La Muerte Blanca – Capítulo IV

Capítulo IV 

– ¿Creéis que está muerto? – preguntó tímidamente Hawkins

– Está muy frío, pero aún tiene algo de pulso aunque muy débil. – le respondió Levy mientras auscultaba el cuerpo inerte de Jasper.

– Parece que al menos, esta vez hemos tenido suerte y hemos llegado a tiempo. – dijo Dawson – Por fin se ha acabado esta locura.

– Bueno, en ese caso – apostilló Megan – ya es hora de poner un poco de orden en este caos. Vosotros – dijo señalándonos a Eric y a mí – encargaos de llevar el cuerpo hasta la perrera. Suresh, tú tendrías que acompañarles y llevarte la cabeza.

-¿¡Qué!? ¿¡Estás loca!? Yo no toco eso ni muerto – le respondió el hindú, airado.

– Muerto vas a estar si no colaboras, ¿o es que prefieres recoger con una fregona ese líquido? – le respondió Megan en un tono que no dejaba lugar a dudas, cada vez más molesta con la actitud de Suresh.

Resignado, el hindú intentó recoger del suelo la cabeza del que hasta hacía poco había sido su compañero de fatigas, y permaneció unos instantes dubitativo sin saber cómo asir aquella carga tan extraña. Finalmente, y con una expresión de asco dibujada en su rostro, Suresh agarró la cabeza por los pelos intentando tocar lo menos posible del macabro fardo. Juntos, nos dirigimos con lo que quedaba de Lee hacía el exterior. El cadáver me pareció, a pesar de que Lee era un hombre bastante delgado, inusualmente liviano y fácil de transportar, de modo que atravesamos sin problemas la distancia helada que nos separaba del edificio de la perrera sin apenas cruzar más que un par de palabras. El tiempo no acompañaba y ya comenzaba a formarse una ventisca de nieve, como cada día a la misma hora del último mes.

Nada más llegar, intuí que algo raro pasaba. Las puertas estaban cerradas a pesar de que recordaba claramente como en nuestra última visita para dejar los cadáveres de Malone y Brock habíamos dejado las puertas abiertas de par en par, para que el frío del exterior conservara los cadáveres. Encendimos la luz y toda la sala se iluminó mostrando aún los restos de sangre en el suelo, recuerdo imborrable de la masacre que no hacía tanto tiempo había tenido lugar en aquella misma habitación. Pero aparte de las manchas, no había nada más.

 – Si esto es una broma – dijo Suresh sonriendo forzadamente –no tiene ni pizca de gracia. ¿Dónde están los cadáveres?

Allí no había nada, sólo una sala completamente vacía que nos devolvía nuestras propias palabras a modo de eco. Recorrimos desesperadamente la habitación en busca de algún indicio que nos indicara dónde podían estar los cuerpos, pero nada, no había absolutamente nada, ni huellas ni marcas de haber sido arrastrados. Miramos afuera, pero cualquier posible rastro de pisadas debía haber sido borrado por la nieve que cada vez caía con más intensidad. Dejamos allí el cadáver mutilado de Lee y decidimos regresar para comentarles lo sucedido.

Nada más entrar en el edificio principal, escuchamos como todos parecían discutir acaloradamente, discusión que cesó de golpe al detectar nuestra presencia como un resorte, sin dejar de lanzarse miradas de complicidad entre sí.

Ya estaba completamente harta de todo aquello, de sus manías y delirios conspirativos, pero sobretodo estaba nerviosa y asustada, capaz de cometer cualquier locura. En un acto reflejo, sin pensar realmente en lo que hacía, saqué la pistola del pantalón y les apunté. Su reacción inicial fue de sorpresa mezclada con terror, que se reflejaba en sus rostros, mientras Eric y Suresh, que permanecían a mis espaldas, también dieron un paso atrás, aterrorizados. Parecía que por fin había captado su atención y que ahora sí, bajo la amenaza de un arma que desconocían que estaba descargada, podría conseguir las respuestas que anhelaba. Era lamentable tener que recurrir a la violencia y a la extorsión, aunque fuera con una pistola vacía, pero la situación hacía ya días que me sobrepasaba y sólo deseaba obtener una explicación, con los métodos que hicieran falta.

– ¿Qué se supone que estás haciendo?- dijo por fin Megan con su habitual tono de voz, tranquilo y sosegado a pesar de estar apuntándole con un arma.

– ¡Quiero que me digáis de una puta vez la verdad! – le grité sin dejar de apuntarle a la cabeza, esperando que no descubriera el engaño.

La doctora hizo un gesto con la cabeza como si no comprendiera de qué estaba hablando. Así que viendo que no obtendría resultados positivos, cambié de objetivo y apunté a Levy que empezó a temblar y a echarse a llorar mientras intentaba en vano cubrirse con las manos de un posible disparo.

– ¿¡Quién ha movido los cadáveres!?- grité esta vez a pleno pulmón mientras movía la pistola cambiando de objetivo intentando parecer lo más nerviosa y desesperada posible – ¡Contestad o disparo!

– ¿De qué coño estás hablando? – respondió Dawson levantándose de la silla en que estaba sentado, movido más por la frase que había pronunciado que por la amenaza de la pistola.

A mis espaldas, Eric procedió a relatar cómo habíamos llegado a la perrera para dejar a Lee y nos habíamos encontrado el edificio completamente vacío, sin rastro de los cuerpos ni huellas que delataran al culpable de aquella broma macabra. Sus rostros palidecieron de nuevo, presas del terror, por una causa que seguía sin conocer. Pero, entonces de repente, y sin previo aviso, el sexagenario doctor Roberts se alzó de su silla, y el hombre que apenas había hablado dos veces en un mes, empezó a darme la respuesta que tanto había deseado durante toda aquella pesadilla.

– ¿Conoces el límite KT?- comenzó diciendo. Yo negué con la cabeza a pesar de que sí lo conocía – Es el límite geológico que separa el Cretáceo del Terciario, hace 65 millones de años. No hace demasiado tiempo, descubrimos que el estrato correspondiente a esa transición contenía una gran concentración de iridio. Como sabrás, el iridio es un elemento que no se encuentra de forma natural en la Tierra, por lo que su origen está – dijo mirando al cielo – en el espacio. Ahora bien, una concentración tan alta es muy rara y sólo podría explicarse por la caída de un meteorito de grandes dimensiones sobre la Tierra…

– El meteorito que acabó con los dinosaurios ¿no? – le interrumpió Eric.

– Te equivocas, jovencito – le respondió Roberts con una sonrisa – Un meteorito de esas dimensiones debería haber dejado un cráter enorme, y durante un tiempo se creyó que el cráter de la provincia del Yucatán, en México, era el que había dejado ese meteorito. Ahora bien, la teoría de la extinción de los dinosaurios por ese meteorito tiene demasiadas lagunas. ¿Por qué sólo acabó con los dinosaurios y no con los mamíferos?

– Porque los mamíferos pudieron hibernar durante el periodo en que el polvo lo cubrió todo…

– ¿Y el resto de reptiles? – me interrumpió Roberts con la actitud del profesor que da una clase magistral y se sabe de antemano las respuestas – ¿Y la vida en el mar? Es más, ¿y las plantas? Ellas serían las primeras en verse afectadas por una situación así. De haberse producido tal como dicen, la vida en la Tierra habría desaparecido por completo, y sin embargo aquí estamos.

– ¿Pero qué tiene que ver eso con que hayan desaparecido los cuerpos? – le grité volviendo a apuntarle con el arma.

– No tan deprisa, muchacha – me contesto como si el hecho de apuntarle con una pistola no le importara lo más mínimo, sin dejar de sonreír – Si no cayó un meteorito, ¿de dónde procedía el iridio? Gracias a los nuevos satélites desarrollados por la NASA se pueden analizar los componentes de cualquier zona de la Tierra sin tener que ir allí personalmente. Bien, pues hace seis meses, uno de ellos detecto altas concentraciones, como nunca antes se habían visto, de iridio en la Antártida. Si esas concentraciones correspondieran a un meteorito, éste tendría un tamaño aproximado de 5 kilómetros cuadrados, y estaría aquí, justo donde estamos nosotros… Bueno, Dawson – dijo dirigiéndose al arqueólogo, dándole una palmadita en el hombro – ahora te toca a ti.

– Está bien. – dijo el arqueólogo cabizbajo – Yo también estoy ya harto de tanto secretismo. – hizo una breve pausa y prosiguió- Después de que se detectara el iridio, un avión espía del ejercito estuvo sobrevolando la zona varios días, tomando fotografías aéreas sobre el terreno, y a pesar de la refracción de la nieve, consiguió fotografiar unas curiosas formaciones a unos dos kilómetros de donde estamos ahora. Estas formaciones no podían ser confundidas con montañas ya que se disponían de una forma muy regular y organizada en el espacio, sólo podían ser obra de un ser inteligente, pero eso era del todo imposible aquí, en la Antártida, donde el ser humano apenas hace un siglo que la ha pisado y que como comprenderéis, sus condiciones meteorológicas no animan mucho a una posible colonización. En resumen, esas estructuras no podían ser obra del ser humano, sino de otra especie, de otro ser, de procedencia desconocida.

– Y ahora es cuando aparecen los hombrecitos verdes de Marte…- dije intentando ser lo más irónica posible.

– Esos “hombrecitos” como tú dices, – me respondió Megan enfadada – son los causantes de que hayan muerto ya cuatro personas. No es algo para tomárselo a broma, Sarah.

– La VHM Corporation contactó conmigo para que me hiciera cargo de la excavación en lo que iba a ser una expedición multidisciplinar a la Antártida. – prosiguió Dawson – Por un momento, la duda de qué interés podía tener una poderosa industria farmacéutica en algo así y su restrictiva cláusula de confidencialidad casi lograron echarme para atrás, pero la curiosidad y la oportunidad de estudiar un yacimiento de origen desconocido pudieron conmigo.

Tardamos varias horas en dar con la entrada de la estructura por las dimensiones de la misma, que es de casi 5 kilómetros cuadrados, y otras dos semanas más en asegurar y fotografiar el conjunto. La entrada, que parecía fabricada en un material parecido a la obsidiana, estaba bloqueada de alguna forma desconocida y decorada con unos extraños símbolos que no llegaba a comprender, así que decidimos volarla. El impacto de 100 kilos de dinamita no pareció afectarle y la losa no se movió ni un centímetro. Estaba completamente sellada. Estar a las puertas del mayor misterio de la Humanidad y no poder acceder a él era realmente frustrante, pero algo muy extraño sucedió al tocar la losa con las manos desnudas: como si de una especie de hechizo se tratase, la puerta se abrió sin más mostrándonos el camino hacia la oscuridad más absoluta. En un primer momento dude de si entrar o esperarme a realizar un análisis más exhaustivo con un robot monitorizado, pero la curiosidad nos pudo y entramos con la única ayuda de nuestras linternas. Ahora lo reconozco, fue un estúpido error de principiante que si tuviera la posibilidad de repetir, no volvería a cometerlo, pero el pasado no se puede cambiar.

A pesar del frio exterior, el calor dentro de la estructura era sofocante, lo que demostraba mi teoría de que los túneles de la misma se extendían varios kilómetros bajo tierra. Para no perdernos mientras avanzábamos, fuimos marcando el camino con pequeños reactivos fluorescentes a medida que llegábamos a una bifurcación. Repetimos esa operación varias veces durante unos centenares de metros hasta que las paredes comenzaron a ser más lisas, más pulidas. Al iluminarlas con las linternas pudimos ver como toda la pared estaba tachonada de extraños símbolos que no había visto en mi vida y que tampoco se parecían a ningunos de los que había estudiado hasta ahora. Avanzamos un poco más, mientras Garnet grababa con la cámara digital en modo de visión nocturna, hasta llegar a una gran sala, casi tan grande como un campo de fútbol. Ésta estaba repleta de extraños recipientes rectangulares sellados como lo había estado la puerta y cubierto de más símbolos como los de las paredes. En un principio, creí que se trataban de sarcófagos de alguna antigua raza de colonizadores y estuve tentado a abrirlos, pero algo me detuvo. En la pared del fondo había un mural sin símbolos pero sí con grabados figurativos que representaban una escena asombrosa. En el centro del mismo, grandes figuras humanoides se arrastraban por el suelo agarrándose el cuello en un último intento de liberarse de algo que les asfixiaba, mientras al lado se representaban lo que a primera vista parecían naves y un viaje a los confines del Universo, y su aterrizaje a lo que debía ser la Tierra. Cada vez estaba más intrigado por la cultura que había sido capaz de crear aquellas maravillas, pero entonces sucedió algo que nos pilló desprevenidos.

El derrumbe fue algo súbito, seguramente provocado por nuestra presencia allí y el cambio radical de temperatura que se produjo después de abrir el túmulo. Estábamos atrapados pero por suerte la sala parecía intacta, aunque el paso estaba cubierto de cascotes pequeños, fáciles de retirar pero que requerían algún tiempo. Probamos de utilizar la radio, pero había demasiadas interferencias. Empezamos liberar la entrada a la sala lo que no fue demasiado difícil puesto que apenas tardamos unos dos minutos en retirar los pocos escombros que la tapiaban. Para nuestra sorpresa, al destapar la salida, Malone estaba allí, plantado delante de nosotros. No tenía ni idea de cómo había conseguido llegar allí tan rápido desde su zona de prospección, pero pensándolo ahora fríamente, lo más probable era que ya estuviera allí antes del derrumbe, si es que no lo había provocado él.

Se acercó a donde estaban los sarcófagos sin mediar palabra y comenzó a observarlos deslizando su mano por encima. Lee repitió los mismos movimientos que su jefe, repasando la superficie pulida y negra con la yema de los dedos, mientras Jasper les miraba incómodo desde un rincón, como asustado. Nosotros, no sabíamos que hacer. Malone era una persona intratable y poco dada a dar explicaciones, así que nos limitamos a ver qué hacían sin atrevernos a abrir la boca, cuando Lee pareció haber dado con un resorte escondido en uno de los sarcófagos, o simplemente este reaccionó a su tacto, como minutos antes lo había hecho la puerta del exterior. La tapa se retrajo de una manera que nunca había visto hasta entonces, ni siquiera en las películas de ciencia ficción. Una ráfaga de calor se propagó por la sala procedente del misterioso recipiente para, instantes más tarde, enfriarse quedándose a temperatura ambiente.

Todo pasó muy rápido. Lee fue el primero en asomarse, apenas unos segundos, para inmediatamente retirarse hacia atrás violentamente, gritando y agarrándose el cuello, como las figuras de aquellos grabados. Al darse la vuelta, contemplamos horrorizados como su rostro estaba cubierto por una sustancia negra, que se movía, y que le impedía respirar. Intentamos auxiliarle, pero Malone nos lo impidió para evitar que aquella cosa nos contagiara también a nosotros, y así permanecimos casi un minuto observando la agonía de Lee sin poder hacer nada. Aquella cosa se introdujo por la nariz y la boca de nuestro compañero, hasta que finalmente éste dejó de luchar y cayó al suelo, inconsciente. Ignorando las amenazas de Malone, intentamos auxiliar a Lee, comprobando que aún tenía pulso aunque muy débil y nos lo llevamos para trasladarlo lo más urgentemente posible a la base. Su cara estaba fría como el hielo y tenía una palidez sepulcral.

– Luego, nos encontramos con Megan y el resto ya lo conocéis.- terminó de decir Dawson.

Aquella explicación era más de lo que yo podía asumir, pero los hechos le daban la razón. Qué era la sustancia negra seguía siendo un misterio. ¿Era un virus o una bacteria extraterrestre? ¿era alguna especie de ente amorfo parásito? Nada de todo aquello respondía a la gran pregunta: ¿dónde estaban los cadáveres?

– A ver,- dijo Eric aún detrás de mí – por lo poco que he podido entender de tu historia, parece que esa cosa reacciona ante el calor.

– ¿Qué quieres decir? – le respondió Dawson.

– Has dicho que la puerta sólo se abrió cuando la tocaste con la mano desnuda, lo mismo que los sarcófagos, y que al abrirlo, salió aire caliente del mismo… A lo mejor esa cosa sólo puede vivir en el frío.

– ¡Pues entonces aquí, estamos jodidos! – contesté intentando esbozar una sonrisa de despreocupación, todavía sin bajar la guardia.

– Hay… hay una cosa que no me cuadra – susurró Suresh indeciso – si esa cosa ha estado ahí, en el cuerpo de Lee, todo el rato, ¿Cómo es que no aparecía en las pruebas médicas?

En ese momento todas las miradas se dirigieron hacia Levy, que temblaba más de lo normal.

– ¿Por qué me miráis así?- respondió asustado.

– Suresh tiene razón. – dijo Megan – En los análisis debía aparecer algo…

– ¡Los análisis estaban limpios! ¡Lo juro! – gritaba aterrorizado el doctor.

A todas luces, el buen doctor ocultaba algo, así que me decidí aplicar un poco más de presión sobre Levy para que cantara. Con el arma en la mano, me dirigí hacia él y sin mediar palabra le apunté con la Beretta a la cabeza.

– Habla – le dije mientras, con el cañón apoyado en la sien, amartillaba la pistola.

– ¡No dispares, no dispares! – gritaba desesperado Levy mientras un líquido caliente y humeante conocido le bajaba por la entrepierna – ¡Salía en las radiografías!

– ¿¡Qué!? – preguntaron al unísono Megan y Dawson.

– ¡Aparecía como una mancha opaca en las radiografías, en el cuello y en los pulmones! ¡pensé que era un error de la máquina! – respondió el doctor llorando – ¡pero por favor, no me dispares!

Retiré el arma de su cabeza y vi como se derrumbaba, abatido, en la silla.

– Si aparece en las radiografías, será fácil comprobar quién ha sido infectado y quién no – dijo por fin Megan -, y tú – dijo mirándome directamente a los ojos – baja ya ese arma descargada. Anda toma – me lanzo un par de cargadores.

Todos miraron asombrados a la doctora que había permanecido en silencio todo el rato, sin descubrir que todo había sido una farsa. Pero la cuestión de base, la que había desencadenado todas aquellas confidencias, seguía sin resolverse: ¿dónde estaban los cadáveres?

De repente una sombra fugaz cruzó delante de la ventana, un espejismo imposible.

– ¡Hay alguien ahí fuera! – gritó Hawkins, que era el que estaba más cerca de la ventana.

– Eso es imposible, aquí no hay nadie más que nosotros – le respondió Suresh

Pero entonces, la misma sombra fugaz, volvió a pasar esta vez por otra ventana, y más lentamente, lo suficiente para que pudiéramos distinguir un sweater rojo con claridad.

– ¡Oh Dios mío! – gritó Megan – ¡Es Garnet!

Eso era imposible. Garnet estaba muerto y frio como un témpano. Los muertos no podían caminar, pero después de todo lo que habíamos visto hasta entonces, ya nada podía sorprendernos. Inmersa en ese pensamiento estaba, cuando se oyó un golpe súbito proveniente del lado opuesto a la ventana por la que se había paseado Garnet.

Algo o alguien estaba intentando entrar.


Espero que os haya gustado este capítulo. A partir de ahora, los capítulos serán unitarios por lo serán más extensos que hasta ahora.

¡Nos leemos!