Mi Yo (IV)

– Señor Mendoza…tenemos a Lorena, su hija. Está bien…por ahora. Si sigue nuestras instrucciones al pie de la letra la pequeña no sufrirá más daño de lo debido.
 
 
 
– ¿Soys vosotros verdad? !Malditos ****, hijos de la gran ****, como le toqueis un pelo a mi hija juro que os arranco los **** y os hago la **** a rodanchas con una motosierra oxidada!
Cuelgo el telefono sin esperar respuesta alguna. Una oleada de calor repentina invade mi cuerpo. Se inicia en mi cabeza. Las venas se hinchan y noto los latidos de mi corazón en mi frente. Una gota de sudor frío comienza a deslizarse por mi rostro, junto a la oleada de calor que a su par se extiende. El contraste del frío del líquido con mi carne sin lugar a dudas provoca la evaporación de este. Mis ojos comienzan a hincharse también. Noto las pulsaciones en ellos por la rabia, y estas hacen temblar las pequeñas gotas que más tarde, a causa del compás marcado por mis entrañas, comenzarán poco a poco a derramarse por mi tez ardiente de pánico y odio. Puede que el sudor y las lágrimas sean lo único capaz de calmar mi arrebato. La oleada se aproxima a mi boca, apretada por la represión de la rabia. La contención del dolor. Algún espacio de mi mente, escondido, casi inexistente, desea descargar esa fuerza sobre una víctima. La ola llega ya a mi cuello, y las venas se hinchan también allí. El compás se hace más fuerte, casi audible desde largas distáncias. La ola sigue su curso, y alcanza con timidez mi pecho y mis brazos. Pierdo el dominio de estos, que prefieren seguir el son del compás, con un tembleque ya muy lejos de mis dominios fronterizos. Mis puños se cierran con deseo de algo contener, y estos provocan el augmento de la frecuencia de tal bombeo. La ola se arrastra, y con ella se desplaza la gota de sudor nacida en mi frente, y que nunca la ha abandonado. Moléculas de agua abandonan esta a cada pulsación de mi reloj interior. Llega ya a la vena aorta, que más la hace temblar y estremecerse, y el calor no disminuye si no que intensificarse es su intención. Los dedos de mis pies parecen querer ayudar a mis manos en la tarea de la justicia, y se contraen con fuerza ignorando la orquesta presente en mi cuerpo.
Un segundo interminable, pero que debe terminar, pues debo reaccionar y darme cuenta de la realidad. Debo hacer algo.
No tengo pistas, no tengo señales, instrucciones a seguir. Me encuentro frustado, me siento inútil, incapaz, desamparado.
 
 
 
 
Me lanzo hacia el telefono para… para nada, nada que hacer, nadie a quien acudir, nadie a quien suplicar. 
Llevo ya mucho tiempo en pie, inmóvil, pero eso no es lo peor…cada segundo, cada respiración mía, son tres de mi niña, ya que en su cuerpo debe de padecer miedo, un pánico que no podría describir…y que en el fondo prefiero no conocer.
Trato de pensar. Miro el reloj…han pasado 30 segundos desde que descolgué el telefonillo…toda una eternidad para mí…Y PARA ELLA.
Suena el teléfono.
Lo devoro, lo cazo, lo descuelgo a la velocidad del rayo, y en él apoyo mi oreja, goteante de sudor.
Las normas son bien claras: Polígono Industrial nº 28, 2 de la madrugada…solo.