La Muerte Blanca, capítulo III

Capítulo III-1

Garnet yacía sentado, con la mirada perdida en algún punto desconocido del techo de un blanco impoluto, con la cabeza girada en un ángulo casi imposible. Nada indicaba su estado de difunto si no fuera por el estilete que permanecía clavado entre la segunda y la tercera vértebra desde la base del cráneo.

– No lo hemos tocado – afirmó Hawkins, dirigiéndose a Megan, con la voz aún temblorosa por la impresión – Estamos esperando al doctor.

– Tranquilo, antes de ir a por Johnson, he ordenado a Meyer que fuera a buscarlo – le respondió ésta, que parecía haberse hecho cargo de la situación – También sería conveniente avisar a Malone.  Dawson debe estar a punto de llegar.

Como si de una extraña investigación forense se tratase, Megan procuró que nadie tocase el cuerpo hasta la llegada del Dr. Levy, que en esos momentos se encontraba tratando de una crisis nerviosa al pobre señor Suresh. Pero no hacía falta tocar el cadáver para saber cuál había sido el arma del crimen, que a primera vista podía identificarse como uno de las plumas plateadas con el nombre de la expedición Ayax grabado, uno de los pocos detalles que la organización había tenido con todos nosotros. Lo peor de todo, era que esa pluma podía pertenecer a cualquiera. Nadie, excepto yo, estaba libre de sospechas.

Por fin acudió el buen doctor hasta donde nos encontrábamos allí reunidos, acompañado de Lynn, y apartándonos como pudo, a los curiosos allí reunidos. Cuando llegó hasta la víctima, tragó saliva y procedió con el protocolo habitual en estos casos.

– ¿Quién lo ha encontrado?

La pregunta de rigor era absurda y demostraba el estado de nerviosismo del médico, poco acostumbrado a lidiar con cadáveres, por mucho que en su clínica tratase casi con muertos vivientes con ansias de aparentar ser más jóvenes. Y era absurda por el simple hecho de que él venía precisamente de tratar con calmantes a la persona que había tenido la desgracia de encontrar el fiambre, el profesor Prahmat Suresh.

– ¡Ya sabes quién coño ha sido, pedazo de idiota! – exclamó Eric.

– No es necesario ser tan agresivo con el doctor, sólo está haciendo su trabajo – dijo una voz profunda y masculina a nuestras espaldas.

Con el revuelo, ninguno nos habíamos percatado de la presencia de Dawson, que había aparecido acompañado del resto de su equipo, y que, a pesar de lo macabro de la situación, parecía mantener perfectamente la calma. Ignorándonos y procurando parecer tranquilo, Levy comenzó a realizar su particular análisis cual CSI en prácticas, en voz alta:

– La víctima es David Garnet, biólogo de 35 años, caucásico de unos ochenta kilos de peso y complexión fuerte.

– Vamos doctor, que esto no es un combate de boxeo – le interrumpió de nuevo Eric en tono jocoso – ¿Qué será lo siguiente? ¿Asignarle una esquina del ring?

Dawson le lanzó una mirada asesina a Eric, que de momento se calló. El doctor, ignorando los últimos comentarios, prosiguió con su análisis:

– El cadáver presenta una herida de arma blanca entre la segunda y tercera vértebra, provocada por una instrumento alargado y cromado, que continúa en el interior de la herida. A primera vista, parece ser una de las plumas, regalo de la organización. En torno a la herida – dijo acercándose a apenas un palmo – no hay laceraciones ni marcas que indiquen lucha o intentos frustrados. El asesino sabía bien lo que hacía, y sólo ha necesitado un golpe para introducir la pluma. Por otro lado, no se aprecia hemorragia, ya que el golpe ha sido certero y limpio, y la pluma está haciendo de tapón, por eso no sangra. Le ha cortado limpiamente la médula espinal.

– Pero… ¿está muerto? – preguntó Lynn asustada.

La idea de que Garnet estuviese aún vivo pero paralítico e incapaz de poder siquiera moverse para advertírnoslo era algo que a todos nos pasó por la cabeza, después de la explicación del doctor.

– Tranquila, está muerto – le respondió Levy con una de sus mejores sonrisas – No tiene pulso y parece que el rigor mortis está empezando a aparecer. Lo más probable es que haya muerto al ahogarse con su propia saliva o vómito, pero no podré certificarlo hasta que no realice la autopsia.

Lynn no pudo reprimir una arcada súbita. Todos excepto el doctor, sentimos nauseas ante la imagen de los últimos minutos de vida que el pobre Garnet padeció. No era una mala persona, pero aunque lo hubiese sido, no merecía un final como aquel.

– No es por dudar de su habilidad profesional – le espetó de repente Megan – pero creo que esta investigación tendría que llevarla a cabo la policía.

– ¿Ve alguna comisaria cerca, doctora? – le respondió Levy, molesto porque se dudara de su capacidad como médico.

– Esa no es la cuestión, Levy. Entre nosotros hay un asesino. Esa pluma no se clavó por accidente en la nuca de David y que yo sepa, cualquiera puede ser el asesino, excepto Sarah, claro, que tiene una coartada más que convincente.

En aquel momento, saltaban chispas entre los dos expedicionarios. Y lo peor era que ambos estaban en lo cierto: no había nadie a quién recurrir y cualquiera de ellos podía ser el asesino. Pero había cuestiones pendientes que había que solucionar a más corto plazo.

– Calmaos – dijo por fin Dawson intentando poner paz entre los dos contendientes – La cuestión de base es qué vamos a hacer con el cadáver. No podemos hacerle la autopsia aquí, y aunque llamemos por radio a la policía del continente, tardarán unos días en llegar, y por si no lo habéis notado, se les llama fiambres por algo. No tenemos cámara frigorífica especial y dudo mucho de que queráis ponerlo junto a los solomillos de ternera y las verduras de la despensa.

– Tenemos el mayor frigorífico del mundo ahí fuera – dije al final – Solamente tenemos que dejarlo en el exterior y la naturaleza se encargará de conservarlo.

– No es mala idea – contestó Levy – Afuera estamos a -30 grados centígrados, cuando hace buen tiempo…

– ¿No habría que avisar de esto a Malone? Creo que no sabe nada – dijo Brock.

– ¡No seas iluso! – le contestó Eric – Con el follón que se ha montado tiene que haberse enterado de sobras. Déjalo encerrado en su puto laboratorio.

Eric había pronunciado aquella última frase a sabiendas que Malone le estaría escuchando, y así era, porque a continuación se oyó un portazo que sólo podía proceder del laboratorio.

Abandonamos el cuerpo sin vida de Garnet en la antigua perrera, que había dejado de tener utilidad de una forma demasiado abrupta y salvaje. La calefacción a gas del edificio había sido cortada para mantenerlo a la temperatura ambiente propia de la Antártida, dejándolo con las puertas abiertas. Ni siquiera pudimos dedicarle un mísero funeral, porque ahora teníamos cosas más urgentes de qué ocuparnos.

Decidimos que a partir de aquel momento nadie iría nunca sólo. Ir en parejas podía ser una práctica peligrosa porque podía caerte en desgracia, de partenaire, al mismísimo asesino. Sabiamente, Megan, que se había erigido en ausencia de Malone en nuestra líder temporal, decidió que siempre debíamos ir en grupos de, como mínimo, tres personas, incluso para ir al baño. Esto molestó un poco en un primer momento a Eric, que esperaba ilusionado poder disfrutar de unos instantes de intimidad conmigo, pero la lógica mandaba que sí debíamos ir siempre acompañados por dos personas más, incluso para ir al baño, lo normal es que fueran del mismo sexo. Al final, a regañadientes, aceptó.

Mientras todos aún discutían sobre cómo organizar los grupos, Megan me llamó aparte. Parecía preocupada y su semblante era serio, más de lo normal. Me pidió que la siguiese hasta nuestro barracón. Yo confiaba en Megan, pero la idea de que ella pudiese ser la asesina cruzó por mi mente. La seguí con cautela, manteniendo una distancia prudencial, mientras mi lado lógico intentaba autoconvencerme de que el asesino tenía que ser por fuerza un hombre, literalmente, como para poder clavar una pluma en el cuello a alguien y atravesarle la columna vertebral de un solo golpe. Pero además, había algo que aún me chocaba más, y era el modus operandi del asesino. A Garnet, a pesar de la brutalidad del golpe, lo había matado de un golpe limpio, sin sangre, y con la aparente intención de que la víctima no sufriera. Sin embargo, en la muerte de los perros el asesino había demostrado un ensañamiento cruel e innecesario, como si disfrutará con el sufrimiento de los animales. ¿Por qué había cambiado tanto su forma de actuar? ¿o era que en realidad había dos asesinos? No pude evitar sentir un escalofrío ante esa posibilidad.

– Aquí está – dijo Megan de espaldas, mientras rebuscaba algo en su maleta. Ésta, debía tener un doble fondo, porque de un ligero golpe, desprendió la base de la misma poniéndolo al descubierto.
En un movimiento brusco e inesperado, se giró sosteniendo entre sus manos algo que me hizo saltar hacia atrás. La silueta negra e inconfundible del diseño italiano de una Beretta, una 9 milímetros, impresionaba a cualquiera, especialmente si te apuntaban con ella.

– ¡Espera!… pensaba que éramos amigas – fue lo único que fui capaz de balbucear.

Megan soltó una sonora carcajada. En un movimiento aún más rápido que el primero, giró el arma ofreciéndome la culata.

– Perdona, no quería asustarte. Ten – me dijo – Por ahora, tú eres la única que está libre de cualquier sospecha. Cuando las cosas empiecen a ponerse feas, y te aseguro que se pondrán, prefiero que la tengas tú. Tampoco quiero que dudes de mí, por eso te la doy.

Sopesé el arma unos instantes. A pesar de su tamaño, era bastante pesada, sobre todo para alguien que no había utilizado nunca ninguna. La inspeccioné detenidamente, en especial la palanca del seguro.

– Ey, ten cuidado, que está cargada – dijo Megan – Yo no soy como Suresh, no tengo estúpidos prejuicios por el color de tu piel, así que doy por supuesto que en tu vida has cogido una de estas.

Estaba en lo cierto. Criarme en Malibú bajo el amparo de mi excéntrica madre, me había alejado de cualquier contacto con las armas, a pesar de los tópicos. Megan, mientras yo continuaba sujetando el arma, volvió a poner el seguro.

– Mejor así, si no quieres volarle el dedo del pie a alguien – sonrió.

La doctora Gillespie se había mostrado como un auténtico pozo de sorpresas. ¿Quién era realmente aquella mujer, y por qué guardaba en su equipaje una pistola? No era propio ni mucho menos, que los geólogos llevasen armas, especialmente cuando estaban prohibidas en la instalación. Pero eso ya no importaba porque ahora era yo quién la tenía, la única persona libre de toda sospecha, y aunque no sabía manejarla, aprendería hacerlo. Porque las cosas se iban a poner muy feas.


Capítulo III-2

Volvimos a la sala principal con el resto y Megan se retiró para hablar con Levy, mientras empezaban a formarse los grupos. La pistola me daba una sensación de seguridad hasta entonces desconocida, pero sin una cartuchera, era bastante incómoda de llevar. Entre las diferentes opciones que se me plantearon, al final, opté por la que me pareció más segura. Me coloqué la pistola en el pantalón, concretamente en el trasero, donde, en caso de que ésta se disparase, no afectara a ninguna parte importante, a excepción de un señor dolor de culo. Pero incluso esto tenía sus inconvenientes, como un extraño andar de pato delator para un ojo lo suficientemente hábil. Decidí permanecer el mayor tiempo posible sentada para disimular, pero eso no fue suficiente.

El doctor Dawson, con su sonrisa de galán de cine, se me acercó.

– Veo que al final te la ha dado.

– No sé de que está hablando. – le dije intentando disimular la sorpresa por el comentario. ¿Era tan obvio que llevaba la Beretta encima? Desde luego, y teniendo en cuenta mi poca discreción, era mejor que no me dedicase al tráfico de armas en los aeropuertos.

–  Vamos, – me dijo dedicándome una de sus mejores sonrisas – no te hagas la loca. Hablo de la 9 milímetros que te ha dado Megan. Lo sé, porque se la regalé yo.

Sin duda, Dawson conocía la existencia del arma, porque no en vano, ambos habían sido pareja. Aún así, no pude evitar una mueca de extrañeza que pedía a gritos una explicación para todo, y Dawson, a pesar de ser bastante reservado, se ofreció a dármela sin mediar palabra.

– Fue hace cinco años. – empezó – Megan no siempre trabajo con Roberts, antes de conocerlo y a causa de su carácter, siempre prefirió el lado más salvaje de la geología, la vulcanología. Allí donde un volcán estuviese a punto de entrar en erupción, allí estaba ella, siempre al pie del cañón, arriesgando su vida. Por aquella época, ya salíamos juntos, si es que se le puede llamar salir a tener breves encuentros ocasionales en algún hotel, de tanto en tanto, pero nuestra vida era así, itinerante y llena de aventuras. Yo estaba muy enamorado de ella, y habría dejado incluso mi carrera con tal de estar a su lado, pero ella era un pájaro libre, y nunca tenía el valor suficiente para pedirle que se casara conmigo, y cuando lo tuve, fue demasiado tarde porque pasó aquello.

Aquella era una confidencia por parte de Dawson, que no esperaba, pero que deseaba continuar escuchando, para descubrir que era “aquello” que tanto había traumatizado la vida de estos dos amantes. Continué sentada esperando más de aquel relato. Dawson prosiguió.

– Hace cinco años, ella se marchó en una expedición con otra chica y dos vulcanólogos más, a una región apartada de Java. Su misión era estudiar un volcán que amenazaba con una erupción similar a la del Mount Saint Helen, y determinar si era necesario evacuar a la población de la zona. Con lo que no contaron, era con que la zona estaba controlada por los rebeldes, que atacaban cualquier objetivo que tuviese relación con el gobierno o que fuese extranjero, y el grupo de Megan reunía ambas condiciones. Cuando por fin el ejército llegó a la zona, la desgracia ya había tenido lugar y sólo pudieron rescatar a las dos supervivientes. Los rebeldes habían hecho lo que habían querido con ellos, y después de torturarlos, habían ejecutado de forma salvaje a los dos componentes masculinos del equipo. Las mujeres fueron violadas repetidas veces a lo largo de los dos días en los que estuvieron cautivas, y sólo la acción del ejército las libró de una muerte segura.- Dawson hizo una pequeña pausa y agachó la cabeza, dolorido por aquellos recuerdos, pero continuó con el relato – Después de eso, Megan ya no volvió a ser la misma. Cuando regresó estuvo bajo tratamiento psicológico y yo me fui a vivir a su piso para hacerle compañía, pero era diferente. Dejó de aceptar trabajos en el extranjero y se dio a la bebida. En esos momentos preferí no pedirle matrimonio, porque sabía que aunque me dijese que sí, no lo hacía por propia voluntad sino para no sentirse vulnerable otra vez. Así que decidí cambiar el anillo por una Beretta, y se la regalé esperando que recuperase la confianza en sí misma, y dejase de beber. Pero en vez de eso, se marchó de casa, me abandonó, y se fue a trabajar con el “arriesgado” doctor Roberts.

Aquello explicaba muchas cosas entre ambos, como aquella críptica conversación a bordo del barco. A pesar de su imagen de mujer fuerte y decidida, Megan había sufrido demasiado en esta vida, lo suficiente como para retraerse y abandonar sus sueños de juventud por un  poco de estabilidad. Como decía mi vieja tía Millie, hasta las personas más fuertes tienen su punto de fragilidad, y el de la dra. Gillespie era más que comprensible. Busqué con la mirada a la doctora y la vi allí al fondo con Levy y Suresh, conversando animadamente con ellos y dando golpecitos de ánimo en la espalda al biólogo hindú. Nada parecía indicar el trauma personal de aquella mujer.

Me volví para seguir hablando con Dawson, pero éste ya se alejaba en dirección a su pequeño grupo de subordinados.

– Gracias…- fue lo único que fui capaz de pronunciar.

– Cuídala bien – me contesto de espaldas sin mirarme, sin llegar a saber si se refería a la pistola o a Megan.

Me levanté y fui a buscar a mi grupo, con los que hacía tiempo que no había tenido una conversación en condiciones, sobre cualquier chorrada. Eric estaba hablando con Lynn, y ella sonreía por primera vez desde que asesinaran a los perros. No me atreví a meterme en la conversación y permanecí allí plantada unos segundos, como si no me sintiera digna de volver a pertenecer a todo aquello.

– ¡Hombre, si está aquí Sarah Lecter! – exclamó Eric con toda la socarronería del mundo – No me mates ¿vale?, pero si te quieres comer algo de mí, tengo cosas mejores que los higadillos…

-¡Idiota! – le contesté sonriendo con un puñetazo cariñoso en el hombro.

Entonces miré a Lynn. Parecía avergonzada y agachó la cabeza. Aún seguía triste por la pérdida de los perros, pero también por haberme acusado injustamente del crimen. Yo, a pesar de no haber tenido nada que ver, no podía evitar sentirme culpable también.

– Lo siento… – dijimos juntas de forma simultánea.

– ¡Eso se llama compenetración y lo demás son tonterías! – gritó Eric entusiasmado – Ya era hora de que dejarais a un lado tantas tonterías e hicierais las paces. Y ahora, para celebrar tan grata reconciliación, procederemos a sellar nuestra amistad con el chocolate caliente de la paz – dijo señalando el termo con la bebida de los dioses.

– No gracias, – dijo Lynn sonriendo como hacía tiempo que no lo hacía – os dejo solos para que podáis seguir con lo que interrumpí el otro día.- y se fue saludándonos de espaldas y con una gran sonrisa cómplice dibujada en su cara.

Nos quedamos mirando el uno al otro, sin saber bien que decir. El ambiente tampoco es que animara mucho a los acercamientos amorosos, con una sala repleta de gente hablando, e incluso gritando, y cuyo principal tema de conversación era un crimen. Entonces, Eric, sin mediar palabra, me cogió de la mano y me arrastró hacia él. Con la otra mano, me sujetó la barbilla, y por fin, después de tantos días de  incertidumbre, nos besamos. Por unos instantes, fue como si el resto del mundo desapareciera y sólo estuviéramos los dos, una magia que apenas duró unos segundos.

– ¡Buff, no sabes las ganas que tenía!, – dijo por fin Eric – desde que te vi en el barco.

– ¡Tú sí que sabes romper la magia del momento! – le contesté entre risas – A saber que habrá pasado por tu mente calenturienta… No, es mejor no imaginarlo…

– Si quieres- me susurró con voz sugerente mientras me sujetaba firmemente por la cintura con ambas manos – te cuento mis peores fantasías sexuales…

De repente, nuestra tranquilidad se vio interrumpida por una conversación mantenida a viva voz en el otro extremo de la sala. Megan interrogaba, gritando a pleno pulmón, a Hawkins.

– ¿¡Cómo que donde está Brock!? – gritaba la doctora mientras la vena de su cuello parecía a punto de estallar – ¡Él formaba parte de tu grupo, con Suresh y Lee! ¡Os dije que no os separarais ni para ir a mear, joder!

– ¡Pensaba que estaba con vosotros! – respondió Hawkins avergonzado – ¡además, él es mayorcito y yo no soy responsable de lo que haga o deje de hacer!

– ¡Mierda Hawkins! – le gritó esta vez Dawson – Hay un psicópata suelto ¿y no eres capaz de seguir una directriz tan simple?

El pobre hombre era incapaz de mirarnos a la cara. La simple idea de ser el responsable de la posible muerte de un compañero no deja impasible a nadie, y menos a Hawkins, que era uno de los hombres más sensibles de la expedición.

– Está bien. – dijo por fin Megan, un poco más calmada – Nos organizaremos en grupos de tres y lo buscaremos por toda la instalación. Lo más seguro es que esté en el lavabo haciendo ves a saber qué.

Nos separamos en pequeños grupos y empezamos a buscarlo. Aunque deseaba volver a estar a solas con Eric, no tuve suerte en ese sentido y nos vimos compartiendo grupo con Levy y con Suresh, lo que hacía imposible cualquier tipo de intimidad, a pesar de que tampoco era el momento más oportuno. Recorrimos todas las habitaciones y el comedor sin resultado alguno. Tampoco había indicios suyos en los lavabos. Parecía que, literalmente, se había desvanecido por completo.

– ¿Seguro que habéis mirado bien? – decía la voz entrecortada de Megan a través del walkie.

– Pues sí, – le contestó Suresh claramente ofendido – ¡a no ser que se haya convertido en una puñetera cucaracha y se nos haya pasado!

A pesar del sarcasmo, muy poco habitual en él, Suresh tenía razón. Un hombre adulto de esa complexión, no desaparece de repente sin dejar rastro. Ese extraño pensamiento me rondaba cuando tuve una intuición. Como arrastrada por una fuerza desconocida, eché a correr en dirección al lugar donde dejábamos las parkas y otras prendas de abrigo después de salir al exterior. La parka de Brock continuaba en su sitio, de modo que él debía continuar en el interior del edificio, a menos que…

– ¡Oh, no, otra vez no! – oí protestar a mis espaldas sin darle importancia, mientras me vestía con mi parka y me preparaba para salir a la gélida superficie de la Antártida. Ya en el exterior, mientras indicaba a mis compañeros que se mantuvieran a mis espaldas a una distancia prudencial, comencé a seguir las huellas, cada vez menos nítidas, que supuse pertenecían a Brock y a otra persona más. El grupo de huellas bordeaban el edificio principal durante un rato para luego, de pronto, desaparecer. Pero a pesar de lo atractivo que pudiese parecer la teoría del desvanecimiento en un libro de ciencia ficción o un cómic, los seres humanos no desaparecen así como así, a pesar de que las huellas parecían decir lo contrario. En un acto reflejo, busqué en mi espalda la seguridad de la nueve milímetros, cuando oí gritar a Suresh.

– ¡Oh, Dios mio!

Al girarme, vi el terror reflejado en sus caras, que no se debían al arma puesto que no la había llegado a desenfundar. Su mirada apuntaba a algo unos metros por encima de mí. Entonces yo también lo vi, y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Brock estaba allí, balanceándose suspendido sobre nuestras cabezas a varios metros del suelo, ahorcado.

– ¿Un su… suicidio? – balbuceó por fin Suresh.

– ¿Ahí arriba? – le respondió Levy – Si te quieres suicidar, no escalas siete metros de estructura helada y cortante para acabar ahorcándote, sobre todo cuando la hipotermia es una muerte mucho más dulce.

Asesinato, esa era la palabra que todos teníamos en mente en ese momento, como lo demostraba el segundo grupo de huellas. Pero habían demasiadas cosas que no cuadraban y la peor de todas era cómo habían desaparecidos los rastros de víctima y su verdugo. Le quité la radio a Suresh, que había vuelto a venirse abajo, y abrí el canal de comunicación.

– Megan, soy Sarah. – le dije – Hemos encontrado a Brock, o lo que queda de él. Será mejor que vengáis, todos.


Capítulo III-3

La escena del crimen planteaba un enigma en sí misma. No había ningún saliente o estructura en la que apoyarse para escalar y mucho menos para arrastrar el cuerpo de un hombre adulto hasta esa altura, sin romperse la cabeza. Más acostumbrado que nosotros al análisis de una escena de ese tipo, por su trabajo habitual, casi como si de  un criminólogo se tratase, Dawson, el arqueólogo, tomó la iniciativa. Nos prohibió que nos acercáramos demasiado para no corromper las huellas y empezó a tomar apuntes sobre las mismas. Midió el tamaño del pie y la profundidad detenidamente, y luego las comparó con los pies de Brock, que aún colgaban sobre nuestras cabezas.

– Está claro que aquí – dijo señalando una zona donde las huellas parecían arremolinarse en una danza bizarra – es donde el asesino mató a Brock. Se puede deducir porque Brock calza un 40 de pie y las huellas del asesino – dijo señalando al lugar donde el único rastro de huellas desaparecía de repente – son de un 45 más o menos.

– Es un tamaño de pie bastante normal- dijo Levy.

– No crea. – le contestó Dawson – La mayoría de nosotros calza entre un 40 y un 43, con algunas excepciones. Por ejemplo, usted calza un 40, ¿no es así? – Levy asintió – y sin embargo Suresh calza un 38, de modo que él y las chicas quedan automáticamente exculpados.

– ¿Quién calza un 45 de entre nosotros?- pregunté.

– Que yo sepa, sólo Malone calza ese número. Además – prosiguió – también está el detalle de la profundidad de las huellas. El asesino debió cargar con el cadáver hasta aquí, como demuestra que las huellas sean varios centímetros más profundas.

– Si, pero ¿cómo lo subió hasta ahí arriba? – dijo Megan de forma inquisitiva.

La estructura era una cúpula que a vista de pájaro simulaba un iglú, pero que estaba formada por vigas curvadas de acero recubiertas con plexiglás, para permitir la entrada de luz. Para empezar, la cúpula se encontraba a una altura considerable de varios metros sobre el suelo, aproximadamente unos diez, y la pared era completamente lisa como para poder acceder hasta ella trepando, y mucho menos arrastrando un peso muerto. Para nosotros, bajar el cadáver ya suponía un auténtico reto, a pesar de poder utilizar arneses y escaleras de mano, así que no queríamos ni imaginar qué método había utilizado el asesino para colgarlo allí.
– ¡No os lo vais a creer!- dijo Eric subido a una de las escaleras de mantenimiento, a la altura del cadáver – ¡el hijo de puta ha utilizado una sábana para ahorcarlo!

– Sujétalo con una cuerda de nylon por debajo de las axilas, corta la sabana y bájalo poco a poco – le contestó Dawson.

Una vez el cadáver estuvo en el suelo, pudimos examinarlo mejor. Brock tenía una extraña cara de felicidad, absolutamente fuera de lugar, y que si no fuera por las circunstancias del hallazgo, ratificaría la teoría del suicidio. Estaba claro que las pruebas sobre el cadáver indicaban que el asesino no había utilizado métodos convencionales. ¿Por qué había utilizado una sábana en lugar de una cuerda de nylon, mucho más efectiva? Una cuerda de nylon habría supuesto una muerte rápida, porque lo que mucha gente no sabe es que en un ahorcamiento, la muerte no se produce por asfixia sino por rotura del cuello, y con una cuerda de nylon, el efecto conseguido habría sido mucho más rápido. Es más, desde esa altura, seguramente habría acabado seccionándole por completo la cabeza. Utilizando una sábana, el asesino se aseguraba que la muerte fuera más lenta y por asfixia, lo cual era mucho más cruel, si no fuera porque Brock ya estaba inconsciente antes de su muerte. Así que si la finalidad de todo aquello no era hacerlo más doloroso para la víctima, ¿Por qué lo hacía?

Algo parecía escapársenos de todo este asunto. Por todo lo que había visto en la televisión y el cine, los psicópatas solían disfrutar con el sufrimiento de sus víctimas, pero nuestro particular asesino parecía que no. Tanto Garnet como Brock habían sido asesinados de modo que no sufrieran demasiado, como si quisiera conservar sus cuerpos con las menores heridas posibles. Su finalidad no parecía ser su muerte sino la conservación de sus cadáveres en el mejor estado. Todo demasiado científico. Todas aquellas ideas extrañas se agolpaban en mi cabeza pero no conseguía encontrar una explicación razonable para todo, aunque tal vez la razón no tenía nada que ver. Lo que estaba claro era que cada uno de nosotros tenía en mente a sus propios sospechosos, y en mi mente, tal vez porque nuestra relación nunca había sido buena, el primero de la lista era Enrico Malone. En ese momento, pensé que ya había llegado la hora de compartir mis sospechas infundadas con el resto.

– ¿Dónde está Malone? – pregunté para iniciar mi acusación formal.

– Sigue en su laboratorio, como siempre – respondió Hawkins

– Creo que Malone ha tenido algo que ver en todo esto – continué para comprobar la reacción de todos ellos.

Y no se hicieron esperar. Nada más pronunciar la frase, todos empezaron a discutir entre sí, defendiendo al jefe de expedición o acusándolo, pero nadie quería quedarse sin dar su opinión.

– Al menos, di en que basas tus sospechas – dijo por fin Dawson, mucho más calmado y reflexivo que el resto.

– Está bien. – proseguí – Para empezar, desde el incidente con Lee, Malone se ha encerrado en su laboratorio sin permitir entrar siquiera a sus propios colaboradores – Suresh asintió con la cabeza.

– Esa es una prueba circunstancial e inconsistente. Es absurdo que acuses a un hombre de asesinato por dedicar mucha atención a su trabajo – me replicó Levy.

Fue entonces cuando les expliqué las medidas excepcionales que Malone había promovido en las instalaciones, como el generador especial para los servidores, la extraña contraseña de seguridad y su reacción cuando sugerimos la evacuación de Lee a un hospital del continente. Éste era uno de los puntos decisivos en mi deducción, porque Malone se había negado tanto a la evacuación de Lee como a pedir ayuda por radio cuando éste enfermó y cuando los perros fueron asesinados, por no decir cuando se produjeron las primeras víctimas humanas. Por otro lado, aunque no lo comenté para que no se burlaran de mí, estaba segura de que Malone había tenido algo que ver en todo aquel asunto de la sustancia negra y que todo había ocurrido de verdad. Malone la había puesto allí para que aquella cosa hiciera conmigo lo que hizo con el conejillo de Indias, aunque esto era algo que no podía compartir con ninguno de ellos, ni siquiera con Eric, para que no me tomaran por loca, sobre todo teniendo en cuenta mis antecedentes familiares.

Pero había más detalles que apuntaban a Malone. Era un hombre realmente corpulento, que no gordo, de aproximadamente 1’90 de altura y 90 kilos de peso. Parecía sobradamente preparado como para atravesar el cuello de alguien con una pluma, por supuesto, mucho más que alguien como Lee. Y aunque para el asesinato de Brock no parecía haber una explicación lógica, su número de calzado lo situaba como candidato en la escena del crimen.

Después de mi breve disertación, daba la impresión de que si no los había convencido a todos, al menos había sembrado la duda respecto a la inocencia de Malone.

– Todo lo que has apuntado – dijo Megan – son sólo suposiciones sin mucho fundamento que no tendrían ningún valor en un tribunal, pero no estamos en América y tampoco podemos arriesgarnos a que haya una víctima más. Buscaremos a Malone y le incomunicaremos.

Dejamos el cadáver de Brock en la nieve y nos dirigimos en tropel al laboratorio a buscar a Malone. Lo que estábamos a punto de hacer era un motín en toda regla, y si Malone era culpable serviría para salvar nuestras vidas de forma preventiva, pero si era inocente, al menos nos permitiría por fin llamar por radio al continente para pedir ayuda para una evacuación. Desde luego, si era inocente, podíamos dar gracias de que la Ayax no fuera una expedición militar, o nos veríamos envueltos en un juicio militar por alta traición. Por suerte, no era el caso.

Enfilamos hacia el laboratorio y ante las puertas, Megan me hizo una señal para que desenfundara la nueve milímetros. Nunca antes había estado tan nerviosa ante la posibilidad de tener que disparar a alguien, aunque fuese Malone, y el pulso me temblaba exageradamente, así que opté por sujetar la pistola con ambas manos, nada de chulerías innecesarias. Megan me hizo otra señal, y de una patada, abrió la puerta del laboratorio, gritando. Enseguida entré yo, moviendo la pistola de un lado a otro, buscando un objetivo al que apuntar, pero no había nadie. El laboratorio estaba desierto.

– ¿Dónde está Malone? – preguntó finalmente Suresh asomando su cabeza en la habitación de forma timorata.

– Allí – dijo Eric, que había entrado en el laboratorio, señalando hacía el suelo, en una posición que escapaba a nuestra vista.

Rodeé la mesa y me acerqué hasta Eric, apuntando el arma sin perder de vista el punto al que miraba él. Allí estaba. Habría podido pasar completamente desapercibido bajo los diferentes utensilios y material de laboratorio que le había caído encima si no le hubiésemos estado buscando a conciencia. Allí estaba Malone, empapado en un charco de su propia sangre, que procedía de lo que parecía un agujero de bala en el pecho. Sentí un escalofrío que recorrió mi cuerpo. Incluso en su propia muerte, Malone parecía señalarme con su dedo acusador, incriminándome otra vez.

Y lo peor de todo era que el asesino aún seguía libre.


Capítulo III-4

En una ceremonia silenciosa, depositamos los cuerpos de los dos últimos miembros del equipo fallecidos, en el edificio de la perrera, acompañando en su eterno descanso a Garnet.

La noche se había cernido sobre nosotros, implacable y fría, pero ante la posibilidad de que el asesino decidiera actuar de nuevo, decidimos pasarla en el comedor, arropados en sacos de dormir, sospechando los unos de los otros, sin poder pegar ojo. A pesar de no haber tenido nada que ver en la muerte de Malone, no podía evitar sentirme culpable, aunque sólo fuese porque el italo-americano no era una persona de mi predilección.

Me acurruque junto a Eric intentando conseguir una dosis mayor de calor corporal, sin excederme para evitar comentarios malintencionados, y apoye la cabeza sobre su pecho, sintiendo como su corazón se aceleraba ligeramente. Esbozó una sonrisa que por un momento me hizo olvidar todo lo malo que había sucedido aquel día. Cerré los ojos intentando conciliar el sueño.

Los fantasmas sin rostro pero con los ojos bañados en una sustancia negra, asaltaron mis pesadillas, mientras a lo lejos Malone, con un balazo en el pecho me señalaba con un dedo acusador negando con la cabeza. Vi ojos en la oscuridad sin cuerpos que los sustentasen y bajo ellos, una sonrisa maliciosa llena de afilados dientes, y de repente, todas esas visiones fueron engullidas por un tornado de sangre que me arrastró a mi también, impidiéndome respirar. Entonces desperté, bañada en sudor y gritando.

– Ha sido una pesadilla – dijo Eric con voz suave como quién arropa a un niño pequeño en su cama – Ya ha pasado.

– No creo que pueda volver a dormirme – le contesté. Y era verdad. Aunque lo hubiese intentado, no habría conseguido conciliar el sueño, y tampoco quería volver a tener aquellas pesadillas.

– Está bien –dijo Eric – Yo tampoco puedo dormirme. ¿Qué te parece si me hablas un poco de ti? Si te paras a pensar, no sabemos nada el uno del otro, y ahora sería un momento perfecto para empezar a conocernos mejor, ¿no crees?

– Como quieras, aunque tu vida es más interesante que la mía, señor hacker… pero si quieres un método natural y legal para dormir al personal, empezaré yo…

– Tal vez debería empezar por cómo mi madre conoció a mi padre pero creo que necesito remontarme algo más en el tiempo. Mi madre siempre fue una rebelde sin causa, a pesar de que en su juventud se había criado entre algodones, al ser heredera de una de las mayores fortunas de Estados Unidos. Mis abuelos solían vanagloriarse de proceder de una familia de americanos auténticos, de los primeros inmigrantes holandeses que llegaron a América, y por supuesto sus hijos debían estar a la altura de la situación y estudiar en las mejores universidades. Pero mi madre no deseaba nada de aquello y simplemente, un día se largó de casa sin avisar. Mis abuelos pensaron que se trataba de una simple pataleta y que volvería corriendo a casa cuando se le acabara el dinero, pero mi madre no lo hizo, es más, se marchó de Nueva York a Los Ángeles haciendo autostop y allí empezó a trabajar de camarera. Así fue como conoció a mi padre, que en aquella época estudiaba medicina en la UCLA, con una beca, y como apenas seis meses más tarde, se casaron. Mis abuelos no quisieron ir a la boda. Consideraron una afrenta terrible que mi madre, una Van Horton de pura raza, se hubiese casado con un negro. Por supuesto, tampoco acudieron cuando nací yo ni cuando lo hizo mi hermano Jamahl. Sólo dieron señales de vida cuando mi padre murió hace doce años, y le propusieron a mi madre que volviera, sin nosotros, a la casa paterna. Por supuesto, mi madre se negó en redondo…

– ¿Cómo murió tu padre?- preguntó Eric.

– Mi padre solía a ir a trabajar al hospital andando. Era una persona muy sana que respetaba mucho su cuerpo, que no bebía y no fumaba, y todo el mundo le apreciaba. Ese día un conductor borracho se saltó un semáforo y lo atropelló. El informe policial dijo que iba borracho, pero no había marcas de frenazo en el asfalto, así que a pesar de las circunstancias, el caso se archivó. Después de aquello, mi madre cambió y dejó de ser la misma. Por lo visto siempre había padecido de esquizofrenia aunque en un grado muy bajo que no requería medicación, pero después de la muerte de mi padre la enfermedad se agravó y fue necesario que tomara pastillas. La enfermedad de mi madre nos pilló por sorpresa a mi hermano y a mí, en parte porque los primeros años intentó ocultárnosla, pero al final fue tan evidente y a un nivel tan crítico que tuvimos que ingresarla. Entonces nos fuimos a vivir con mi tía Millie, que en realidad era la tía de mi padre, una mujer muy mayor como para volver a trabajar para sacar adelante a dos críos que ella no había pedido tener. Fue en esa época, cuando tenía dieciséis años, cuando dejé mis estudios para empezar a trabajar y poder pagar nuestros gastos y los del psiquiátrico de mi madre, pero por mucho que hiciera turnos dobles el dinero no me llegaba, hasta que llegó la carta de mis abuelos. Se comprometían a pagar todos los gastos de hospitalización de mi madre a cambio de que renegáramos de nuestra ascendencia, como si en realidad nunca hubiésemos existido. Parecía algo cruel, pero el médico nos había dicho que nuestra madre ya no se acordaba de nadie ni siquiera de quién era ella, y que nunca más volvería a ser la que era ni a recuperarse, de modo que acepté. A los ojos del mundo, era como si fuéramos unos completos huérfanos. Después de todo aquello, estos cinco años pueden considerarse normales: trabajaba por el día y estudiaba de noche, y así fue como me saqué el título de mecánica. Luego me llegó esta oferta a través del e-mail y el resto ya lo conoces.

– No me imaginaba algo así –dijo por fin Eric – Has tenido una vida bastante dura, aunque no lo aparentas.

– “La vida es para vivirla, – le respondí –no para lamentarse de lo que has dejado atrás, y que ya no tiene solución”. Eso era lo que solía decir mi padre. Creo que ahora es tu turno de confidencias – le insinué con una mueca burlona.

– Por dónde empezar… – empezó a narrar Eric, pero algo lo detuvo.

Jasper se había levantado silenciosamente intentando no despertar a los que ya se habían dormido. Era extraño, pero al parecer sólo quedábamos despiertos Eric y yo, y nuestra conversación, al estar un poco apartados del resto, no había despertado a nadie. “¿A dónde va?” me preguntó Eric moviendo sólo los labios. Yo le contesté con un gesto de que no tenía ni idea de lo que pretendía, pero entonces vi como Lee también se levantó y con paso firme y sorprendentemente silencioso, se dirigió a la puerta por la que había desaparecido Jasper. Nos miramos unos instantes sin saber qué hacer, pero entonces Eric se levantó.

– ¿Les seguimos?- preguntó en voz baja, casi inaudible.

– Pero uno de ellos podría ser el asesino, o los dos… – le respondí temerosa intentando disuadirle con mi tono de voz.

– Pues por eso mismo. Hay que aprovechar la ventaja numérica y táctica – dijo señalándome o más concretamente a mi Beretta, con una sonrisa en la cara.

No podía negar que cuando tenía razón, la tenía. Si uno de ellos era el asesino, estábamos ante la posibilidad de poder detenerlo a tiempo y salvar una vida, o al menos de poner fin a toda aquella locura. Saqué la nueve milímetros y adquirí la postura que tantas veces había visto en las películas y en los videojuegos, siempre sujetando el arma con ambas manos y apuntando al suelo para evitar accidentes. Indique a Eric con un ademán para que fuera abriendo la puerta mientras yo le cubría. La abrimos pero al parecer en la habitación, que estaba bien iluminada, no había nadie, sólo un profundo silencio. Intuimos que habían ido a la siguiente habitación así que nos dirigimos a la siguiente puerta y repetimos el mismo proceso. Esta vez la habitación estaba completamente a oscuras y me encontré moviendo la pistola de un lado a otro, apuntando a la nada, pero sin atreverme a gritar o decir nada. Noté la mano de Eric tocándome el hombro izquierdo, bajándola poco a poco por el brazo. Antes de llegar a saber que pretendía hacer, me vi deslumbrada por un súbito fogonazo de luz y lo comprendí. Él sabía que yo estaba justo bajo el umbral de la puerta y que a la izquierda de la misma se hallaba el interruptor de la luz, simplemente me había utilizado de referencia. Apenas unas décimas de segundo después, empecé a ver mejor, pero lo que vi a continuación me heló la sangre como si estuviera viviendo una de mis peores pesadillas.

La escena era simplemente dantesca. Lee había agarrado con ambas manos el cuello de Jasper pero no parecía estar asfixiándolo a pesar de la enorme fuerza con que sujetaba a su presa, porque Jasper era un hombre, sino corpulento, si fibroso y bastante fuerte, y desde luego mucho más que Lee. Sin embargo éste lo sujetaba con el menor esfuerzo, como si fuera un muñeco elevándolo del suelo. Entonces, en un giro inesperado, Lee acercó su boca a la de su víctima, pero se detuvo a medio camino. Un líquido negro y viscoso empezó a caer de la boca del científico hasta la de su víctima, que a medida que entraba en su cuerpo, empezaba a patalear intentando en vano zafarse, en parte como acto reflejo por quedarse sin aire. La escena era idéntica pero con diferentes protagonistas, a la que había vivido con el conejillo de Indias cuando estuve encerrada en el laboratorio. En ese momento, odie tener siempre razón.

– ¡Dios mío! – gritó Eric – ¡Dispárale!

El grito no pareció molestar en absoluto a Lee que continuó meticulosamente con su labor, expulsando aquella sustancia, como si no le molestaran las interrupciones hasta que finalmente el cuerpo de Jasper paró de moverse por la asfixia. Entonces se giró hacia nosotros. Su mirada no era humana. Se parecía a aquellos seres sin rostro de mi pesadilla con aquellos ojos inyectados en esa sustancia negra.

– ¡Dispárale joder!- oí gritar a Eric.

Y lo hice, pero no pasó nada. Volví a apretar el gatillo y obtuve la misma respuesta, nada. “¡Maldita sea!” pensé “¡se me ha olvidado quitar el puto seguro!”, mientras Lee se acercaba poco a poco a nosotros, como el cazador que acecha a su presa y disfruta del momento del triunfo. Las manos me temblaban de mala manera pero finalmente pude quitar la palanca del seguro. Ahora Lee estaba a apenas dos metros de mi, dispuesto a lanzarse a mi cuello. Entonces, pude ver el agujero del tamaño de una moneda en el pecho de Lee, y oí el sonido inconfundible del disparo que por fin había sido capaz de hacer, pero a pesar de mi alegría inicial, Lee no se detuvo. Era como si no le hubiese hecho nada. Entonces vacié el cargador pero continuó avanzando, esta vez con una sonrisa maliciosa, a sabiendas de que todo estaba perdido. Por eso fue tan inesperado lo que paso a continuación.

– ¡Agáchate!- oí gritara Megan a mis espaldas.

En un acto reflejo, obedecí sus órdenes a tiempo para ver como justo sobre mi cabeza pasaba la hoja de un hacha que golpeó el cuello de Lee. El impacto le hizo tambalearse y perder el equilibrio, pero el hacha no se detuvo, y volvió a golpear, esta vez a la altura de la carótida, seccionando  de un tajo la mitad del cuello. El golpe había dejado a la vista los tendones seccionados y las vertebras de Lee, pero éste no sangraba, parecía que ya no quedaba nada humano en él. Intentó sujetarse el cuello con la mano, pero un tercer y decisivo golpe, acabó el trabajo antes de que pudiera reaccionar, y la cabeza cayó como un melón maduro al suelo.

-¿Estáis bien?- preguntó Megan con la respiración entrecortada por el esfuerzo y con el hacha aún en la mano.

– Si, gracias… – respondimos al unísono.

Enseguida llegó el resto del personal de la base. Sus caras eran un auténtico poema y no era para menos ante aquella escena, pero entonces el grito de Suresh señalando hacia donde había estado Lee, hizo que todos nos giráramos para ver, como inexplicablemente, el cuerpo de Lee continuaba andando sólo.

– ¿¡Pero qué coño…!?

– Será un acto reflejo. – dijo Levy – Los pollos cuando se les corta la cabeza siguen moviéndose…

Pero el tiempo pasaba, y el cuerpo de Lee continuaba caminando como si tal cosa, con los brazos estirados como si estuviera buscando algo. La cabeza, por su parte, también continuaba viva y nos miraba inquisitivamente desde el suelo mientras pronunciaba un extraño discurso inaudible al no tener pulmones. La escena podía parecer divertida en una película gore, pero en la realidad ponía los pelos de punta al más valiente. Finalmente, y tras más de media hora y unos cuantos kilómetros, el cuerpo cayó al suelo y por donde antiguamente estaba fírmemente fijada la cabeza, comenzó a brotar aquel líquido viscoso, esta vez sin movimiento alguno. La cabeza nos lanzó una mirada de odio, especialmente a Megan, y continuó mirando su propio cuerpo inerte yaciendo en el suelo. Poco a poco, la vida fue escapándose de ésta, a medida que aquella sustancia se derramaba de la herida. Después de casi una hora, ahora sí, podíamos decir que Lee había muerto.

– Creo que ahora sí que estamos metido es un jodido lio – apostilló finalmente Eric.


Espero que os haya gustado este capítulo (bueno, aún falta una parte de él). Si encontrais algunos tramos algo flojos o directamente malos, debo excusarme diciendo que lo he hecho en vacaciones, y como comprendereis, mis neuronas no estaban mucho por la labor (¡fiesta fiesta!).

¡Bueno, ya sabeis, dejadme vuestras opiniones!

¡El virus de la suzumiyitis ataca de nuevo!