Mi Yo (III)

Ella lloraba, pero yo aún no entendía por que razón. No entendía nada. Pasaron así unos días, no más de dos o tres, hasta que me decidí a hacer la pregunta… “¿Y papá? ¿Y Lorena?”…Pero ella no contestaba, se encerraba en si misma, en su muro, en su coraza…solo lloraba.

 

Más días se sucedieron, y la pregunta antes mencionada cada día se repetía en mi mente, eclipsando atisbo de pensamiento alguno. En otra cosa no pensaba. Todo en mi cabeza fue borrado cual pizarra por un borrador, y me encontraba a todas horas en mi nube depensamiento, alejada del planeta. ¿Dónde estaban mi padre y mi hermanita? Por ahora era una pregunta sin respuesta.

Yo con mis doce, Lorena con sus siete. Dos niñas en una casa no de ángeles precisamente. Más bien de infiernos, aunque en esa época de eso no éramos conscientes. Aun pasaría tiempo antes de conocer verdaderamente a mi familia, si así puede llamarse.

Los días se convirtieron en semanas y las semanas…en muchas, muuuuchas semanas…

Mamá se ausentaba durante todo el día, y en ocasiones la escuché partir de noche.

De papá y Lorena noticia alguna, y sin otra alternativa, comencé a asimilar lo que se convertiría en unarealidad…no volverían.

Puedes conservar la esperanza un mes, dos, seis meses… Al llegar a los dos años, de ella no quedaban ni las cenizas.

A los catorce, y como ya mujer que era, las tareas del hogar se convirtieron en mi rutina, mi modo de vida, mi dedicación y mi única opción.

Pero todo esfuerzo era en vano. El trabajo en casa no ofrecía dinero, no nos daba de comer. Mamá se dedicaba a la venta de prendas que ella misma, con sus rudas manos fabricaba.Aunque casi era mayor la inversión que el beneficio. A duras penas lo vislumbraba.

De todas maneras esto nunca evitó ni puso trabas al hecho de que en mi mesa siempre apareciera un plato lleno de comida. Pocas veces me faltó el comer.

De hecho claro estaba que el dinero obtenido de las telas no era para nada suficiente para mantenernos como lo estábamos haciendo.

Con papá en casa, el dinero no abundaba de una forma espectacular, pero de vez en cuando daba como para dejar a un lado las necesidades y obligaciones e invertir en caprichitos.

Papá era vendedor de coches a pequeña escala…o así le llamaban mis padres. Más tarde aprendí que a eso se le llamaba de otra forma…pero todo a su debido tiempo.

Ahora él no estaba, y con él desapareció el sustento asegurado que recibíamos sin falta alguna.

Claro estaba que llegaría un momento en el que necesitaríamos más dinero. Las cosas no estaban como para lanzar cohetes.

A mis 16 años mamá enfermó y perdió la movilidad. Una enfermedad degenerativa se apoderó de su joven pero estropeado cuerpo. Parecía envejecer por momentos.

 

La enfermedad avanzó a una velocidad estrepitosa, y mamá tubo que permanecer en cama, con lo que a partir de esos momentos tendría que encargarme del sustento familiar. Sin nada que poder hacer, y con miedo en el cuerpo, más que nada por mamá, me lancé a las calles.

Al principio me dediqué a lo básico. Las carteras ajenas. Se trataba de un ejercicio intelectual mucho más trabajado de lo que uno pueda llegar a imaginar. Pero persistía el hambre. No había suficiente…y mamá empalidecía más y más, con lo que tomé una decisión que siempre había encontrado imposible de tomar por mí. Di el paso al mundo de la noche, ocupando calles que a la luz del Sol parecían no existir, pero que muy concurridas se encontraban por la noche. Solían ser dos o tres hombres en una sola jornada, con lo que llegaba a casa ya llegada la madrugada y mamá solía preguntar, ya que yo no quería dañarla al contarle a lo que ahora me dedicaba.

Más tardé comencé a realizar una mezcla. Una mezcla de mis habilidades. Hombres y carteras… Con práctica, conseguí lo que deseaba…dar de comer a mamá. A eso sigo dedicándome ahora. 

A esa edad, al fin mamá me lo contó todo. Papá no era del todo trigo limpio…si más no, frente a lajusticia.

Papá fue asesinado…y mi hermana…mi hermana junto a él.

Pero eso no era todo…las cuantas no estaban saldadas…quizá ahora irían a por mí…