Relato para concurso destierrame: La via

Bueno, tras destapar ayer la conspiración de meri a raíz de esta imagen:

 

 

 hoy iba a hacer una entrada sobre el webcomic del chico ardilla, pero como no recordaba que hoy es el último día para el concurso de relatos de destierrame pues tendré que esperar a mañana para postearla. Sin más, aquí os dejo con mi último trabajo. Es un relato corto (tan solo dos páginas a word), pero creo que de los mejores que he echo:

 

La via

-Papá, vamos por el otro lado, sabes que odio ir por la vía rápida.

-Cariño, sabes que no nos va a pasar nada. Los accidentes de tráfico son solo para la gente mala e inconsciente que se emborrachan.

-Si papi, pero cuando ellos chocan se pegan con los coches de la gente buena. Y son ellos los que se mueren siempre.

-Hay Silvia, no digas tonterías, pequeña. Papi no dejará que te pase nada.

-Cari, a mi tampoco me gusta ir por ese camino, si total tan solo ganas 5 minutos…

-Amor, no me digas esas cosas. Además, no son 5 minutos, son 8. ¿Silvia, no quieres ver  a la abuelita antes? Pues papá nos va a llevar por un atajo.

-Pero papá, prefiero llegar viva a que…

-Mira, me da igual lo que digáis. Aquí conduzco yo y se irá por donde yo diga. Joder, nunca tuvimos problemas con este camino y ahora, solo por que han muerto 10 personas en 2 meses ya estáis todo alarmadas. 

-Papi…

-Ni papi ni ostias. Aquí conduzco yo y elijo por donde vamos. 

El coche tomó el desvío hacia la llamada por muchos vía rápida. Siempre la usaste y nunca te pasó nada. ¿Por que debería pasar algo hoy? Tú controlas. A diferencia de esos que se estrellaron, a ti no te va a pasar nada. Miras para tu pequeña de 8 años y para tu mujer de 34. “Míralas” te dices a ti mismo. “Parecen unas niñas pequeñas, ir así de asustadas con un camino tan sencillo”.

Ni te diste cuenta del golpe. El vehículo contrario iba a 130, 40 Km. por encima de lo permitido, se cambió de carril y os dio de frente. Eran dos parejas jóvenes. Venían de una boda y estaban borrachos. Tu hija falló con el cálculo antes. Murieron todos. Al igual que tu mujer y tu progenie al completo.

Te despiertas sudoroso y con lágrimas en los ojos. ¿Cuanto hace ya de ese día? Lo sabes muy bien. Hoy hace 40 años de su muerte. Y todas las noches, sin excepción, tienes la misma pesadilla. Lo probaste todo: hipnosis, drogas, fármacos, alcohol… pero nada. Siempre igual. Parece que tu cerebro no quiere perdonar todavía tu pecado.

Mientras te diriges al cuarto de baño para asearte e ir al cementerio, flashes de los días posteriores al choque pasan por tu mente: el despertar en el hospital… la rehabiliación… el descubrimiento de la verdad… el funeral… la visita de los familiares para darte el pésame… tú caída en el alcohol…. el momento del reconocimiento de los cadáveres…

En tiempos anteriores habrías gritado al recordar la imagen destrozada de las dos personas que más habías amado en todo el mundo. Pero ahora ya no. Ni el rostro exento de dientes de tu hija, ni el cuerpo decapitado de tu mujer, ni las ya inexistentes piernas de Silvia ni el hecho de que tuviste que reconocer a tu pareja por su ropa, dado que no podías creerte que eso hubiera tenido vida alguna vez lograron que el menor sonido saliera de tu boca. Tal era el dolor que llevas experimentado en estos últimos tiempos, que un poco más ya no es suficiente para hundirte, pues lo único bueno de tocar fondo, es que ya no pudes ir más hacia abajo.

Te pones tu mejor traje. No es difícil saber cuál es. Tras la defunción, se te hizo imposible vivir en tu antigua casa, y te mudaste a la de tu madre. Allí solo llevaste dos cosas: el viejo traje de tu padre, el cuál compró poco antes de morir cuando tu todavía eras un infante (que es el que te pones ahora) y un chandal que lleva ya 27 años en tu cajón, con el cual vas todos los días al bar a por tu ración diaria de olvido. La sociedad ya te ha dado por perdido hace tiempo. Dejaste tu trabajo y vives de los seguros de tu madre (fallecida por la honda depresión en la que tu estado anímico introdujo, cosa que casi desencadena tu suicidio, el cuál no lograste culminar por terror a un infierno purgador) y del tu mujer e hija. Irónico, ¿Verdad? Les quitaste la vida y ahora vives a costa de su muerte.

Cierras el portal y te encaminas al cementerio. Está a 1 hora y media caminando, pero no te importa. Desde aquel día no has vuelto a pisar un coche. Que más da que pierdas todo el día en el camino. Nadie en el mundo te echa ahora en falta.

Todavía no has desayunado, pero no te importa. Hoy decides guardar ayuno en memoria de los difuntos. Sabes que es una soberana tontería, pero te ayuda a hacer más llevadera la pérdida. Aunque en lo más profundo sabes que no vale de nada, pues no les devolverá las vidas que les arrebataste por tu arrogancia, te ayuda a alejar los pensamientos fúnebres de tu cabeza… temporalmente.

Al final te ha llevado 2 horas y cuarto, mas por fin llegaste. Una alta verja de metal oxidado franquea tu entrada. Tras empujarla, te diriges cual autómata a tu destino. Tantas veces has recorrido esta zona que ya conoces el camino de memoria, en el cuál solo te acompañan los susurros de los difuntos y los lamentos del viento.

Lirios blancos para la pureza de la más joven, rosas rojas para tu único amor y orquídeas violetas para quién te crió. Las tres mujeres de tu vida, colocadas de una en una en fila. Y todas fallecieron por tu ceguera.

Vuelves a casa. Llevas 40 años con la misma rutina, y otros tantos seguirás sufriendo hasta que algún Dios misericordioso acabe con tu vida… y con tu tormento.