La noche de los girasoles – La película del fin de semana

Hacer bien tu primera obra puede ser una maldición. En el cine hay casos sonados, así como en la literatura. Pero quizá sea más apropiado decir “universalmente aclamada” antes que “bien”; cuando la crítica y el público se ponen de acuerdo, su objeto de adoración tiene todas las papeletas para convertirse en un icono cultural (aún cruzo los dedos para que “el caballero oscuro” no forme parte en este proceso), y eso, para un artista novel, puede significar la mayor de las catástrofes.

La noche de los girasoles obtuvo una  muy buena acogida por parte de la crítica, si bien el público la tomó con más reservas –dicho sea de paso, no sé cómo le fue en taquilla-. Así que todo indica que el estreno en el terreno del largometraje por parte de Jorge Sánchez Cabezudo ha sido el mejor de los casos posibles. No soy precisamente un experto en cine, así que hablo un poco por hablar, pero me da en la nariz que el éxito abrumador de una película es un arma de doble filo para las subsiguientes financiaciones de un guionista con aspiraciones.

Sea cual sea el futuro del director y guionista, su opera prima es una delicia. Salvo para los más cerriles del lugar, resulta obvio que se distancia varias leguas de los tópicos del cine español. Un thriller filmado con estilo en un contexto completamente inesperado.

Adoptando el formato “coral” de otras películas como Pulp Fiction o 21 gramos, La noche de los girasoles nos cuenta la historia de un suceso escabroso a través de varias perspectivas distintas, centradas en seis personajes principales.

Ambientada en un paisaje rural típicamente castizo, la primera toma de contacto desarrolla una ligera y sugerente trama que culminará con un crimen de consecuencias insospechadas. A raíz de un acto horrible cometido por un enfermo, el resto de protagonistas se verán envueltos en una serie de decisiones de cuestionable moralidad. Para que os hagáis una idea sin desvelar sus entresijos, el desarrollo es muy parecido al de Fargo (película con la que muchos la comparan), aunque más orientada al misterio que el film de Joel Coen.

Una de las cosas que más me ha gustado es la genialidad con la que está construida la narración. Puesto que el suceso climático es el desencadenante de la historia, su intriga se debe a la naturaleza fragmentada de su hilo conductor. En ocasiones, la trama nos arrastrará por la aparente irrelevancia del personaje que retrata; en otras, porque intuimos su desenlace… y en todas ellas, porque el ritmo escalonado de cada tramo es soberbio.

Ninguna –o más bien casi ninguna- parte del guión es superflua, y hasta los detalles más ajenos al núcleo central ayudan a construir el trasfondo de los personajes y el pueblo que les da cobijo.

Además, las actuaciones son estupendas. Salvando un personaje secundario (a mi juicio completamente prescindible), todos están a un buen nivel. Especialmente los dos “abueletes” que dan vida a los últimos habitantes de una villa cercana.

Pero más allá de las cuestiones técnicas y valorativas del guión y su contenido, no es fácil pasar por alto la, vamos a llamarle “problemática moral”, que presenta. Como no tengo intención de chafaros la película, trataré de ser lo más conciso y genérico posible.

Digamos que su metraje pone en cuestión el sentido y la justificación de la justicia. ¿Es mejor dejarse llevar por los impulsos para satisfacer un sentimiento de retribución? ¿O por el contrario lo más aconsejable es dejarlo todo en manos de la “autoridad competente”? Y lo más importante… ¿es correcto cometer un crimen atroz a causa de otro igualmente deleznable?

Aunque en líneas generales un sentimiento pesimista y no demasiado romántico atraviesa todas sus conclusiones (os recuerdo que se trata de una película dividida en capítulos a lo “pulp fiction”), la historia no se moja del todo y se limita a mostrarnos las dos caras de una misma moneda. Todos los personajes acaban cediendo ante una fuerza mayor que sus principios –algunos con más facilidad que otros-, lo que quizá vendría a querer decir que en última instancia pensamos con el estómago. A mí me parece, sin embargo, que su director sólo tenía la intención de poner sobre la mesa varias reacciones posibles ante un incidente traumático.

Dejando de lado mis idas de olla al respecto, y volviendo al contenido de la película en sí, han sido pocas, muy pocas, las ocasiones en las que me he sentido defraudado.

Como decía antes, el guión es brillante. La conclusión es especialmente reveladora, y si no fuera por una escena forzada y muy artificial, sería perfecta. Curiosamente, el motor de esa escena es el mismo actor que a mi parecer está por debajo del resto –un jovenzuelo que vive en el pueblo y apenas tiene nadie con quien pasar su tiempo-. Me da por pensar que por culpa del afán de dejar todos los cabos atados, de responder a todas las preguntas, se añadió esta escena en la que finalmente todo el misterio entra en conocimiento de cierto personaje. En este caso, sacrificar la coherencia habría sido más efectivo.

Pero son sólo manchas menores. En conjunto, se trata de una película notable, inusualmente bien filmada y entretenida. Y por si fuera poco, añade un rinconcito para la reflexión sencillo aunque no por ello irrelevante. En definitiva, es un claro ejemplo de que la propia vida, la de “estar por casa”, es material suficiente para plantear problemas sugestivos. Ríase usted del dilema moral del Jóker.