a la primera casilla, y ahora debía empezar desde el principio. Todo terminó con la muerte de su padre, Matthew, y todo volvería a terminar con la muerte de otro Matthew. Era simple, la lógica innegable de un loco. Esa misma noche terminaría con la alucinación, y a partir de entonces la mantendría a raya.  

Charles comenzó a elucubrar planes de asesinato, planes oscuros, pero según él, necesarios. Esperaría, ansioso, hasta la noche, hasta que Wesker saliese de su tienda para volver a casa, a descansar bajo el seno de su familia, feliz. Feliz. Eso quería ser Charles. Y si para ello debía destruir, lo haría. No tomó las pastillas esa tarde. No le funcionaban, su cura distaba bastante de lo que aquellas pastillitas suponían.  A las once de la noche salió de su casa, a hurtadillas, como una sombra. Recorrió las calles por instinto, llegando automáticamente hasta una oscura esquina, muy cerca de la entrada de la tienda de electrónica. Y allí, escondido, paciente, esperó. Pasaron los minutos y Wesker no salía. Charles comenzó a ponerse más y más nervioso, pues la frase, eterna, no paraba de repetirse en su mente, enloqueciéndolo. La tenue luz de la luna dotaba a todo de un toque blanquecino, de ensueño. Un sonido rompió el silencio en la solitaria calle. Una puerta se abría.

Charles se asomó con precaución por encima del coche en el que estaba escondido, oteando a su alrededor. Y allí estaba. Wesker salía tranquilamente de la tienda. Estaba solo. Charles se arrastró entorno al coche para acercarse todo lo posible a su objetivo. Mientras tanto, Wesker intentaba abrir la puerta de su coche. Se escucharon unas llaves caer, y Wesker soltó una maldición. Perfecto, las llaves le darían tiempo. Ahora estaba a solo unos metros del hombre, podría haberle tocado si lo hubiese querido, pero no lo hizo.  Esperó.  No estaba seguro de hacerlo. Matar a alguien? Estaba mal. Estaba mal? De pronto, comenzó a dudar. Debía irse a casa. No! No debía, debía quedarse, matarle. No debía acobardarse, si lo hacía, la alucinación le habría vencido, y eso no era una opción. Charles se incorporó, delatando su posición. Wesker notó su presencia y se asustó momentáneamente. Al comprobar que no era más que el muchacho que había salido corriendo aquella misma tarde, se tranquilizó un tanto.

  – Qué haces aquí, chico? – preguntó – Qué te ocurrió esta tarde? Charles guardó silencio.  

 – Vienes por el trabajo? – intentó Wesker – No te preocupes, debías de estar nervioso, por eso te fuiste. No pasa nada. Si quieres pásate mañana por la mañana y hablamos del empleo, de acuerdo?  

Charles continuó callado. No apartaba la vista de Wesker, y éste no dejó de notarlo. Comenzó a asustarse, ahora ya no le parecía un muchacho asustadizo, sino un desequilibrado extraño y peligroso. Intentó abrir la puerta del coche, y fue entonces cuando Charles rompió el silencio: – A donde va? – dijo.  – V-voy a mi casa – contestó Wesker, muy nervioso

– Es tarde, ha sido un día duro. Tengo que irme, hablaremos mañana … Si, mañana …. 

 Charles se alarmó, la puerta del coche se había abierto ya, y Wesker intentaba entrar. No podía dejarle escapar. No debía. Se abalanzó sobre él, iracundo, y le golpeó fuertemente en la cara. El golpe le hizo desequilibrarse y ambos cayeron al suelo. Wesker comenzó a gritar a voz en grito. Debía acallarle, o despertaría a todo el vecindario! Se lanzó sobre él y le tapó la boca con las manos. Wesker intentó liberarse, pero era demasiado viejo, no podía medirse con un joven como Charles. Pasaron los segundos angustiosamente, y a cada segundo que pasaba, Wesker se ponía más y más pálido. Charles se obligó a mirar a otro lado. Wesker no dejó de patalear ni un segundo, intentando liberarse por todos los medios, pero de pronto paró. Charles continuó agarrado a su boca un buen rato más, hasta que se dio cuenta de que todo había terminado. El cadáver de Matthew Wesker yacía en el suelo, inerte, blanco y sin vida.

El silencio inundó toda la calle, la alucinación había desaparecido.  Charles respiró lenta y acompasadamente,

disfrutando del aire de la noche. La peor parte ya estaba hecha. Ahora debía librarse del cadáver.       

    C a p i t u l o  4

 Matar a Wesker había resultado muy sencillo, incluso placentero. Deshacerse de su cuerpo fue una tarea mucho más ardua e incomoda que terminar con su vida. Charles pensó que la mejor manera de deshacerse del cuerpo era tirándolo en alta mar, así que alquiló una barca en el puerto y con máxima discreción subió el cadáver a bordo.  Se preocupó por que Wesker descansase para siempre en el fondo, así que lo ató junto a unas cuantas piedras para que se hundiera con más facilidad, y así evitar que flotase hacia la superficie y fuese detectado. Nadie pareció darse cuenta de nada, siquiera del forcejeo que Charles y Wesker tuvieron en plena calle.

 Había sido el crimen perfecto, al menos de momento. No sería más que otro caso del montón, abierto y sin culpable. Pero sabía que esto no terminaba así, no tan fácilmente. La matanza no debía terminar, jamás. Era la única forma de mantener a raya a la alucinación.  Y fue asi como Charles continuó su vida. Tomó cada día las pastillas, aunque no le servían de nada, nunca estaba de más una ayuda, por pequeña e inútil que fuera. Pasaron los meses y la alucinación no parecía volver, incluso llegó el punto que Charles pensó que no volvería más, aún sin matar a más Matthew. No había encontrado a ninguno, algo que le alegraba y le apenaba a partes iguales.  Encontró un trabajo en un videoclub, a unas cuantas manzanas de su piso, y por el momento todo parecía ir bien. Se preocupaba por no preguntar el nombre a sus clientes. A menudo pensaba en cuantos Matthew se habría encontrado, y por ignorar su nombre, se habrían salvado de la muerte.

Comenzó una relación amistosa con su compañera de trabajo, Alice. Aunque no tenía esperanza alguna con ella, suponía una gran ayuda, un buen apoyo moral que solía utilizar cuando sufría alguna recaída, aunque Alice ignoraba por completo el problema de Charles, y los horribles actos que éste había cometido.  Según esta relación se fue profundizando, Charles mejoraba más y más. Había ocasiones en las que olvidaba por completo a su alucinación. Podría decirse, sin exagerar demasiado, que Charles Darrow había encontrado al fin su equilibrio, alcanzando así su momento de “ oro “, su etapa más cuerda. Pero esto no iba a durar mucho tiempo. Charles descubrió que Alice mantenía una relación con un profesor universitario, desde hacía varios meses. Aunque Charles no quería, Alice insistió concienzudamente en presentárselo, hasta que al fin aceptó, a regañadientes.  Una mañana de agosto, Alice y Charles se dirigieron al piso en el que vivía junto con su pareja.

El piso era muchísimo más lujoso y mejor decorado que el de Charles, aunque a éste no le importó. Las paredes, completamente cubiertas de estanterías y libros daban a las habitaciones un toque rústico y hogareño, completamente distinto a las del frío apartamento de Charles. Charles sabía perfectamente lo inteligente que Alice podía llegar a ser. Leía libros continuamente y estaba estudiando derecho, lo que le hacía  preguntarse por qué no trabajaba en algo mejor que un triste videoclub.  Se sentaron en un cómodo sofá, y vieron un poco la televisión mientras esperaban la llegada de la pareja de Alice. Charles miraba la televisión, pero tan solo la miraba, ya que no prestaba atención a nada de lo que se mostraba en ella.

 No tenía televisión en su piso, nunca le había encontrado la gracia a mirar una serie de imágenes, una detrás de otra, en un trozo de cristal cuadrado. Aún así, simuló disfrutar del programa que estaban mirando, con intención de contentar a la jovencita que tenía a su lado.  La atención por la televisión se rompió cuando el sonido de unas llaves abriendo una puerta asomó desde el pasillo. El novio de Alice llegaba, el momento de ponerse la máscara y mostrar su faceta más falsa había llegado. Un hombre alto y delgado entró en el comedor, mirándolos a ambos.  

– Vaya, Alice, no sabía que teníamos un invitado hoy – dijo. 

 Alice se levantó, y Charles hizo lo mismo. 

 – Este es Charles – dijo ella – El chico del que te he hablado, mi compañero de trabajo.  

– Ah! Charles! – dijo el novio de Alice, simulando sin éxito un tono de sorpresa – Tenía ganas de conocerte.

 Alice no para de hablar de ti.  Estaba claro ambos no acababan de caerse bien. Aunque a Charles le era indiferente ( había ido olvidando el significado de la palabra sentimientos ), ese hombre alto y con gabardina tenía algo que no le gustaba. Se creó un incomodo silencio, que se alargó demasiado, tanto que Alice tuvo que intervenir: – Bueno, Charles – dijo – Este es Matthew Adams, mi pareja.  El mundo se paró por completo. Por un momento pareció que todo lo que había alrededor de Charles se paraba en seco. Un sudor frío recorrió su espalda, un pequeño temblor le

hizo estremecerse. Observó con atención la cara del hombre que iba a matar.                               

       C a p i t u l o  5 

Se mantuvo callado durante todo el rato que estuvo en casa de Alice, y se alegró mucho cuando al fin pudo irse de allí. Se despidió rápidamente y abandonó el agradable piso. Caminó por las calles en silencio, sumido en sus pensamientos. No sabía a donde se dirigía, pero no le importaba, tan solo quería caminar, como si eso pudiera solucionar todos sus problemas.  No paró cuando un mendigo le pidió limosna, ni cuando al cruzar una calle casi le atropellan, no paró por nada del mundo. Para cuando se quiso dar cuenta, se encontraba en Central Park, rodeado de árboles. El silencio era total, tan solo roto por el zumbido de los insectos, allá en las copas de los frondosos árboles. Respiró hondo el aire sanó del bosquejo. Las luces del mediodía comenzaron a llenarlo todo, lentamente, extendiendo su calor abrasador y pegando las ropas a la piel.  No había lugar para las dudas.

 Estas hacía tiempo que se habían marchitado, junto con lo poco que quedaba del alma de Charles Darrow, cuando mató a su padre en el porche del infierno. No tenía otra opción que matar a la pareja de Alice. No sentía pena por él, sino por ella. Destrozaría su vida, completamente, y si alguna vez descubriera quien era el verdadero culpable … Por ello debía hacerlo en algún momento especial, el momento idóneo, cuando ella no estuviese cerca.  Alice tenía turno de noche al día siguiente. Estaría toda la noche tras el mostrador del videoclub, y no llegaría a casa hasta las ocho de la mañana. Tiempo suficiente. Si, tiempo suficiente.

 El plan ya estaba hecho. Solo quedaba llevarlo a cabo. Esperó pacientemente hasta al día siguiente. No fue a trabajar, no era el momento. Tampoco tomó las pastillas, necesitaba estar sereno por la noche. Había trabajo, mucho trabajo por hacer.  El cielo comenzó a oscurecerse, y unas ligeras gotas de lluvia lo mojaron todo, arreciando minuto a minuto hasta convertirse en una gran tormenta. Pero no era nada en comparación con la tormenta que comenzaba a estallar en la mente de Charles. Cogió una máscara y se la guardó en la chaqueta. Se obligó a pensar en la manera de matar a Adams … Mientras daba vueltas por su piso, comenzó a escuchar, débilmente, la vocecilla de la alucinación, vomitando una y otra vez su frase. Esto le hizo darse más prisa.

Cogió un cuchillo largo y afilado de la cocina y se lo guardó en el pantalón.  Respiró hondo y salió del piso como una exhalación, una sombra silenciosa e invisible.  Caminó a pasos agigantados por la mojada calle, disfrutando de la frescura del agua mientras rozaba su piel, cayendo incesantemente. El sonido era atronador. No había ni un alma en la calle, algo muy lógico teniendo en cuenta que el cielo parecía querer explotar sobre la ciudad. Tardó una hora en llegar a la calle en la que vivía Alice, y eran las tres de la mañana cuando subió en silencio las escaleras, hasta el tercer piso. Una vez hubo llegado, se paró en seco. Sacó de dentro de la chaqueta la máscara y se la puso. Dificultaba mucho su visión, y respirar era mucho más complicado, pero era necesario. Sacó el cuchillo del pantalón, y comprobó lo afilado que estaba. Lo pasó suavemente sobre su dedo, y una fuerte sensación de quemazón le indicó que se había cortado. Disfrutó del dolor y observó la sangre salir.  

Puso la mano sobre el pomo y sacó la llave del bolsillo. No había olvidado llevarse la llave antes de salir de la casa precipitadamente, el día anterior. Había sido muy sencillo. Aunque estaba seguro de que Alice le hubiera dado una copia de las llaves si se lo hubiese pedido. Se odiaba a si mismo por lo que iba a hacer, pero no se detuvo. La puerta chirrió ligeramente al abrirse.  Se introdujo en silencio, atravesando el umbral de la puerta. Sus pasos eran certeros, su caminar silencioso, rápido y ágil. Ya había entrado en la casa, conocía su disposición. Podía escuchar la televisión, en una sala cercana, iluminada. Se aproximó con más lentitud hasta llegar a la puerta de la habitación. Con extrema precaución, se asomó.  Adams estaba sentado en el sofá, ajeno a todo, observando muy concentrado un partido de béisbol en la televisión. El volumen estaba muy alto. Mejor.

Entró en la habitación, aproximándose centímetro a centímetro a su objetivo. Estaba a unos pocos metros cuando pisó algo blando. No era un cable, ni un palo, tampoco una alfombra. Un ensordecedor aullido le indicó que había pisado la cola del gato. El gato. Adams se giró automáticamente, de repente alerta. No tardó en verle, con la mascara puesta y el enorme cuchillo en la mano. Gritó y se levantó en el acto. Se alejó unos metros hasta que chocó de espaldas contra la pared. Era vergonzoso.  – Qué quieres? – preguntó Adams – Quieres dinero? Llévatelo todo, por favor, pero no me hagas daño! Llévatelo!  Charles se quedó perplejo. En ese momento se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Iba a matar a un hombre a sangre fría. Maldición! Se estaba echando atrás. Si ese gato no hubiera hecho tanto ruido … Hubiera sido más sencillo matarle sin mirarle a los ojos, sin tener que escuchar súplicas … Mientras pensaba, Adams había aprovechado para aproximarse al teléfono. Estaba marcando un número. No podía permitírselo. Se lanzó directo hacía él, y no pudo evitar emitir un grito.

Adams reconoció la voz al instante.  – Charles? – dijo – Eres tú? Eh? Ya se lo que buscas! Quieres a Alice, verdad? Quédatela! No la quiero, no la quiero, es tuya! Pero déjame ir, de acuerdo? Hazle lo que quieras a ella! Charles se quitó la mascara. Eso no. Ni iba a permitir que un hombre capaz de decir tales cosas, un hombre tan cobarde, un ser repugnante, no le iba a permitir vivir. Solo pensar en respirar su mismo aire…. Le entraban arcadas. Miro a los ojos a su victima, que le devolvió la mirada. Se observaron unos segundos, los últimos segundos de vida de Matthew Adams. Charles se lanzó con el cuchillo en la mano, y con un rápido movimiento lo clavó en el pecho de Adams. El apuñalado abrió los ojos de par en par, intentando exhalar aire, aspirarlo, agarrado con fuerza a sus últimos momentos de vida. Pero su muerte era inevitable. El cuchillo había cortado su hilo de la vida, había terminado con él. Cayó de rodillas, intentando sacarse el cuchillo del pecho, pero no lo hizo. Cayó de espaldas, con los ojos abiertos y la cara tensa, asustada. El suelo comenzó a teñirse de rojo.  Charles comenzó a respirar muy rápido. Se había hecho el silencio. Había funcionado de nuevo, la alucinación se había ido, de momento.

Un éxito. Se dio la vuelta dispuesto a marcharse, pero se paró en seco. Con los ojos completamente abiertos y la respiración cortada, observó a Alice, en la entrada, mirando a su pareja muerta en el suelo, y a su lado a su asesino, con el cuchillo manchado de sangre en la mano. Había vuelto antes de tiempo.  Charles corrió hacia Alice, con el

cuchillo en ristre. Un alarido rompió el silencio de la noche.       

      E p i l o g o  

En los días que pasaron, Charles no salió de su casa. Ni siquiera comió, ni durmió en ningún momento. Se sentó en el suelo, mirando anonadado  la pared de enfrente, y así estuvo durante tres días. Temía que al moverse su alma se descompusiese en mil pedazos, que lo poco que quedaba de Charles Darrows se rompiese al incorporarse. La alucinación había vuelto. Matar a Adams no había servido absolutamente de nada. Pero eso no le importaba.  Nada importaba. No podía olvidar los alaridos de terror, de dolor, que Alice soltó antes de caer muerta en el suelo.

En ese momento entró en una especie de limbo, en una burbuja de placentera indiferencia. No le importó ver muerta a su amiga en el suelo, tampoco le importó que le viese la cara una anciana, al salir del piso. Tampoco le importó que, al cuarto día, unos policías entrasen en su casa, le leyesen sus derechos y le llevasen esposado a la comisaría. Ni siquiera intentó demostrar su inocencia. Simplemente era culpable. Y la forma más sencilla de salir de ese lío era obvia. Ser inocente. Y no lo era. 

 Así que no habló en ningún momento, ni cuando le condenaron a cadena perpetua en un juicio, ni cuando le encerraron en su celda, una noche de agosto. Permaneció en el más absoluto silencio, escuchando una y otra vez a su alucinación. Pero ya no le importaba. Ya no era una persona, simplemente un manojo de carne, sentado en una cama, dentro de una celda. No se fijó, ni siquiera miró, a su compañero de celda, un gordo y calvo delincuente, cuyo olor inundaba toda la estancia. Pero éste si que se fijó en Charles. Pasaron unos días. Una agradable mañana de septiembre permitió a Charles ver los rayos del sol entrar por entre las rejas de la diminuta ventana. La voz tosca del criminal rompió el placentero silencio: 

– Eh, colega – dijo – Porqué estás aquí?  No contestó. 

 – Es que no me oyes? – insistió el criminal – Bueno, no importa. Espero que nos conozcamos mejor. Me llamo Matthew. Matthew Carry.  

Charles le miró, apartando la vista de la ventana. Mantuvo los ojos fijos en él durante unos segundos, pero pronto perdió el interés y continuó mirando por la ventana. Escuchó con resignación la frase de su alucinación, e iluminado por los rayos de sol, esperó pacientemente la llegada de su tan deseada muerte.